Portal de lectura

Todo lo que ocurre afuera es un pasatiempo. La vida yace dentro.

domingo, 24 de enero de 2016

El Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror.- CANTO SEGUNDO- Primera parte.

El Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror


CANTO SEGUNDO

¿Dónde quedó aquel primer canto de Maldoror, desde
que su boca, llena de hojas de belladona, lo dejó
escapar a través de los reinos de la cólera en un momento
de reflexión? ¿Dónde quedó ese canto... ? No se
sabe con certeza. Ni los árboles ni los vientos lo guardaron.
Y la moral, que pasaba por aquel lugar, sin
advertir que tenía en aquellas páginas incandescentes
un defensor enérgico, lo vio dirigirse, con paso
firme y seguro, hacia los oscuros recovecos y las fibras
secretas de las conciencias. La ciencia da por
sentado, al menos, que desde entonces el hombre de
rostro de sapo no se reconoce ya a sí mismo y cae, a
menudo, en accesos de furor que le hacen parecer una
bestia de los bosques. No es suya la culpa. Siempre
había creído, con los párpados inclinados por el peso
de las resedas de la modestia, que sólo estaba compuesto
de bien y una mínima cantidad de mal. Bruscamente
le enseñé, descubriendo a plena luz su corazón
y sus tramas, que, por el contrario, sólo está compuesto
de mal y una mínima cantidad de bien, cuya
evaporación apenas pueden evitar los legisladores.
Querría, yo que nada nuevo le enseño, que no sintiera
una eterna vergüenza ante mis amargas verdades,
pero la realización de este deseo no sería conforme
a las leyes de la naturaleza. En efecto, arranco la
máscara de su semblante traidor y lleno de lodo, y
hago caer, una a una, como bolas de marfil en una
jofaina de plata, las sublimes mentiras con las que se
engaña a sí mismo: es, entonces, comprensible que
no ordene a la tranquilidad imponerle las manos en
el rostro, ni siguiera cuando la razón dispersa las
tinieblas del orgullo. Por ello, el héroe que pongo en
escena se ha ganado un odio irreconciliable atacando
a la humanidad que se creía invulnerable, por la
brecha de absurdos párrafos filantrópicos; se amontonan
como granos de arena en sus libros, cuya comicidad
ridícula, aunque aburrida, estoy, a veces,
cuando la razón me abandona, a punto de apreciar.
Lo había previsto. No basta con esculpir la estatua
de la bondad en la cabecera de los pergaminos que
contienen las bibliotecas. ¡Oh, ser humano!, hete ahora
aquí, desnudo como un gusano, ante mi tizona de
diamante. Abandona tu método; no es hora ya de
hacerse el orgulloso: lanzo hacia ti mi plegaria, en la
actitud de la prosternación. Hay alguien que observa
los menores movimientos de tu culpable vida; estás
envuelto por los sutiles pliegues de su encarnizada
perspicacia. No te fíes de él cuando vuelve la espalda,
pues te mira; no te fíes de él cuando cierra los ojos,
pues sigue mirándote. Es difícil suponer que, por lo
que respecta a las artimañas y la maldad, tu temible
resolución sea superar al hijo de mi fantasía. Sus menores
golpes dan en el blanco. Con algunas precauciones,
es posible enseñar a quien cree ignorarlo que los
lobos y los bandoleros no se devoran entre sí: tal vez
no sea su costumbre. En consecuencia, pon sin miedo,
entre sus manos, el cuidado de tu existencia: la conducirá
como sabe hacerlo. No creas en su proclamada
intención de corregirte, pues le interesas mediocremente,
por no decir menos, y la benévola medida de
mi verificación no se ha aproximado, todavía, a la
verdad total. Pero le gusta hacerte daño en el legítimo
intento de que te vuelvas tan malvado como él y
le acompañes al abierto abismo del infierno, cuando
llegue la hora. Su sitio está señalado desde hace mucho
tiempo, en el lugar donde se divisa una horca de
hierro de la que cuelgan cadenas y grilletes.
Cuando el destino le lleve hasta allí, el fúnebre embudo
nunca habrá degustado tan sabrosa presa, ni
él, contemplado morada más conveniente. Me parece
que hablo de modo voluntariamente paternal, y
