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sábado, 16 de enero de 2016

El Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror.- CANTO PRIMERO


El Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror

CANTO PRIMERO


Plegue al cielo que el lector, enardecido y momentáneamente 
feroz como lo que lee, halle, sin desorientarse,
su abrupto y salvaje sendero por entre las
desoladas ciénagas de estas páginas sombrías y llenas
de veneno; pues, a menos que ponga en su lectura
una lógica rigurosa y una tensión de espíritu igual,
como mínimo, a su desconfianza, las emanaciones
mortales de este libro embeberán su alma como azúcar 
en agua. No es bueno que todo el mundo lea las
páginas que siguen; sólo algunos saborearán sin peligro
ese fruto amargo. Por lo tanto, alma tímida, antes
de adentrarte más por semejantes landas inexploradas,
dirige hacia atrás tus pasos y no hacia delante.
Escucha bien lo que te digo: dirige hacia atrás
tus pasos y no hacia adelante, como la mirada de un
hijo se aparta, respetuosamente, de la contemplación
augusta de la faz materna; o, mejor, como el ángulo
perdiéndose en el horizonte de las friolentas grullas
tan meditabundas que, durante el invierno, vuela
poderosamente a través del silencio, con todas las
velas tendidas, hacia un punto preciso del horizonte
de donde, súbitamente, brota un viento extraño y
fuerte, precursor de la tormenta. La grulla más vieja,
que forma por sí sola la vanguardia, al verlo, mueve
su cabeza como una persona razonable y, en consecuencia,
también su pico que hace restallar, y no está
contenta (tampoco yo lo estaría en su lugar), mientras
su viejo pescuezo, desprovisto de plumas y contemporáneo
de tres generaciones de grullas, se agita en
irritadas ondulaciones, presagio de la tempestad que
se acerca cada vez más. Tras haber mirado, con sangre
fría, varias veces a todas partes con ojos que atesoran
experiencia, prudentemente, en primer lugar
(pues a ella corresponde el privilegio de mostrar las
plumas de su cola a las demás grullas de inferior inteligencia),
con su grito vigilante de melancólico centinela,
para rechazar al enemigo común, vira con flexibilidad
el vértice de la figura geométrica (tal vez
sea un triángulo, pero no se ve el tercer lado que forman
en el espacio esas curiosas aves de paso), bien a
babor, bien a estribor, como un hábil capitán; y, maniobrando
con alas que no parecen mayores que las
de un gorrión, puesto que no es tonta, toma así otro
camino filosófico y más seguro.
Lector, tal vez desees que invoque el odio al comienzo
de esta obra. ¿Quién te dice que no vas a respirar,
bañado en innumerables voluptuosidades,
tanto como lo desees, por tus orgullosas fosas nasales,
amplias y delgadas, volviéndote panza arriba al igual
que un tiburón, en el aire negro y hermoso, como si
comprendieras la importancia de este acto y la no
menor importancia de tu legítimo apetito, lenta y
majestuosamente, sus rojas emanaciones? Te lo aseguro,
alegrarán los dos informes agujeros de tu asqueroso
hocico, ¡oh!, monstruo, siempre que antes te
apliques en respirar tres mil veces seguidas la maldita
conciencia del Eterno. Tus fosas nasales se habrán
dilatado desmesuradamente de inefable satisfacción,
de éxtasis inmóvil, y no pedirán al espacio,
embalsamado como con perfumes e incienso, nada
mejor; pues se habrán ahitado de felicidad perfecta,
como los ángeles que habitan en la magnificencia y la
paz de los agradables cielos.
Estableceré en pocas líneas que Maldoror fue bueno
durante sus primeros años en los que vivió feliz; ya
está hecho. Advirtió, luego, que había nacido malo:
¡fatalidad extraordinaria! Ocultó su carácter lo mejor
que pudo durante muchos años, pero, por fin, a
causa de esta concentración que no le era natural,
cada día la sangre se le subía a la cabeza, hasta que,
sin poder ya soportar semejante vida, se arrojó resueltamente
a la carrera del mal... ¡grata atmósfera!
¡Quién lo hubiera dicho!, cuando besaba a un niño
pequeño de rostro rosado hubiese querido rebanarle
las mejillas con una navaja, y lo habría hecho con
frecuencia si Justicia, con su largo cortejo de castigos,
no se lo hubiera impedido cada vez. No era mentiroso,
confesaba la verdad y decía que era cruel. Humanos,
¿habéis oído?, ¡se atreve a repetirlo con esta pluma
temblorosa! De modo que existe un poder más
fuerte que la voluntad... ¡Maldición! ¿Querrá la piedra
sustraerse a las leyes de la gravedad? Imposible.
Imposible que el mal quiera aliarse con el bien. Es lo
que antes he afirmado.
Los hay que escriben para conseguir los aplausos humanos,
gracias a las nobles cualidades del corazón
que la imaginación inventa o que pueden poseer. Yo,
por mi parte, me sirvo del genio para pintar las delicias
de la crueldad. Delicias ni efímeras ni artificiales,
por el contrario, comenzaron con el hombre y terminarán
con él. ¿No puede el genio aliarse con la crueldad
en los secretos designios de la Providencia?, ¿o,
acaso, el ser cruel impide tener genio? En mis palabras
se hallará la prueba; sólo de vosotros depende escucharme,
si así lo deseáis... Perdón, he creído que los
cabellos se habían erizado en mi cabeza, pero no es
nada, pues he conseguido fácilmente, con mi mano,
colocarlos de nuevo en su posición inicial. El que canta
no pretende que sus cavatinas permanezcan desconocidas,
por el contrario, se envanece de que los
pensamientos altivos y malvados de sus héroes estén
en todos los hombres.
