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sábado, 7 de noviembre de 2015

TU AMIGO VAMPIRO, OTRO POETA MALDITO. CONDE DE LAUTRÉAMONT

Isidore Ducasse, conde de Lautréamont (1846-1870)










          



Vida e imagen del Conde de Lautréamont 







“Plegue al cielo que el lector, envalentonado y sintiéndose feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje, a través de los pantanos desolados de estas páginas sombrías y llenas de veneno; porque de no emplear en su lectura una lógica rigurosa y una tensión de espíritu igual por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de estas líneas empaparán su alma como el agua empapa el azúcar. No es conveniente que todo el mundo lea lo que va a continuación; sólo algunos saborearán este fruto amargo sin peligro. En consecuencia, alma tímida, antes de internarte más en semejantes páramos inexplorados dirige tus talones hacia atrás y no hacia adelante”.

A mí alrededor se creó una atmósfera de terror, de espanto, por lo que una influencia satánica parece haberse ejercido sobre aquellos que se interesaron en mi obra, ya que enloquecieron o se suicidaron. Mi aspecto fantasmal fue reforzado de este modo.

Isidoro Ducasse es mi nombre, determiné usar el seudónimo de Conde de Lautréamont, nací en Montevideo en el año 1846, viví en Tarbes y en Pau, pasé por Buenos Aires, estuve en Córdoba y a los 24 años morí en París, en el año 1870. Escribí unos poemas en prosa, “Los Cantos de Maldoror”, y el prólogo a unas poesías. 

Solía pertenecer a la generación compuesta por Mallarmé quien nació en el año 1842, Verlaine en 1844, Corbiere en 1845, y Rimbaud el más joven de este grupo en 1854. Publique mis Cantos en el año 1868, es decir cinco años después que Rimbaud publicara “Una temporada en el infierno”. Los escritores siempre debemos tener nuestros semejantes, si no te rodeas de nada, te ahogas en tus propias letras, en tus propios pensamientos, en tus propias dilaciones. 

Un grupo perteneciente a la generación de 1914 me tomaron por estandarte, así nació el movimiento surrealista que descartando primero a Baudelaire y luego a Rimbaud, prefirió por gusto del escándalo y para decepcionar las admiraciones burguesas, un Lautréamont genial y mitológico, me presentaron como un arcángel enfurecido, lanzando blasfemias en una noche apocalíptica. Sin embargo, mi  existencia fue reprimida por mi medio y poco a poco, merced a la labor de muchos, tal como un psicoanalista fui venciendo las resistencias del enfermo que habitaba en mí. Y tal como sucede en las neurosis, lo reprimido tiende a volver a la conciencia en forma disfrazada, como sucede por ejemplo, en las fantasías, los mitos y las leyendas. Así surgió mi leyenda lautreamoniana.

León Bloy fue el primero en descubrirme como Conde de Lautréamont en el año 1890, es decir veinte años después de mi muerte. Este verdugo de la literatura contemporánea, me juzgó de esta manera: 

“Considero como un signo de este tiempo la reciente intromisión en Francia de un libro monstruoso, casi desconocido, “Los Cantos de Maldoror”, obra totalmente sin analogía y probablemente llamada a tener resonancia”. 

Dice que el autor murió en un manicomio y es ésta su única información- ¿podría alguien así sentenciar mi penosa muerte? ¿Decirle al mundo que para la locura no existe cura, tan solo la muerte?. Dudo de que la palabra monstruoso sea suficiente para calificar mi obra, era parte de mi, era mi esencia quien llenaba cada línea ¿quien daba vida a cada prosa, que tiene eso de monstruoso? Eso es belleza!.- Y así prosigue León, que mi obra le recuerda a un espantoso polimorfo submarino a quien una tempestad sorprendente hubiera arrojado a la ribera después de haber zamarreado el fondo del océano. La blasfemia es la obsesión permanente de Lautréamont - Vaya manera de hacer pedazos mi creación-

“El signo incontestable del gran poeta –continúa Bloy– es la inconsciencia profética, la turbadora facultad de proferir sobre los hombres y el tiempo palabras inauditas cuyo contenido ignora él mismo. Esta es la misteriosa estampilla del Espíritu Santo sobre las fuentes sagradas o profanas. Por ridículo que pueda ser hoy descubrir un gran poeta, y descubrirlo en una casa de locos, debo declarar –dice Bloy– en conciencia, que estoy seguro de haber realizado el hallazgo”.

León Bloy, el hombre que me decapita por mandato de la ley –es lo que pienso ahora– el voluntario verdugo moral de esta generación; más que todo es un Monje de la Santa Inquisición. Su juicio decidió mi porvenir literario, pero sólo el porvenir inmediato y obró como conciencia moral de su época, como elemento represor. Que se sepa que yo soy un genio, pero un genio loco, hay que tener cuidado de mi, que se los digo, solo observad como me decapitan después de muerto y aun así resurjo de entre las cenizas para devolverle la vida a cada una de mis prosas.


Mi influencia posterior da fe a mis palabras, como todo elemento reprimido, no perdí fuerza por el hecho de ser inconsciente para mis contemporáneos, sino por el contrario, desde allí pujé por salir y expresarme de alguna manera. El surrealismo es, a mi entender, la consecuencia de esta situación. Y la prueba de la trascendencia inconsciente de mi leyenda.