que la humanidad no tiene derecho a quejarse. […]
¡Ojalá no llegue el día en que Lohengrin y yo pasemos
por la calle, uno junto a otro, sin mirarnos, rozándonos
con el codo como dos viandantes apresurados!
¡Ojalá se me permita huir, para siempre, lejos
de tal suposición! El Eterno ha creado el mundo tal
cual es: demostraría mucha prudencia si, durante el
tiempo estrictamente necesario para romper de un
martillazo la cabeza de una mujer, olvidara su sideral
majestad para revelarnos los misterios entre los
que se ahoga nuestra existencia, como un pescado en
el fondo de una barca. Pero es grande y noble, nos
supera con la potencia de sus concepciones. Si parlamentara
con los hombres, todas las vergüenzas subirían
de nuevo a su rostro. Pero... ¡miserable!, ¿por
qué no te ruborizas? No basta con que el ejército de
los dolores físicos y morales que nos rodea haya visto
la luz: el secreto de nuestro harapiento destino no
nos es comunicado. Conozco al Todopoderoso... y
también él debe de conocerme. Si, por azar, caminamos
por el mismo sendero, su penetrante vista me
divisa a lo lejos: toma un camino transversal para
evitar el triple dardo de platino que la naturaleza me
concedió como lengua. Tendrás la amabilidad, ¡oh!,
Creador, de permitir que explaye mis sentimientos.
Manejando las terribles ironías, con mano firme y
fría, te advierto que mi corazón contendrá bastantes
para atacarte hasta el fin de mi existencia. Golpearé
tu huero armazón, pero con tanta fuerza que me comprometo
a hacer salir de él las restantes parcelas de
inteligencia que no has querido dar al hombre, porque
hacerle igual a ti te habría dado celos, y que habías
ocultado, desvergonzadamente, en tus tripas,
bandido artero, como si no supieras que un día u
otro yo iba a descubrirlas con mi ojo siempre abierto,
iba a tomarlas y a compartirlas con mis semejantes.
Hice lo que digo y ahora ya no te temen; tratan
contigo de poder a poder. Dame la muerte para
que no me arrepienta de mi audacia: descubro mi
pecho y aguardo con humildad. ¡Apareced, pues, irrisorias
envergaduras de los castigos eternos!... ¡enfáticos
despliegues de atributos en exceso elogiados!
Ha demostrado su incapacidad para detener la circulación
de mi sangre que se burla de él. Sin embargo,
tengo pruebas de que no duda en extinguir, en la
flor de la edad, el aliento de otros humanos, cuando
apenas habían probado los goces de la vida. Es sencillamente
atroz, pero sólo según la debilidad de mi
opinión. He visto al Creador aguijoneando su crueldad
inútil, prender incendios en los que perecían ancianos
y niños. No soy yo quien inicia el ataque; él
mismo me obliga a hacerle girar, como una peonza,
con el látigo de cuerdas de acero. ¿No me proporciona,
acaso, acusaciones contra sí mismo? ¡No logrará
agotar mi espantoso verbo! Se nutre de las insensatas
pesadillas que atormentan mis insomnios. A causa de
Lohengrin se ha escrito lo que antecede; regresemos,
pues, a él. Con el temor de que más tarde se volviera
como los demás hombres, había decidido, primero,
matarle a cuchilladas cuando hubiera superado la
edad de la inocencia. Pero lo pensé mejor y abandoné
sensatamente, a tiempo, mi resolución. No sospecha
que durante un cuarto de hora su vida estuvo en peligro.
Todo estaba dispuesto y el cuchillo había sido
comprado. Era un bonito estilete, pues me gusta la
gracia y la elegancia en los instrumentos de muerte,
pero era largo y aguzado. Una sola herida en el cuello,
atravesando con cuidado una de las arterias carótidas,
y creo que hubiera bastado. Me satisface mi
conducta; más tarde me habría arrepentido. Así,
pues, Lohengrin, haz lo que te plazca, actúa como
quieras, enciérrame toda la vida en una oscura prisión,
con escorpiones como compañeros de mi cautiverio,
o arráncame un ojo hasta que caiga a tierra,
nunca te haré el menor reproche; soy tuyo, te pertenezco,
ya no vivo para mí. El dolor que me produzcas
no podrá compararse a la felicidad de saber que quien
me hiere, con sus mortíferas manos, está bañado por