He visto, durante toda mi vida, a los hombres de estrechos
hombros, sin exceptuar uno solo, cometer
actos estúpidos y numerosos, embrutecer a sus semejantes
y pervertir las almas por todos los medios.
Llamen «gloria» a los motivos de sus acciones. Viendo
tales espectáculos quise reír como los demás, pero
eso, extraña imitación, era imposible. Tomé una navaja
cuya hoja tenía un filo acerado y me abrí las
carnes en los lugares donde se unen los labios. Por un
instante creí alcanzado mi objetivo. Miré en un espejo
esa boca lacerada por mi propia voluntad. ¡Era un
error! La sangre que corría en abundancia de ambas
heridas impedía, además, distinguir si aquella era en
realidad la risa de los demás. Pero, tras unos momentos
de comparación, vi que mi risa no se parecía a la
de los humanos, es decir, que no me reía. He visto a
los hombres de fea cabeza y horribles ojos hundidos
en las oscuras órbitas, superar la dureza de la roca,
la rigidez del acero fundido, la crueldad del tiburón,
la insolencia de la juventud, el insensato furor de los
criminales, las traiciones del hipócrita, a los más extraordinarios
comediantes, la fortaleza de carácter
de los curas y a los seres más ocultos para el exterior,
los más fríos de los mundos y del cielo; fatigar a los
moralistas hasta descubrir su corazón y hacer que
caiga sobre ellos la cólera implacable de las alturas.
Les he visto, todos a una, dirigiendo, unas veces, al
cielo el más robusto puño, como el de un niño perverso
ya contra su madre, excitados probablemente
por algún espíritu infernal, con los ojos llenos de un
remordimiento urente y rencoroso al mismo tiempo,
en un silencio glacial, sin osar emitir las vastas e ingratas
meditaciones que su seno albergaba, tan llenas
de injusticia y horror estaban, y entristecer así
de compasión al Dios de misericordia; otras, en todo
instante del día, desde el comienzo de la infancia hasta
el fin de la vejez, esparciendo increíbles anatemas,
sin sentido común alguno, contra todo cuanto respira,
contra sí mismo y contra la Providencia, prostituir
a las mujeres y los niños y deshonrar, así, las
partes del cuerpo consagradas al pudor. Entonces,
los mares levantan sus aguas, engullen los maderos
en sus abismos; los huracanes, los terremotos derriban
las casas; la peste, las diversas enfermedades
diezman las rezadoras familias. Pero los hombres no
lo advierten. Les he visto, también, ruborizándose,
palideciendo de vergüenza por su conducta en esta
tierra; raras veces. Tempestades, hermanas de los huracanes;
azulado firmamento cuya fuerza no admito;
hipócrita mar, imagen de mi corazón; tierra de misterioso
seno; habitantes de las esferas; universo entero;
Dios que lo creaste con magnificencia, a ti te invoco:
¡muéstrame a un hombre que sea bueno!... Pero
que tu gracia multiplique mis fuerzas naturales, pues
ante el espectáculo de semejante monstruo puedo
morir de asombro; por menos se ha muerto.
Hay que dejarse crecer las uñas durante quince
días. ¡Oh!, qué dulce resulta, entonces, arrancar
brutalmente del lecho a un niño que nada tenga todavía
sobre el labio superior y con los ojos muy abiertos
simular que se pasa suavemente la mano por su
frente, echando hacia atrás sus hermosos cabellos.
Luego, de pronto, cuando menos lo espera, hundir
las largas uñas en su tierno pecho, cuidando de que
no muera; pues si muriese, no se tendría más tarde el
espectáculo de sus miserias. A continuación, se bebe
la sangre lamiendo sus heridas, y durante ese tiempo,
que debiera ser largo como larga es la eternidad,
el niño llora. Nada es mejor que su sangre extraída
como acabo de explicar y caliente todavía, salvo sus
lágrimas, amargas como la sal. Hombre, ¿no has probado
nunca el sabor de tu sangre cuando, por azar, te
has cortado un dedo? Qué buena es, ¿verdad?; pues
no tiene gusto alguno. Además, ¿no recuerdas haberte
llevado un día, entre lúgubres reflexiones, la mano,
como profunda copa, a tu enfermizo rostro mojado
por lo que de tus ojos caía; mano que luego se dirigió
fatalmente a tu boca, para beber a largos tragos, en
esta copa, temblorosa como los dientes del alumno
que mira de soslayo a quien nació para oprimirle, las
lágrimas? Qué buenas son, ¿verdad?, pues tienen el
sabor del vinagre. Diríanse las lágrimas de la que
más ama, pero las lágrimas del niño tienen mejor
paladar. Él no traiciona, al no conocer todavía el mal:
la que más ama acaba traicionando tarde o temprano...
Lo adivino por analogía, aunque ignoro lo que
sea amistad o amor (es probable que nunca los acepte;
al menos viniendo de la raza humana). Así, puesto
que tu sangre y tus lágrimas no te disgustan, aliméntate,
aliméntate confiadamente con las lágrimas
y la sangre del adolescente. Véndale los ojos, mientras
desgarres sus palpitantes carnes, y, tras haber
escuchado durante largas horas sus sublimes gritos,
parecidos a los hirientes estertores que lanzan en una
batalla los gaznates de los heridos agonizantes, entonces,
tras haberte apartado como un alud, saldrás
corriendo de la vecina alcoba y fingirás acudir en su
ayuda. Le desatarás las manos de hinchados nervios
y venas, devolverás la vista a sus extraviados ojos,
lamiendo de nuevo sus lágrimas y su sangre. ¡Qué
auténtico es, entonces, el arrepentimiento! La chispa
divina que brilla en nosotros, y que tan raras veces
se muestra, aparece; ¡pero demasiado tarde! Cómo
se conmueve el corazón al poder consolar al inocente
a quien se ha hecho daño. «Adolescente que acabas
de sufrir crueles dolores, ¿quién ha podido cometer
en ti un crimen que no sé cómo calificar? ¡Infeliz!