Mi editor L. Genonceaux, fue quien me ayudó en los preparativos en el año 1869 para la salida de mi primer libro pero cuando éste iba a ser entregado, el editor Lacroix que era víctima constante de las persecuciones del Imperio, suspendió la venta a causa de las violencias del estilo que hacían peligrosa la publicación. En una de mis cartas que envié a mi editor había dicho: 

“He hecho publicar una obra de poesías en lo de Lacroix. Pero una vez que fue impresa, él se rehusó a hacerla aparecer porque la vida estaba allí pintada bajo colores muy amargos y él temía al Procurador General”. 

Bajo la permanente insistencia de mi editor, hice algunas modificaciones en el primero de los Cantos y posteriormente también en los demás; pero en 1870 estalló la guerra y dejé de existir, la muerte llegó a mi bruscamente habiendo ejecutado sólo una parte de las revisiones que había consentido hacer. La edición preparada por mi mismo quedó enterrada en los sótanos de un librero belga quien tímidamente, cuatro años después, es decir en 1874, hizo encuadernar algunos ejemplares con un título y unas indicaciones anónimas. Sólo algunos hombres de letras conocieron esos primeros ejemplares motivo por el cual Genonceaux se decidió a hacer una reimpresión en el año 1890.


El propósito del editor al publicar el prólogo es –según pienso– fue destruir una leyenda tejida a mi alrededor y que tendía a demostrar que mi obra se trataba de un alienado ¿yo un loco desahuciado?. Allí apunta, sobre todo, el juicio de León Bloy, ese hombre que sin conocerme decidió etiquetarme así, sin más. 

Mis datos biográficos proporcionados quien sabe por quienes, son de que mi verdadero nombre es Isidoro Ducasse, que nací en Montevideo un 4 de abril de 1850 –esta fecha es errónea, pues nací en 1846– y que mi manuscrito fue remitido a la imprenta en 1868 pudiendo sostenerse que la completa terminación de los Cantos data de 1867. Es lo único cierto, yo tenía entonces 21 años, era mi canto, mi prosa, mi esencia.

Genonceaux suministra datos sobre la fecha de mi muerte, 24 de noviembre de 1870, a las 8 de la mañana, en mi domicilio de la Rue du Faubourg Montmartre Nº 7, allí deje de existir, y no en un manicomio como quiere dejarse plasmado por aquel infame! Fui enterrado en una concesión temporaria del Cementerio del Norte el 25 de noviembre de 1870, de donde fui exhumado el 20 de noviembre de 1871 para ser enterrado de nuevo en otra concesión temporaria, lugar que fue tomado tiempo después por la ciudad, ignorándose el paradero de mis restos, estuve vagando al lado de ellos, tratando de buscar mi eterno descanso. Genonceaux trató de hacer investigaciones sobre mi vida y relató las múltiples dificultades que tuvo, entre otras, con la Prefectura de la Policía para obtener alguna información. 

Yo había ido a París con el objeto de seguir los cursos de la Escuela Politécnica o la Escuela de Minas. En 1867 ocupe una pieza en un hotel situado en la calle de Notre Dame de la Victoire Nº 23, y viví allí desde mi llegada de América. Yo era un joven alto, moreno, imberbe, nervioso, ordenado y trabajador. Sólo escribía de noche, sentado al piano; declamaba y construía mis frases acompañando mi prosopopeya con acordes. Este método de composición causaba a la vez la desesperación de mis vecinos que al despertarse sobresaltados no podían dudar de que un extraño músico del verbo, un raro sinfonista de la frase, buscaba, golpeando el teclado, los ritmos de su orquestación literaria. Quienes me rodeaban poco me comprendían, era mi única forma de escribir en paz, dentro de los gritos de mi soledad. 

Mi familia era de origen francés, mi padre era Canciller de la Legación francesa en Montevideo, era pudiente y estaba en relación con un banquero de París llamado Darasse, encargado de entregarme mensualmente una pensión. Lo que me ayudaba para los gastos durante mi estadía en Paris.

Un año después, en 1891, Remy de Gourmont vuelve a insistir sobre mi presunta alienación, tal pareciera que eso contrariaba a los eruditos del saber. Me define como un joven de una originalidad furiosa e inesperada, un genio enfermo y más aún como un genio loco. Nada se sabe, continúa Gourmont, de su corta vida, parece no haber tenido relaciones en el mundo literario y los numerosos amigos citados en sus dedicatorias llevan nombres que permanecen ocultos. Si los alienistas hubieran estudiado este libro –dice-– habrían designado a Lautréamont como un loco perseguido y ambicioso que sólo ve en el mundo a sí mismo y a Dios, pero Dios le estorba. 


Hasta entonces yo era desconocido en América y fue Rubén Darío, en 1893, el encargado de hacerme conocer. Me incluye entre sus “raros” junto con Verlaine, Leconte de Lisle, Villiers de L‘isle Adam, León Bloy, Richepin, Moreas, etc. Conoció Darío mi obra a través de León Bloy por lo que no me extraña que me haya incluido entre los “raros”, y en Montevideo mismo, escribe que posiblemente el Conde de Lautréamont sea sólo un seudónimo, dudando incluso de que yo fuera montevideano. “Vivió desventurado y murió loco, escribió un libro que es único, si no existiera la prosa de Rimbaud: un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso, un libro en que se oyen a un mismo tiempo los gemidos del dolor y los siniestros cascabeles de la locura”. Así se refería Dario de mi, Vaya si al menos me hubiera conocido verdaderamente no hubiera tenido que leer estas líneas que poco me describen. 