¡Cuánto debes de sufrir! Y si tu madre lo supiera, no
estaría más cerca de la muerte, tan aborrecida por
los culpables, de lo que ahora estoy yo. ¡Ay!, ¿qué son,
pues, el bien y el mal? ¿Son acaso una misma cosa con
la que damos, rabiosamente, testimonio de nuestra
impotencia y de nuestra pasión por alcanzar el infinito,
aun con los medios más insensatos? ¿O son dos
cosas distintas? Sí... Mejor que sean una sola cosa...
pues, de lo contrario, ¿qué sería de mí el día del juicio?
Adolescente, perdóname; ha sido el que está ante
tu rostro, noble y sagrado, quien te ha quebrado los
huesos y desgarrado las carnes que penden en distintos
lugares de tu cuerpo. ¿Es un delirio de mi razón
enferma, es un instinto secreto que no depende
de mi razonamiento, como el del águila que desgarra
su presa, lo que me ha llevado a cometer tal crimen?;
¡y, sin embargo, he sufrido tanto como mi víctima!
Adolescente, perdóname. Una vez abandonada esta
vida pasajera, deseo que permanezcamos abrazados
por toda la eternidad, que formemos un solo ser, con
mi boca pegada a la tuya. Ni siquiera así mi castigo
será completo. Me desgarrarás, entonces, sin detenerte
nunca, con tus dientes y tus uñas a la vez. Adornaré
mi cuerpo con perfumadas guirnaldas para este
holocausto expiatorio, y ambos sufriremos, yo, al ser
desgarrado; tú, por desgarrarme... con mi boca pegada
a la tuya. ¡Oh!, adolescente de rubios cabellos, de
tan dulces ojos, ¿harás ahora lo que te aconsejo? Quiero,
a tu pesar, que lo hagas y así complacerás mi conciencia.»
Tras haber hablado así, habrás hecho daño
a un ser humano y, al mismo tiempo, serás amado
por él: es la mayor felicidad que pueda concebirse.
Más tarde, podrás llevarle al hospicio, pues el tullido
no podrá ganarse la vida. Te llamarán bueno, y las
coronas de laurel y las medallas de oro ocultarán tus
pies desnudos, sembrados en la gran tumba, al anciano
rostro. ¡Oh!, tú, cuyo nombre no quiero escribir
en esta página que consagra la santidad del crimen,
sé que tu perdón fue inmenso como el universo.
¡Pero yo sigo existiendo!
[…]
Al claro de la luna, cerca del mar, en los aislados
lugares de la campiña, se ve, cuando uno está sumido
en amargas reflexiones, que todas las cosas revisten
formas amarillas, indecisas, fantásticas. La
sombra de los árboles, rápida unas veces, lenta
otras, corre, va y viene de distintas formas, aplanándose,
pegándose a la tierra. En aquel tiempo,
cuando me llevaban las alas de la juventud, eso me
hacía soñar, me parecía extraño; ahora estoy acostumbrado
a ello. El viento gime a través de las hojas
con sus lánguidas notas y el búho entona su grave
lamento que eriza los cabellos de quienes lo escuchan.
Entonces, los perros, enfurecidos, rompen sus
cadenas, se escapan de las lejanas granjas, corren por
la campiña, aquí y allá, presas de la locura». De pronto,
se detienen, miran a todos lados con hosca inquietud
y los ojos encendidos, y, al igual que los elefantes,
antes de morir, dirigen en el desierto una postrera
mirada al cielo, elevando desesperadamente su trompa,
dejando caer inertes sus orejas, los perros dejan
caer inertes sus orejas, levantan la cabeza, hinchan
el terrible cuello y rompen a ladrar, unas veces, como
un niño que grita de hambre; otras, como un gato
herido en el vientre sobre un tejado; otras, como una
mujer que va a dar a luz; otras, como un moribundo
apestado en el hospital; otras, como una muchacha
que canta una sublime melodía contra las estrellas
del norte, contra las estrellas del este, contra las estrellas
del sur, contra las estrellas del oeste; contra la
luna; contra las montañas que semejan, a lo lejos,
gigantescos roquedales que yacen en la oscuridad;
contra el aire frío que aspiran a plenos pulmones y
que vuelve rojo y ardiente el interior de su nariz;
contra el silencio de la noche; contra las lechuzas,
cuyo vuelo oblicuo roza su hocico, llevando una rata
o una rana en el pico, alimento vivo, dulce, para sus
pequeñuelos; contra las liebres, que desaparecen en
un abrir y cerrar de ojos; contra el ladrón que huye a
uña de caballo tras haber cometido un crimen; contra
las serpientes que, agitando los brezales, les hacen
temblar la piel y rechinar de dientes; contra sus
propios ladridos que les dan miedo; contra los sapos,
a los que destrozan de una seca dentellada (¿por
qué se han alejado tanto de la ciénaga?); contra los
árboles cuyas hojas, suavemente acunadas, son
otros tantos misterios que no comprenden, que quieren
descubrir con sus ojos fijos, inteligentes; contra
las arañas, suspendidas entre sus largas patas, que
trepan a los árboles para huir; contra los cuervos
que no han encontrado durante el día nada que comer
y que regresan al nido con las alas fatigadas;
contra las rocas de la orilla; contra los fuegos que
aparecen en los mástiles de invisibles navíos; contra
el sordo ruido de las olas; contra los grandes peces
que, nadando, muestran su negro lomo y se hunden,
luego, en el abismo; y contra el hombre que los hace
esclavos. Tras ellos, comienzan de nuevo a correr por
la campiña, saltando con sus patas ensangrentadas
por encima de los fosos, los caminos, los campos, las
hierbas y las escarpadas piedras. Diríase que sufren
de la rabia, que buscan un gran estanque para apaciguar
su sed. Sus prolongados aullidos aterrorizan a la
naturaleza. ¡Ay, del viajero rezagado! Los amigos de
los cementerios se arrojarán sobre él, le desgarrarán,
le devorarán con su boca de la que chorrea sangre;
pues sus colmillos no están dañados. Los animales
salvajes, sin atreverse a acercarse para participar en
aquel banquete de carne, huyen, temblorosos, hasta
perderse de vista. Tras unas horas, los perros,
derrengados por tanto correr de un lado a otro, casi
muertos, con la lengua colgando de su boca, se arrojan
unos contra otros, sin saber lo que hacen, y se
desgarran en mil jirones con increíble rapidez. No lo
hacen por crueldad. Cierto día, con los ojos vidriosos,
mi madre me dijo: «Cuando estés en tu lecho y
escuches los ladridos de los perros en la campiña,
ocúltate bajo tus mantas, no te burles de lo que hacen:
tienen sed insaciable de infinito, como tú, como
yo, como todos los demás humanos de rostro pálido
y alargado. Te autorizo, incluso, a ponerte ante la
ventana para contemplar este espectáculo que es
bastante sublime.» Desde entonces, respeto el deseo
de la muerta. Como los perros, siento necesidad de
infinito... ¡Y no puedo, no puedo satisfacer esta necesidad!
Soy hijo del hombre y de la mujer, según me
han dicho. Me sorprende... ¡creía ser más! Por lo demás,
¿qué importa de dónde vengo? Si hubiera dependido
de mi voluntad, habría preferido ser el hijo
de la hembra del tiburón, cuyo apetito es amigo de
las tempestades, y del tigre de reconocida crueldad:
no seré tan malvado. Vosotros que me miráis, alejaos
de mí, pues mi aliento exhala un aire envenenado.
Nadie ha visto todavía las verdes arrugas de mi frente,
ni los salientes huesos de mi demacrado rostro,
parecidos a las espinas de algún gran pez, o a las
rocas que cubren la orilla del mar, o a las abruptas
montañas alpinas que recorrí a menudo, cuando cubrían
mi cabeza cabellos de otro color. Y cuando
merodeo en torno a las habitaciones de los hombres,
durante las noches tormentosas, con los ojos ardientes,
flagelados los cabellos por el viento de las tempestades,
aislado como una piedra en el camino, cubro
mi ajado semblante con un pedazo de terciopelo
negro como el hollín que llena el interior de las chimeneas:
los ojos no deben ser testigos de la fealdad
que el Ser supremo, con una sonrisa de poderoso odio,
puso en mí. Cada mañana, cuando para los demás se
levanta el sol, derramando el gozo y el calor salutarios
sobre toda la naturaleza, mientras ninguno de
mis rasgos se mueve, mirando fijamente el espacio
lleno de tinieblas, acurrucado en el fondo de mi amada
caverna, presa de una desesperación que me embriaga
como el vino, lacero con poderosas manos mi
pecho hecho jirones. ¡Y, sin embargo, siento que no
tengo la rabia! ¡Y, sin embargo, siento que no soy el
único que sufre! ¡Y, sin embargo, siento que respiro!
Como un condenado que ejercita sus músculos, pensando
en la suerte que les espera, y que pronto subirá
al cadalso, de pie en mi lecho de paja, con los ojos
cerrados, giro lentamente mi cuello de derecha a izquierda,
de izquierda a derecha durante horas enteras;
y no caigo muerto. A veces, cuando mi cuello no
puede seguir girando en el mismo sentido, cuando se
detiene para comenzar a girar en sentido opuesto,
miro súbitamente al horizonte a través de los escasos
intersticios dejados por la espesa maleza que cubre
la entrada: ¡y no veo nada! Nada... salvo las campiñas
que danzan en torbellino con los árboles y las
largas hileras de pájaros que cruzan los aires. Eso me
turba sangre y cerebro... ¿Quién me golpea, pues, con
una barra de hierro en la cabeza, como un martillo
que golpeara el yunque?
Me propongo, sin estar conmovido, declamar a grandes
voces la seria y fría estrofa que vais a oír. Prestad
atención a su contenido y guardaos de la penosa
impresión que, sin duda, dejará, como una magulladura,
en vuestras turbadas imaginaciones. No creáis
que estoy a punto de morir, pues no soy todavía un
esqueleto y la vejez no se ha pegado a mi frente. Dejemos,
pues, de lado cualquier idea de comparación
con el cisne cuando su existencia huye, y no veáis
ante vosotros más que a un monstruo cuyo semblante
me satisface que no podáis percibir, aunque es menos
horrible que su alma. Sin embargo, no soy un criminal...