Rubén Darío tradujo, además, uno de los Cantos de Maldoror y, sin duda alguna, Leopoldo Lugones influido por esta lectura, compone entre los 20 y 22 años, es decir, en 1897, su poema titulado Metempsicosis. De esta manera yo me filtré en la literatura americana. Años después Leopoldo Lugones pone voluntariamente fin a su vida. Renaciendo nuevamente mi leyenda.


Hace 25 años, Ramón Gómez de la Serna inventó la más bella y exacta imagen acerca de mí. Isidoro. “Lautréamont –dice– es el único hombre que ha sobrepasado la locura. Todos nosotros no estamos locos, pero podemos estarlo. Él, con este libro se sustrajo a esa posibilidad, la rebasó”. Y es cierto, pues de no haber escrito los Cantos de Maldoror que estaban en mí, hubiera enloquecido sin duda alguna; intenté por medio de la creación poética un proceso de autocuración, pero mis fantasías me espantaron y finalmente caí víctima de mi propia condenación. Es lo que sucedió, los gritos del silencio pueden ser aterradores y crueles. 


La investigación sobre mi vida, avanzó con increíble lentitud. Sobre el lugar de mi nacimiento no hay duda pues en los Cantos de Maldoror lo deje claro: “El final del siglo XIX verá su poeta, ha nacido en las costas americanas, en la desembocadura del Plata, allí donde dos pueblos rivales en otro tiempo –me refiero sin duda a la guerra grande– se esfuerzan actualmente en superarse por medio del progreso moral y material, Buenos Aires, la reina del Sur y Montevideo la coqueta, se tienden una mano amiga a través de las aguas argentinas del gran estuario”. ¿No pude ser mas claro? “No es el espíritu de Dios el que pasa; no es sino el suspiro agudo de la prostitución unido a los gemidos graves del montevideano. Niños, soy yo quien os lo dice. Entonces, llenos de misericordia, arrodillaos y que los hombres más numerosos que los piojos recen largas oraciones”. ¿Más claro aun? 


Dos montevideanos, Gervasio y Álvaro Guillot Muñoz dan en el año 1924 el paso más decisivo en la búsqueda biográfica de mi vida al descubrir en los archivos de la Catedral de Montevideo el acta de bautismo. El 15 de noviembre de 1847 fue bautizado Isidoro Luciano que había nacido el 4 de abril de 1846, era hijo legítimo de Francisco Ducasse y de Celestine Jaquette Davezac, nacidos ambos en Francia. Los padrinos de Isidoro fueron Bernardo Luciano Ducasse, tío de Isidoro, representado por Eugenio Baudry y la madrina Eulalia Baudry. En diciembre del mismo año, los Guillot Muñoz encuentran en los archivos de la Embajada de Francia en Montevideo, el acta de nacimiento. Había nacido, como ya dije, el 4 de abril de 1946 a las 9 de la mañana. 

Mi padre, don Francisco Ducasse, había nacido en Bazet, a 5 kilómetros de Tarbes el 12 de marzo de 1809. Era hijo de Juan Luis Ducasse, llamado “El Maestro”. Mi madre, Celestina Jaquette Davezac era de Sarguinet, pequeña comunidad vecina a Tarbes donde don Francisco Ducasse ejerció las funciones de maestro durante los años 1837, 1838 y 1839.
Mi padre vivió en Montevideo hasta su muerte ocurrida en el año 1889. Se interesaba por los estudios etnográficos y habría emprendido en el año 1862 un viaje, visitando Paraguay, Bolivia, Brasil y el Norte Argentino con el objeto de realizar estudios sobre las tribus guaraníticas. En este viaje, fue acompañado por Eugenio Baudry, mi padrino, teniendo éste que regresar antes que Ducasse. Mi padre entregó a Baudry los manuscritos, pero éstos fueron quemados por los contrabandistas brasileños que asesinaron y mutilaron horriblemente su cadáver En el curso de este largo y penoso viaje, mi padre contrajo un paludismo, sufriendo fiebres intensas y crisis alucinatorias y cuando leyó por primera vez los Cantos de Maldoror quedó profundamente impresionado al descubrir grandes analogías entre ciertas visiones de Maldoror y las alucinaciones que había sufrido en plena selva. Ni el viaje ni el relato de la enfermedad habían sido conocidos por mí que en esa época ya estaba estudiando en Francia. Sin embargo, eso me hizo pensar en la conexión que todos tenemos con los nuestros, algo difícil de explicar para aquella época, donde nadie creía en la nada. 