Basta ya de este tema. No hace todavía mucho
tiempo que volví a ver el mar y hollé el puente de los
bajeles, y mis recuerdos son vívidos como si los hubiera
dejado ayer. Permaneced, no obstante, si os es
posible, tan tranquilos como yo durante esta lectura
que me arrepiento ya de ofreceros, y no os ruboricéis
al pensar en lo que es el corazón humano. ¡Oh, pulpo
de mirada de seda!, tú, cuya alma es inseparable de
la mía; tú, el más hermoso de los habitantes del globo
terrestre que gobiernas un serrallo de cuatrocientas
ventosas; tú, en quien habitan noblemente, como en
su natural residencia, de común acuerdo, con indestructible
vínculo, la dulce virtud comunicativa y las
gracias divinas, ¿por qué no estás conmigo, con tu
vientre de mercurio contra mi pecho de aluminio,
sentados ambos en algún roquedal de la orilla, para
contemplar ese espectáculo que adoro? […]
No me verán, cuando llegue mi última hora (y escribo
esto en mi lecho de muerte), rodeado de curas. Quiero
morir acunado por las olas del mar tempestuoso, o de
pie sobre la montaña... con la mirada fija en lo alto; no:
sé que mi aniquilación será completa. Además, no puedo
esperar gracia alguna. ¿Quién abre la puerta de mi
cámara funeraria? Había dicho que nadie entrara.
Seáis quien seáis, alejaos, pero si creéis percibir algún
signo de dolor o de miedo en mi rostro de hiena (utilizo
esta comparación, aunque la hiena sea más hermosa
que yo y más agradable a la vista), desengañaos:
que se acerque. Estamos en una noche de invierno
cuando los elementos chocan entre sí por todas partes;
el hombre tiene miedo y el adolescente medita cierto
crimen contra uno de sus amigos, si es lo que yo fui en
mi juventud. Que el viento, cuyos quejumbrosos silbidos
entristecen a la humanidad, desde que viento
y humanidad existen, instantes antes de la postrera
agonía, me lleve sobre los huesos de sus alas, a través
del mundo impaciente por mi muerte. Gozaré, todavía,
en secreto, de los numerosos ejemplos de la maldad
humana (a un hermano le gusta ver, sin ser visto,
los actos de sus hermanos). El águila, el cuervo, el
inmortal pelícano, el pato salvaje, la grulla viajera,
despiertos, tiritando de frío, me verán pasar a la luz
de los relámpagos, espectro horrible y satisfecho. No
sabrán lo que significa. En la tierra, la víbora, el grueso
ojo del sapo, el tigre, el elefante; en la mar, la ballena,
el tiburón, el pez martillo, la informe raya, el colmillo
de la foca polar, se preguntarán qué significa
esta derogación de la ley de la naturaleza. El hombre,
temblando, pegará su frente a la tierra en medio de
sus gemidos. «Sí, a todos os supero por mi innata
crueldad, crueldad cuya desaparición no ha dependido
de mí. ¿Acaso por ello os mostráis ante mí así
prosternados?, ¿o es, tal vez, porque me veis recorrer,
fenómeno nuevo, como un terrible cometa, el espacio
ensangrentado? (Cae una lluvia sangrienta de mi
vasto cuerpo, semejante a una nube negruzca empujada
por el huracán.) No temáis, niños, no quiero
maldeciros. El mal que me habéis hecho es demasiado
grande, demasiado grande el mal que os he hecho
para ser liberados. Vosotros habéis caminado por
vuestra senda; yo, por la mía, semejantes ambas, ambas
perversas por la fuerza, dada la similitud de carácter,
tuvimos que encontrarnos; el choque resultante
nos fue recíprocamente fatal.» […]
Una familia rodea una lámpara puesta sobre la mesa:
—Hijo mío, dame las tijeras que hay en esta silla.
—No están, madre.
—Ve, entonces, a buscarlas a la otra habitación.

¿Recuerdas, mi dulce dueño, aquella época en la que
hacíamos votos para tener un hijo en el que renacer
por segunda vez y que fuera el sostén de nuestra
vejez?
—La recuerdo, y Dios los ha escuchado. No podemos
quejarnos de nuestra suerte en esta vida. Cada
día bendecimos a la Providencia por sus beneficios.
Nuestro Edouard tiene todas las gracias de su madre.
—Y las viriles cualidades de su padre.
—Aquí están las tijeras, madre; por fin las he
encontrado.
Vuelve a su trabajo... Pero alguien se encuentra en
la puerta de entrada y contempla, por unos instantes,
el cuadro que se ofrece a sus ojos:
—¡Qué significa este espectáculo! Hay mucha gente
menos feliz que esta. ¿En qué razonamiento fundan
su amor por la existencia? Aléjate, Maldoror, de
este hogar apacible; tu lugar no es este.
¡Se ha retirado!
—No sé qué me ocurre, pero siento que las facultades
humanas combaten en mi corazón. Mi alma está
inquieta y no sé por qué, la atmósfera es pesada.
—Mujer, siento tus mismas sensaciones, temo que
nos suceda alguna desgracia. Confiemos en Dios que
es la suprema esperanza.
—Madre, apenas puedo respirar, me duele la cabeza.
—¡También tú, hijo mío! Te mojaré la frente y las
sienes con vinagre.
—No, mi buena madre...
Vedle; fatigado, apoya su cuerpo en el respaldo de
la silla.
—Algo que no sé explicar se revuelve en mí. Ahora
cualquier cosa me contraría.

—¡Qué pálido estás! ¡No llegará el fin de esta velada
sin que algún acontecimiento funesto nos hunda a
los tres en el lago de la desesperación!
Oigo, a lo lejos, gritos prolongados del más punzante
dolor.