Después de los Guillot Muñoz, otro escritor uruguayo, Edmundo Montagne, en los años 1925 y 1928, proporciona datos sobre mi vida. Montagne finalizó en el Hospicio de las Mercedes donde estuvo internado por sufrir intensas depresiones; vivía permanentemente torturado por remordimientos, el problema del bien y del mal era su obsesión. Habló de mí con mucho entusiasmo y sentía el gran orgullo de que su tío don Prudencio Montagne fuera el último sobreviviente de los que me habían conocido en persona. Aliviado de sus depresiones salió del Hospital hasta que poco tiempo después volvió reagravado. Al día siguiente de haber ingresado, durante la noche, se colgó con una sábana. Acrecentándose mi leyenda para mí pesar.


Edmundo Montagne había escrito a su tío Prudencio pidiéndole antecedentes sobre mi vida y la de mi familia en Montevideo. Y se pudo saber que cuando mi padre murió, se alojaba en el Hotel de las Pirámides, tenía fortuna, era jubilado como Canciller, vestía siempre de levita y usaba galera de felpa y los domingos acostumbraba almorzar en familia con los Montagne.

Cuando murió Ducasse –dice don Prudencio Montagne– Hasta entonces iba al hotel a verlo una o dos veces por semana, a eso de las 4 de la tarde para tomar mate con él y cebado por mí. Éramos dos grandes materos. Murió dos días después de mi última visita y el dueño del hotel, M. Haurie, me lo hizo saber y le mandé una corona de flores, que fue la única que tuvo el finado. Estaba casado, pero su esposa murió al poco tiempo de nacer Isidoro. Respecto de ella –continúa don Prudencio– no sé nada, no la conocí, no existía en mis tiempos. 

En cambio conocí a Isidoro Luciano Ducasse, a quien llamaban Isidoro. Era un muchacho lindo pero sumamente travieso, barullero e insoportable, nunca oí hablar a nadie de las obras literarias de Isidoro y si él las publicó entre 1868 y 1870 tendría yo de 10 a 12 años. Entonces, ni cuando fui hombre oí hablar de esos Cantos. Lo único que me dijo una vez el viejo Ducasse después del año 1875, fue que Isidoro había muerto en el 70, yo creí siempre que hubiera sido en la guerra. 


Don Prudencio me había conocido en mi casa paterna de la calle Camacuá frente a la de La Brecha. La calle Camacuá donde nací fue, muy posteriormente, el lugar donde la prostitución sentó plaza en Montevideo. Lo dejé en mi primer Canto: “He hecho un pacto con la prostitución a fin de sembrar el desorden en las familias”. En la actualidad no existen rastros de mi casa paterna, fue demolida y la Rambla Sud ocupa su lugar, vaya desperdicio, el linaje se perdió con el pasar del tiempo. Los años son implacables en lo que a existencia se trata.


En relación con la demolición de la casa, la desaparición de la calle Camacuá y el deseo de una sociedad de rendirme un homenaje, hizo que algunos poetas uruguayos entre ellos Juan C. Welker que era además diputado, presentara en el año 1926 un proyecto tendiente a dar el nombre de Lautréamont a una calle de Montevideo. Este proyecto fue aprobado pero nunca se llevó a ejecución. Welker en la exposición de motivos dice: 


“Como una eterna corriente constructora las modernas inquietudes de Freud, de Bergson y de Proust en el arte, Lautréamont, el uruguayo estupendo, es la fuerza fermentadora y dominante de la emoción presente en la literatura”. 


Poco tiempo después Welker murió loco, no volviéndose a hablar más del asunto. Y así mi leyenda iba en aumento, como una sátira a mi existencia, todo aquel que me tocaba a través de mis letras algo lamentable le acontecía. No podré aceptarlo, no, otros hechos son la causa, pero no soy yo! 


Yo nací durante el Sitio de Montevideo, que duró desde el año 1843 hasta el año 1851. Sentí desde la cuna la fusilería, el cañón, la metralla, los desafíos, las alertas, las patrullas y los homenajes con tambor apagado. Durante mis cinco primeros años habría oído relatos de degollinas, y descuartizamientos, cuyas víctimas eran muchas veces amigos de mi padre. 

Leí años después “Montevideo o una Nueva Troya”, de Alejandro Dumas. Este libro escrito en París con el propósito de mover la opinión pública en favor de los sitiados, es un libro falso en muchos aspectos desde el punto de vista histórico, pero representa sin embargo una realidad subjetiva. 

Es así cómo de niño viví el clima del sitio de mi ciudad natal. La atmósfera sádica y traicionera del sitio, con sus decepciones, sus luchas intestinas, resentimientos y traiciones configura mis primeras experiencias y mi concepción de la vida. 

Muchas veces oí contar el martirio sufrido por Mirquete y Etcheverry en manos de las fuerzas de Oribe y de Rosas. Desposeídos de sus ropas recibieron un golpe de lanza y luego fueron paseados desnudos por el campamento donde se les hizo objeto de los mayores ultrajes. Luego fueron atados de pies y manos, se les abrió el cuerpo longitudinalmente, se les arrancó las entrañas y el corazón, y se les mutiló en forma vergonzosa. Se les arrancó trozos de piel de los costados para hacer maneas de caballos y por fin se les cortó la cabeza y se les dejó expuestos en el medio del campo. 