—¡Hijo mío!
—¡Ah, madre!... ¡tengo miedo!
—Dime pronto si sufres.
—No sufro, madre... No digo la verdad.
El padre no sale de su asombro:
—He aquí unos gritos que se oyen, a veces, en el
silencio de las noches sin estrellas. Aunque oigamos
esos gritos, el que los lanza, sin embargo, no está cerca
de aquí; pues tales gemidos pueden escucharse a
tres leguas de distancia, transportados por el viento
de una ciudad a otra. Con frecuencia me habían hablado
del fenómeno, pero nunca había tenido ocasión
de juzgar personalmente su veracidad. Mujer,
me hablas de desgracias. Si ha existido, en la larga
espiral del tiempo, una desgracia real, es la desgracia
de quien turba ahora el sueño de sus semejantes.
Oigo, a lo lejos, gritos prolongados del más punzante
dolor.
—Plegue al cielo que su nacimiento no sea una
calamidad para su país que le ha arrojado de su seno.
Va de lugar en lugar, aborrecido por todos. Unos dicen
que le abruma una especie de locura original desde su
infancia. Otros creen saber que es de una crueldad
extrema e instintiva, de la que él mismo se avergüenza,
y que, por ello, sus padres murieron de dolor. Uno
pretende que en su juventud le afrentaron dándole un
apodo, que permaneció inconsolable ya, el resto de su
existencia, porque su dignidad herida vio en ello una
prueba flagrante de la maldad de los hombres, que
aparece en los primeros años para ir aumentando
luego. Ese apodo era: el vampiro.
Oigo, a lo lejos, gritos prolongados del más punzante
dolor.
—Añaden que días y noches, sin tregua ni reposo,
horribles pesadillas hacen que mane sangre de
su boca y sus orejas; y que los espectros se sientan a
la cabecera de su cama para arrojarle a la cara, impulsados
a su pesar por una fuerza desconocida,
unas veces, con voz suave; otras, con voz semejante
a los rugidos de los combates, con implacable persistencia,
ese apodo siempre vivaz, siempre horrendo,
y que sólo perecerá con el universo. Algunos han
afirmado, incluso, que el amor le ha reducido a ese
estado, o que tales gritos son prueba de su arrepentimiento
por algún crimen sepultado en la noche de
su misterioso pasado. Pero la mayoría piensa que le
tortura un orgullo inconmensurable, como antaño
a Satán, y que quisiera igualar a Dios...
Oigo a lo lejos gritos prolongados del más punzante
dolor.
—Hijo mío, estas son excepcionales confidencias.
Lamento que a tu edad las hayas escuchado y espero
que no imites nunca a ese hombre.
—Habla, ¡oh!, Edouard mío. Responde que no imitarás
nunca a ese hombre.
—¡Oh!, madre bien amada, a quien debo la vida, te
prometo, si la santa promesa de un niño tiene algún
valor, no imitar nunca a ese hombre.
—Perfecto, hijo mío, hay que obedecer en todo a la
propia madre.
No se oyen ya los gemidos.
—Mujer, ¿has terminado tu trabajo?
—Me falta dar unas puntadas a esta camisa, aunque
hayamos prolongado hasta muy tarde la velada.
—Tampoco yo he terminado un capítulo que había
comenzado. Aprovechemos los últimos destellos
de la lámpara, pues casi no queda aceite, y acabemos
nuestro respectivo trabajo...
El hijo exclama:
—¡Si Dios quiere!
—Ángel radiante, ven a mí. Te pasearás por el prado,
de la mañana a la noche; no trabajarás nunca. Mi
magnífico palacio tiene muros de plata, columnas de
oro y puertas de diamantes. Te acostarás cuando quieras,
a los sones de una música celestial, sin rezar tus
oraciones. Cuando por la mañana el sol muestre sus
resplandecientes rayos, y la alegre alondra se lleve
consigo, hasta perderse de vista por los aires, su grito,
podrás permanecer en la cama hasta fatigarte. Caminarás
por las más preciosas alfombras. Te envolverá,
constantemente, una atmósfera compuesta por las
perfumadas esencias de las flores más olorosas.
—Es hora ya de que el cuerpo y el espíritu descansen.
Levántate, madre de familia, sobre tus musculosos
tobillos. Es justo que tus rígidos dedos suelten
la aguja del excesivo trabajo. Los extremos nada bueno
tienen.
—¡Oh!, ¡qué dulce será tu existencia! Te daré un
anillo encantado. Cuando le des vuelta a su rubí, te
volverás invisible como los príncipes en los cuentos
de hadas.
—Devuelve tus armas cotidianas al armario protector,
mientras, por mi lado, arreglo mis cosas.
—Cuando lo pongas de nuevo en la posición original,
reaparecerás tal como la naturaleza te ha
formado, ¡oh!, joven mago. Y eso porque te amo y
deseo darte la felicidad.
—Vete, seas quien seas; no me tomes de los hombros.
—Hijo mío, no te duermas aún acunado por los
sueños de la infancia: la oración en común no ha comenzado
todavía y tus ropas no han sido cuidadosamente
colocadas en una silla... ¡De rodillas! Eterno
creador del universo, muestras tu inagotable bondad
hasta en las más pequeñas cosas.
—¿No te gustan, pues, los límpidos arroyuelos por
los que se deslizan miles de pececillos rojos, azules y
plateados? Los atraparás con una red tan hermosa
que los atraerá por sí sola, hasta que esté bien llena.
Verás, desde la superficie, relucientes guijarros más
pulidos que el mármol.