La historia de la Legión Francesa que intervino en la defensa de Montevideo está llena de escenas semejantes. Pero de todas las misiones fue sin duda la del Conde Walewsky, hijo de Napoleón I, la que quedó más grabada en mis recuerdos. Mi familia sentía una gran admiración por la familia Bonaparte y el título de Conde que tomé para mi seudónimo está basado en una identificación con el Conde Walewsky. Y el nombre lo tomé de una novela de Eugenio Sue titulada “Latreamont”. Los Cantos de Maldoror se llevaron a cabo en la Place Vendôme donde está la estatua de Napoleón y en el Panteón donde están sus restos. Ya es razón suficiente para saber la influencia que ejerció en mí los Bonaparte. 


A los 19 años me marché a París a inscribirme en la Escuela Politécnica, de mi adolescencia no tengo nada que decir, mas de lo que puedan figurarse, un chico normal, sin ninguna pretensión, nada brillante, pero tampoco rayando en lo mediocre, un poco distante de todo, y presente en la nada. Vamos, solo fui un adolescente muy particular. Hasta que dejé las tierras de Montevideo atrás. 


Ahora podríamos hablar de mis amigos, condiscípulos y maestros que figuran en el prólogo de mis poesías, la dedicatoria dice: “A Georges Dazet, Henri Mue, Pedro Zurmarán, Louis Durcour, Joseph Bleumstein, Joseph Durant, Paul Lespes, George Minvielle, Auguste Delmas. A los Directores de Revistas, Alfred Sircos, Frederic Damé. A los amigos pasados, presentes y futuros.

A Monsieur Hinstin, mi antiguo profesor de Retórica, están dedicados, de una vez por todas, los prosaicos fragmentos que escribiré en la sucesión de las edades, y de los cuales, el primero comienza a ver hoy el día, tipográficamente hablando”.

Georges Dazet es el único amigo que figura en la primera edición de mi primer canto de Maldoror. Dice así: 

“¡Ah, Dazet, tú, cuya alma es inseparable de la mía; tú, el más bello de los hijos de la mujer, aunque adolescente todavía, tú, cuyo nombre se parece al más grande amigo de juventud de Byron, tú, que albergas noblemente…”

Pero en la edición completa de los cantos, de 1869, este párrafo lo reemplacé por éste:

 “¡Oh pulpo de mirada de seda! Tú, cuya alma es inseparable de la mía; tú, el más bello de los habitantes del globo terrestre y que manejas un serrallo de cuatrocientas sanguijuelas; tú, que albergas noblemente…” 

Más adelante, en el primer canto vuelvo a referirme a Dazet cuando digo: 

“Que se aparte de mí este ángel de consuelo que me cubre con sus alas azules. Véte, Dazet, que quiero morir tranquilo. Pero, por desgracia era solamente una enfermedad pasajera, siento asco de volver a la vida. Yo te agradezco, ¡oh!, de haberme despertado con el movimiento de tus alas, tú, cuya nariz tiene encima una cresta en forma de herradura; me apercibo, en efecto, que sólo era por desgracia una enfermedad pasajera y siento asco de renacer. Unos dicen que tú venías hacia mí para chuparme el poco de sangre que aún se encuentra en mi cuerpo: ¡por qué esta hipótesis no es una realidad!” 

Dazet fue mi más íntimo amigo; más tarde llegó a ser un brillante abogado de los tribunales de Tarbes y murió mientras desempeñaba un cargo en la magistratura, así como otro de mis amigos, Henri Mue de Toulouse. Alimentando más mi leyenda ¿acaso no se nace para morir?
Mis otros condiscípulos, eran Joseph Bleumstein, era de Buenos Aires y Pedro Zurmarán, que pertenecía a la familia del doctor Pedro Sáenz de Zurmarán de Montevideo, a quien envié con dedicatoria desde París en uno de mis ejemplares de Maldoror  “para mi protector”.

Monsieur Hinstin “Mi antiguo profesor de Retórica”, fue profesor del Liceo de Pau durante los años 1863 a 1866, desde donde pasó a Lyon. Fue un antiguo alumno de la escuela de Atenas.

Alfred Sircos, fue director de las revistas “L‘Union des Jeunes” y de “La Jeunesse”. Fue más consecuente conmigo, ya que en la segunda de las revistas mencionadas se puede leer la primera crítica hecha sobre el primero de mis Cantos de Maldoror en septiembre de 1868, está firmada “Epistémon”, un pseudónimo de Sircos, donde me llama como “Primo de Childe Harold y de Fausto, conoce a los hombres y los desprecia”. Esta corta crítica fue la única mientras tuve vida, y hasta 1890 en que León Bloy me descubrió, vaya descubrimiento, pues mi obra había pasado inadvertida.

El único sobreviviente en el año 1928 era Paul Lespes, Con gran penetración psicológica, hizo un retrato de mí. 

Era, dice Lespes, un joven alto, delgado, la espalda un poco encorvada, el tinte pálido, los cabellos siempre largos y cayéndose de su frente, tenía una voz destemplada. Su fisonomía era extrañamente atractiva y estaba habitualmente triste, silencioso, como replegado sobre sí mismo. En la sala de estudios pasaba horas enteras con los codos apoyados en el pupitre, las manos sobre la frente y los ojos fijos sobre un libro clásico que no leía. Parecía sumergido en sus fantasías; sus amigos, estaban convencidos de que tenía nostalgias de Montevideo y que sus padres debían hacerlo llamar. 

En clase parecía a veces interesarse vivamente en las lecciones de geografía e historia, gustaba de Racine y Corneille, pero sólo se lo veía entusiasmarse con “Edipo Rey” de Sófocles. La escena en la cual Edipo conoce al fin la terrible verdad y lanza gritos de dolor, con los ojos arrancados, mientras maldice el destino, le parecía de una extraordinaria hermosura, lamentándose, sin embargo, que Yocasta no hubiera llevado al paroxismo el horror trágico, matándose a la vista de los espectadores”. 

Admiraba a Edgar Allan Poe, de quien había leído muchos de sus cuentos antes de la entrada al liceo, es decir, antes de los 16 años. Sus compañeros habían visto también en sus manos un libro de poesías, Albertus, de Teófilo Gautier. Se lo consideraba en el liceo como un espíritu fantástico y soñador, pero en el fondo, dice Lespes, era un buen muchacho, no pasando de un nivel medio de instrucción debido al retardo de sus estudios. 

Una vez Lautréamont les mostró a sus condiscípulos algunos versos, que les parecieron de un ritmo extraño y de pensamiento oscuro. Otro rasgo que destaca Lespes era mi obstinación: 

“Muchas veces ni quería ceder en sus antipatías y desprecios por haber emitido con anterioridad un juicio desfavorable sobre alguna obra. Sufría de intensas jaquecas que influían en su estado de ánimo, haciéndolo en ese momento muy irritable”. 

Uno de los paseos preferidos de los alumnos del liceo era bañarse en un arroyo cercano, donde Lautréamont aprovechaba para demostrar sus condiciones de excelente nadador, quizá otro rasgo de la identificación con Byron. Un día dijo a sus amigos: 

“Tengo que refrescar más a menudo mi cabeza en esta corriente”, refiriéndose a sus jaquecas y malestares. 

Cuenta Lespes que a fin del año escolar de 1864, el profesor Hinstin le había reprochado duramente sus extravagancias de estilo a propósito de un discurso. El discurso, dice Lespes, fue inolvidable para todos sus compañeros, fue una exageración extrema de su forma habitual de escribir, su imaginación no respetó más límites, dando rienda suelta a un pensamiento hecho de imágenes acumuladas, de metáforas incomprensibles y oscurecido aún más por invenciones verbales y formas de estilo que no respetaban siempre la sintaxis. El profesor de retórica creyó en un primer momento que se trataba de una broma de Isidoro y el castigo que recibió éste lo hirió profundamente. 

En el liceo, no habría demostrado ninguna aptitud para las matemáticas y la geometría dice Lespes, hecho curioso porque uno de mis más bellos poemas se refiere a ellas. El poema 24, del segundo canto, dice: 

“Oh, severas matemáticas, no os he olvidado desde que vuestras sabias lecciones, más dulces que la miel, penetraron en mi corazón, como una oleada refrigerante; aspiraba yo instintivamente desde la cuna a beber en vuestra fuente, más antigua que el sol, y sigo aún pisando el atrio sagrado de vuestro templo solemne, como el más fiel de vuestros iniciados”.

No he visto a Ducasse –dice Lespes– desde su salida del Liceo en 1865, hasta que años después recibí los Cantos de Maldoror (primera edición) en Bayona, sin ninguna dedicatoria; pero el estilo, las ideas extrañas que se entrechocaban como en una refriega, me hicieron pensar que Ducasse era el autor. Minvielle había recibido un ejemplar en las mismas condiciones,  “Su actitud era distante, si puedo emplear esta expresión, una especie de gravedad desdeñosa y una tendencia a considerarse como un ser aparte. Nos formulaba a quemarropa preguntas oscuras y a las cuales teníamos grandes dificultades para contestar”. “Sus ideas, sus formas de estilo que tanto irritaban al profesor de Retórica y todas sus extrañezas nos inclinaban a creer que su mente carecía de equilibrio. Se reveló íntegramente en su discurso donde había tenido ocasión de acumular con un lujo aterrador los más horrorosos epítetos e imágenes de la muerte. Huesos rotos, vísceras colgantes, carnes sangrantes e hirvientes”. Fue el recuerdo de ese discurso que le hizo pensar que yo era el autor de los Cantos de Maldoror, que momentos atn solemnes los que viví en aquel liceo. 

En el Liceo me consideraban como un buen muchacho, pero un poco “tocado”. No era amoral ni tampoco un sádico. J. Minvielle dijo a Lespes al recibir el libro:

 “Te acuerdas de su discurso. Él tenía una araña en el cielorraso, pero ella ha crecido mucho”.

Para mis compañeros de colegio la inspiración y la originalidad de mi estilo se relacionaban con una configuración mental particular. Lespes no se atreve a pronunciar la palabra loco. Seguramente teme equivocarse. Han pasado muchos años y mi obra es juzgada de otra manera.

También Lespes habla sobre las influencias que ejercieron en mí, creyendo que son predominantemente, los clásicos, Gautier, Shakespeare, Shelley, pero sobre todo Byron, que fue gran inspirador. 

Concluye diciendo que los Cantos de Maldoror son una obra sincera, fruto doloroso de un cerebro exaltado y lleno de imágenes negras. 