—Madre, mira esas zarpas; desconfío de él, pero
mi conciencia está tranquila pues nada tengo que
reprocharme.
—Henos aquí, postrados a tus pies, abrumados
por el sentimiento de tu grandeza. Si algún pensamiento
orgulloso se insinúa en nuestra imaginación,
lo rechazamos enseguida con la saliva del desdén y
te lo sacrificamos irremisiblemente.
—Te bañarás en él acompañado por chiquillas que
te tomarán en sus brazos. Una vez terminado el baño,
te trenzarán coronas de rosas y claveles. Tendrán
alas transparentes de mariposa y cabellos de ondulada
longitud flotando en torno a su gentil frente.
—Aunque tu palacio fuera más hermoso que el cristal,
no dejaría esta casa para seguirte. Creo que eres
sólo un impostor, pues me hablas en voz tan baja por
miedo a que te oigan. Abandonar a los padres es una
mala acción. No seré un hijo ingrato. Y tus chiquillas
no son tan hermosas como los ojos de mi madre.
—Hemos consumido toda nuestra vida cantando
tu gloria. Así hemos sido hasta hoy, así seremos hasta
que recibamos de ti la orden de abandonar esta
tierra.
—Te obedecerán al menor gesto y sólo pensarán
en complacerte. Si deseas el pájaro que nunca reposa,
te lo traerán; si deseas el coche de nieve que lleva
hasta el sol, en un abrir y cerrar de ojos te lo traerán.
¡Qué podrían negarte! Te traerían, incluso, la cometa,
grande como una torre, oculta en la luna y de cuya
cola están suspendidos con hilos de seda, pájaros de
todas las especies. Ten cuidado... escucha mis consejos.
—Haz lo que desees; no quiero interrumpir la oración
para pedir socorro. Aunque tu cuerpo se evapora
cuando quiero apartarlo, sabe que no te temo.
—Ante ti nada es grande, sino la llama que exhala
un corazón puro.
—Piensa en lo que te he dicho si no quieres arrepentirte.
—Padre celestial, conjura, conjura las desgracias
que pueden caer sobre nuestra familia.
—¿De modo, espíritu malvado, que no quieres retirarte?
—Protege a esa esposa querida que me ha consolado
en mis desalientos...
—Puesto que me rechazas, te haré llorar y rechinar
de dientes como un ahorcado.
—Y a ese hijo amante, cuyos castos labios apenas
se entreabren a los besos de la aurora de la vida.
—Madre, me estrangula... Padre, socorredme... No
puedo ya respirar... ¡vuestra bendición!
Un grito de inmensa ironía se eleva por los aires.
Ved cómo las águilas aturdidas caen de entre las
nubes, dando vueltas sobre sí mismas, literalmente
fulminadas por la columna de aire.
—Su corazón no late ya... Y ella ha muerto junto al
fruto de sus entrañas, fruto al que ya no reconoce, tanto
se ha desfigurado... ¡Esposa mía!... ¡Hijo mío!... Recuerdo
un tiempo lejano en el que fui esposo y padre.
Se había dicho, ante el cuadro que se ofrecía a sus
ojos, que no soportaría tamaña injusticia. Si es eficaz
el poder que le han concedido los espíritus infernales
o, mejor, el que extrae de sí mismo, aquel niño, antes
de que la noche terminara, no debía ya existir.
El hermano de la sanguijuela caminaba con lentos
pasos por el bosque. Se detiene varias veces abriendo
la boca para hablar. Pero cada vez que lo intenta se le
hace un nudo en la garganta y no deja pasar el abortado
esfuerzo. Por fin, exclama: «Hombre, cuando
encuentras un perro muerto boca arriba, apoyado
en una exclusa que le impide partir, no vayas como
los demás a coger con tu mano los gusanos que brotan
de su hinchado vientre para mirarlos con asombro,
abrir una navaja y despedazarlos en gran nú-
mero, diciéndote que tú no serás más que ese perro.
¿Qué misterio buscas? Ni yo ni las cuatro aletas
natatorias del oso marino en el océano Boreal hemos
podido resolver el problema de la vida. Ten cuidado,
la noche se acerca y estás ahí desde la mañana. ¿Qué
dirá tu familia, con tu hermanita, si llegas tan tarde?
Lávate las manos, reemprende el camino que lleva
adonde duermes... ¿Quién es ese ser, allí, en el horizonte,
que se atreve a acercarse a mí sin miedo, con saltos
oblicuos y atormentados, ¡y qué majestad la suya,
mezclada con serena dulzura! Su mirada, aunque dulce,
es profunda. Sus enormes párpados juegan con la
brisa y parecen vivir. No le conozco. Mirando sus
monstruosos ojos, mi cuerpo tiembla; es la primera
vez desde que succioné los secos pechos de lo que
denominan madre. Tiene a su alrededor una especie
de aureola de luz resplandeciente. Cuando ha hablado,
toda la naturaleza ha enmudecido, experimentando
un gran estremecimiento. Puesto que te complace
acercarte a mí, como atraído por un imán, no
me opondré a ello. ¡Qué hermoso es! Me disgusta decirlo.
Debes de ser poderoso, pues tienes un rostro
más que humano, triste como el universo, bello como
el suicidio. Te aborrezco con todas mis fuerzas, y prefiero
ver una serpiente, enroscada a mi cuello desde
el comienzo de los tiempos, que contemplar tus ojos...
¡Cómo!, eres tú, sapo... ¡grueso sapo!... ¡sapo infortunado!...