Con la descripción hecha por mí querido amigo Lespes me pone en presencia de mi mismo, la idea que tenían de mí, mis propios amigos. Mi conducta y las características que mis compañeros de Liceo me adjudicaron, son algo extrañas, desfasadas, no era eso lo que quería transmitir, solo quería que ellos sintieran lo que yo sentía del mundo, de lo real, de lo que habitaba en mi, ¿por qué es tan difícil entender? 

No cabe ninguna duda que Maldoror, el personaje de mis Cantos, estaba ya presente y que los poemas que leí y el discurso pronunciado en la clase del profesor de Retórica tienen relación y continuidad con mi obra posterior. Pero de allí a que solo quede la imagen de un joven alto, pálido, delgado, ligeramente encorvado, con el cabello sobre la frente, triste, inmaduro, orgulloso, que se interesa por el vuelo de los pájaros, que lee Byron y Edgar Poe. Que no me contentaba con saber el final de Yocasta sino que prefería que ésta se matara frente a los espectadores. Es demasiado para mi. La muerte de mi madre quien se suicidó cuando tenía un año y ocho meses era algo que me ahogaba, yo solo sentía curiosidad por conocer las circunstancias de su muerte. Solo quería conocer su verdad. ¿Tan malo es saberla? Sin embargo, me alivia que con Lespes mi leyenda no se haya materializado, puedo vivir más de 80 años, para mi tranquilidad. 

Ya en parís, donde continué con mi vida publiqué en agosto de 1868, el primero de los Cantos de Maldoror donde firmé solamente con tres asteriscos. En diciembre del mismo año, hice una reimpresión de este primer Canto con el propósito de enviarlo al concurso poético organizado en Burdeos por Evaristo Carrance. En 1869 se imprime la primera edición completa de los Cantos de Maldoror donde firmé con mi nuevo seudónimo Conde de Lautréamont. Esta edición no pasó nunca a la venta y sólo 10 ejemplares salieron de la imprenta y llegaron a mis manos. A principio del año 1870 publiqué el prólogo de las Poesías donde me atreví a firmarlas con mi propio nombre, Isidoro Ducasse. 

En los dos últimos años de mi vida sufrí una intensa crisis, fue mi propósito el negar la primera parte de mi obra, los Cantos de Maldoror. Hay una carta escrita a mi tutor, el banquero Darasse, que constituye un documento de gran valor para estudiar las causas de este profundo viraje y los nuevos propósitos para quienes buscan un mejor entendimiento de mi cielorraso.


Mi padre se resistía a hacer envíos de dinero fuera de la pensión habitual porque tenía la convicción de que yo lo empleaba en la publicación de periódicos y panfletos políticos. Yo viví sucesivamente en la calle de Notre-Dame des Victoires, luego en la calle de Faubourg-Montmartre 32, luego en la calle Vivienne Nº 15 y finalmente de nuevo en la calle de Faubourg-Montmartre Nº 7, donde morí. 


Robert Desnos sugirió que yo podía ser aquél orador del mismo nombre citado por Jules Valles en su libro “L‘Insurgé”. Ph. Soupault lo afirmó en el prólogo de una de las ediciones completas. Pero Aragon, Breton y Eluard se rebelaron contra esta afirmación, sosteniendo que el Ducasse que en las reuniones públicas de 1869 tomó la palabra para citar las Epístolas de San Pablo, fue perfectamente identificado entre otros, por Charles Da Costa que lo conocía íntimamente. Era Félix Ducasse, que terminó siendo Presidente del Consistorio de la Iglesia Cristiana Evangélica de Bruselas y que murió en el año 1877.


Y no era yo, todos sabían que las contiendas políticas no eran de mi agrado, la banalidad que impera en ese mundo no me atraía, todo era inexistente, jamás me vi rodeado de políticos, seres sin sentido común, sin sensibilidad, sin arte, todos iguales como si fueran borregos de una estirpe que ya no pensaba, que ya no admiraba la belleza, la vida, con intereses mezquinos, no.. Ese no era yo.. Jamás fui un político.


Entre mis familiares ha quedado esa idea de un Lautréamont rebelde, que tenía cierta amistad con Gambetta y que esta circunstancia había creado dificultades a mi padre, en los últimos años del Imperio. También esta situación fue la base de los resentimientos entre nosotros ya que mi padre era un entusiasta bonapartista.


El 19 de julio de 1870, año de mi muerte, Napoleón III declara la guerra a Prusia, “ley fatal de los regímenes de explotación de una clase por otra, en los que la pérdida del poder inspira más angustia que la matanza. Los diputados salen de vacaciones, el Emperador toma el mando de un ejército desparramado en la frontera y cuyo desorden se manifestó pavoroso desde la movilización, en Francia no obstante la confianza en la victoria se había hecho general, el desastre fue completo”. Este es el clima en que vivo, acababa de publicar el prólogo de mis Poesías, canto dedicado a la calma, a la cordura, al deber y así llega el 4 de septiembre de 1870. El pueblo de París reunido en los alrededores del Palacio Borbón grita vivas a la República, se dirige luego al Palacio Municipal donde ya en la plaza la multitud ha escogido un gobierno. Las condiciones históricas se repiten, París está sitiada, la efervescencia política es creciente, yo me sentía perdido.


He muerto, la repetición de mi situación de doble sitiado, durante mi infancia y el último año de mi vida, hicieron que me quedara inmovilizado, dejando todo esto el jueves 24 de noviembre de 1870. El certificado de defunción lo dice: 

“Isidoro Luciano Ducasse, escritor, de 24 años, nacido en Montevideo, falleció hoy a las 8 de la mañana en su domicilio de la calle del Faubourg Nº 7”. 

Fui enterrado al día siguiente, el 25 de noviembre de 1870, en una concesión temporaria del Cementerio del Norte. Mis familiares sospecharon que había sido envenenado debido a mi supuesta vinculación con grupos políticos de extrema izquierda ¿como se les habría ocurrido tal cosa?. 

Mi padre fue a Francia tres años después, en 1873, con el significado de un auto de fe desapareciendo todo cuanto encontró de mí en París. Todos los papeles, libros y correspondencia fueron colocados en un baúl de cuero y depositados en un banco.

Y así quisieron dar fin a un ser que poco tuvo para dar, un ser poco comprendido, un ser que se aisló en sus silencios, que murió con sus gritos, ahogado en sus pensamientos, aniquilado por su propia tristeza, su propia soledad, pero que dejó unas cortas líneas que hoy por hoy lo han catapultado del anonimato a la cúspide del saber. 

Aún sigue siendo un enigma, un misterio, una leyenda, aun se tejen pasajes extraordinarios alrededor de su existencia, lo que denota que Isidoro esta aun entre nosotros, cuidando sus restos perdidos, cuidando sus cantos de Maldoror, sacándolos a las luz cada década, para que los nuevos creadores no olviden que algún tiempo de la historia humana existió el Conde de Lautréamont. 


Para finalizar este hermoso ensayo culminaré regalando a mis lectores uno de los poemas escritos por este grande de la literatura clásica:

Tu amigo vampiro.

Sí, os supero a todos en mi innata crueldad, que no estuvo en mi mano reprimir. ¿Es esta la razón por la que estáis todos postrados frente a mí? ¿O bien el estupor de verme, fenómeno inaudito, recorrer como horrible cometa el espacio ensangrentado?.
Una lluvia de sangre brota de mi cuerpo inmenso, semejante a una nube negra que empuje ante sí el huracán. No temáis nada, hijos míos. No quiero maldeciros. El mal que me habéis ocasionado es demasiado grande; demasiado grande el mal que yo os he ocasionado, para que sea intencional. Vosotros habéis recorrido vuestro camino y yo el mío, ambos semejantes, ambos perversos. Era natural encontrarnos, dada nuestra afinidad. El choque que ha seguido al encuentro nos ha resultado recíprocamente fatal”.
Al llegar a este punto, los hombres empezarán a levantar las cabezas, adquiriendo de nuevo valor, y, para ver quién esta hablando, alargarán el cuello igual que caracoles. De repente, su rostro alterado, descompuesto, se deformará en una mueca tan monstruoso que incluso los lobos quedarán aterrorizados. Todos a la vez, los hombres se enderezarán de golpe, como un muelle gigantesco. ¡Cuántas imprecaciones!¡Qué clamor de voces! Me han reconocido. Y he ahí que los animales terrestres se unen a los hombres y hacen oír sus extraños alborotos. Ningún odio divide ya a ambas razas. El odio de cada uno está dirigido contra el enemigo común: yo. El consentimiento universal les une. Vientos que me estáis transportando, levantadme todavía más alto: temo la perfidia. Sí, desaparezcamos, poco a poco de su vista... Adiós, viejo, y piensa en mí, si me has leído...; y tú, joven, no desesperes. En efecto, tienes en el vampiro a un amigo, aunque seas de otra opinión. Si además, tienes en cuenta el ácaro sarcopto que te pega la roña, ¡tendrás dos amigos!


Como ultima referencia a la posible leyenda del Conde les dejo esto:

Hasta hace algunos años había sido imposible encontrar un documento gráfico de la persona física de Isidoro Ducasse, ningún retrato, ninguna fotografía, hasta que Álvaro Guillot Muñoz encontró en casa de una parienta lejana de Isidoro una fotografía del poeta, que sería la única que se conoció. Allí aparentaba tener de 18 a 20 años, tenía un aire adolescente de montevideano, dice Ipuche. Pero la mano encargada de hacer desaparecer todo aquello concerniente al Conde de Lautréamont actuó aquí por medio de la Policía de Montevideo, que al practicar un allanamiento de la casa de los Guillot Muñoz durante el gobierno de Terra, se llevó entre otras cosas el retrato de Isidoro. 

Fueron después inútiles los esfuerzos para recuperarlos, fue de los pocos documentos incautados que no pudo volver a mano de los Guillot Muñoz. Pero la fotografía había sido vista con anterioridad por Supervielle, Ipuche y el grabador Méndez Gabariños. Éste pudo reconstruir más o menos los trazos de Isidoro, y digo más o menos porque cuando los que habían visto el retrato miraron, cada uno por su lado hicieron observaciones que de ninguna manera estaban de acuerdo con los demás. Al poco tiempo, Méndez Magariños pagó esta intromisión con la locura, alimentando la leyenda que cierne sobre la estampa de este gran creador de la prosa... 

By Eleorana 2014






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