¡perdóname!... ¡perdóname!... ¿Qué vienes a
hacer en esta tierra donde moran los malditos? Pero
¿qué has hecho de tus pústulas viscosas y fétidas para
tener tan dulce aspecto? Cuando, por una orden superior,
descendiste de lo alto con la misión de consolar
a las distintas razas de seres existentes, te abatiste
sobre la tierra con la rapidez del milano sin que tus
alas estuvieran cansadas tras tan larga, magnífica
carrera; ¡te vi!, ¡pobre sapo!, Cómo pensé, entonces,
en el infinito al mismo tiempo que en mi debilidad.
«Uno más que es superior a los de la tierra, me decía,
y eso por voluntad divina. ¿Por qué no lo soy yo también?
¿A qué viene esa injusticia de los decretos supremos?
¡Insensato es el Creador que, sin embargo,
es el más fuerte y cuya cólera es terrible!» Desde que
apareciste ante mí, ¡monarca de las ciénagas y los
estanques!, cubierto de una gloria que sólo a Dios pertenece,
me consolaste en parte, pero mi vacilante
razón se abisma ante tanta grandeza. ¿Quién eres,
pues? ¡Quédate... ¡oh!, quédate todavía en esta tierra!
Pliega tus blancas alas y no mires a lo alto con párpados
inquietos... ¡Y si te vas, partamos juntos!» El
sapo se sentó sobre sus muslos posteriores (¡que tanto
se parecen a los del hombre!) y, mientras las babosas,
las cucarachas y los caracoles, huían a la vista de su
enemigo mortal, tomó la palabra en estos términos:
«Escúcheme, Maldoror. Fíjate en mi semblante, tranquilo
como un espejo, creo poseer una inteligencia igual
a la tuya. Un día me llamaste el sostén de tu vida.
Desde entonces nunca he traicionado la confianza que
habías depositado en mí. Soy sólo un simple habitante
de los cañaverales, es cierto; pero gracias a tu propio
contacto, tomando sólo lo que de bello había en ti,
mi razón se ha engrandecido y puedo hablarte. Me
acerqué a ti para apartarte del abismo. Quienes se llaman
tus amigos te miran, heridos por la consternación,
cada vez que te encuentran, pálido y encorvado,
en los teatros, en las plazas públicas, en las iglesias o
sujetando, con dos nerviosos muslos, ese caballo que
sólo galopa de noche, mientras lleva a su dueño-fantasma
envuelto en un largo manto negro. Abandona
esos pensamientos que dejan tu corazón vacío como
un desierto; son más ardientes que el fuego. Tu espíritu
está tan enfermo que no lo advierte y piensas hallarte
en tu estado natural cada vez que de tu boca
brotan palabras insensatas, aunque llenas de infernal
grandeza. ¡Infortunado!, ¿qué has dicho desde el día
de tu nacimiento? ¡Oh!, triste resto de una inteligencia
inmortal, que con tanto amor había creado Dios. ¡Sólo
has engendrado maldiciones más horrendas que la
visión de hambrientas panteras! Preferiría tener soldados
los párpados, que mi cuerpo careciera de piernas
y brazos, haber asesinado a un hombre, antes que
ser tú. Porque te odio. ¿Por qué tener este carácter
que me asombra? ¿Con qué derecho vienes a esta tierra
para ridiculizar a quienes la habitan, podrido
despojo, agitado por el escepticismo? Si no estás a
gusto, debes regresar a las esferas de donde vienes.
Un habitante de las ciudades no debe residir en la
aldea, como un extranjero. Sabemos que en los espacios
existen esferas más vastas que la nuestra y cuyos
espíritus tienen una inteligencia que nosotros ni
siquiera podemos concebir. Pues bien, ¡vete!... ¡aléjate
de este suelo móvil!... Muestra por fin tu esencia
divina, que hasta hoy has ocultado, y, lo antes posible,
dirige tu vuelo ascendente hacia tu esfera, que no
te envidiamos, ¡orgulloso de ti! Pues no he logrado
saber si eres un hombre o más que un hombre. Por lo
tanto, adiós, no esperes ya encontrar al sapo en tu
camino. Has sido la causa de mi muerte. Parto hacia
la eternidad, para implorar tu perdón.»
Si alguna vez tiene lógica fijarse en la apariencia de
los fenómenos, este primer canto termina aquí. No
seáis severo con quien sólo está, todavía, probando
su lira: ¡tiene un sonido tan extraño! Sin embargo, si
queréis ser imparcial, reconoceréis ya la poderosa
impronta entre sus imperfecciones. Por lo que a mí
respecta, me pondré de nuevo a trabajar para que
pueda aparecer un segundo canto en un lapso que no
sea muy grande. El final del siglo diecinueve verá su
poeta (sin embargo, al principio, no debe comenzar
por una obra maestra, sino seguir la ley de la naturaleza);
ha nacido en las riberas americanas, en la desembocadura
del Plata, donde dos pueblos, rivales
antaño, se esfuerzan hoy en superarse por medio del
progreso material y moral. Buenos Aires, la reina del
Sur, y Montevideo, la coqueta, se tienden una mano
amiga a través de las aguas argentinas del gran estuario.
Pero la eterna guerra ha levantado su imperio
destructor en las campiñas, y cosecha con gozo
numerosas víctimas. Adiós, anciano, y piensa en mí
si me has leído. Tú, joven, no desesperes, pues, pese a
tu opinión contraria, tienes en el vampiro un amigo.
Contando el ácaro sarcopte que produce la sarna, tendrás
ya dos amigos.

Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror


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Este obra cuyo autor es GLOSMARYS ELEORANA CAMACHO ALBARRAN está bajo una licencia de Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional de Creative Commons.