una esencia más divina que la de sus semejantes. Sí,
es hermoso todavía dar su vida por un ser humano y
mantener así la esperanza de que no todos los hombres
son malvados puesto que, por fin, uno ha sabido
atraer, con fuerza, hacia sí, las recelosas repugnancias
de mi amarga simpatía...
Es medianoche; no se ve ya un solo ómnibus de la
Bastilla a la Madeleine. Me engaño. He aquí uno que
aparece de pronto como brotando de las profundidades
de la tierra. Los pocos transeúntes rezagados
lo miran con atención, pues no parece asemejarse a
ningún otro. En la imperial se sientan hombres de
inmóviles ojos, como los de un pez muerto. Se
apretujan unos contra otros y parecen haber perdido
la vida; por lo demás, no superan el número reglamentario.
Cuando el cochero da un latigazo a sus
caballos, diríase que es el látigo lo que mueve el brazo
y no el brazo lo que mueve el látigo. ¿Qué significa
este conjunto de seres extraños y mudos? ¿Son habitantes
de la luna? A veces, podría sentirse la tentación
de creerlo, pero más bien parecen cadáveres. El
ómnibus, con prisas por llegar a la última parada,
devora el espacio y hace crujir el adoquinado...
¡Huye!... Pero una masa informe lo persigue encarnizadamente,
siguiendo sus huellas por el polvo. «Deteneos,
os lo suplico; deteneos... mis piernas están hinchadas
pues he caminado durante todo el día... no he
comido desde ayer... mis padres me han abandonado...
ya no sé qué hacer... estoy decidido a volver a casa
y pronto llegaría si me dejarais un sitio... soy un niño
de ocho años y confío en vosotros... » ¡Huye!... ¡Huye!...
Pero una masa informe lo persigue encarnizadamente,
siguiendo sus huellas por el polvo. Uno de
esos hombres de fría mirada da un codazo a su vecino
y parece manifestarle su descontento por esos gemidos,
de timbre argentino, que llegan a sus oídos. El
otro baja la cabeza de modo imperceptible, como un
asentimiento, y se sume de nuevo en la inmovilidad
de su egoísmo, como una tortuga en su caparazón.
En los rasgos de los demás viajeros todo muestra sentimientos
idénticos a los de los dos primeros. Los gritos
se dejan escuchar, todavía, durante dos o tres
minutos, más penetrantes cada segundo que pasa. Se
ven ventanas abriéndose al bulevar y una figura
asustada, con una luz en la mano, tras haber arrojado
una mirada a la calzada, cierra de nuevo con fuerza
los porticones, para no reaparecer más... ¡Huye!...
¡Huye!... Pero una masa informe lo persigue
encarnizadamente, siguiendo sus huellas por el polvo.
Sólo un joven, sumido en su ensoñación, entre
esos personajes de piedra, parece sentir piedad por
el infeliz. No se atreve a levantar la voz en favor del
niño que cree poder alcanzarlo con sus pequeñas piernas
doloridas, pues los demás hombres le lanzan
miradas de desprecio y autoridad, y sabe que nada
puede contra todos. Con el codo apoyado en la rodilla
y la cabeza entre sus manos, se pregunta, estupefacto,
si eso es realmente lo que llaman caridad humana.
Reconoce, entonces, que se trata sólo de una
vana palabra, que ni siquiera se encuentra ya en el
diccionario de la poesía, y admite con franqueza su
error. Se dice: «En efecto, ¿por qué interesarse en un
niño? Dejémosle de lado.» Sin embargo, una lágrima
ardiente ha rodado por la mejilla de ese adolescente
que acaba de blasfemar. Se pasa, con pesar, la mano
por la frente como para apartar una nube cuya opacidad
oscurece su inteligencia. Se debate, inútilmente,
en el siglo donde ha sido arrojado; siente que no
está en el lugar que le corresponde y, sin embargo, no
puede salir de él. ¡Prisión terrible! ¡Fatalidad horrenda!
¡Lombano, desde aquel día estoy satisfecho de ti!
No dejaba de observarte, mientras mi semblante
respiraba la misma indiferencia que el de los demás
viajeros. El adolescente se levanta en un impulso de
indignación y quiere retirarse para no participar, ni
siquiera involuntariamente, en una mala acción. Le
hago una seña y vuelve a mi lado... ¡Huye!... ¡Huye!...
Pero una masa informe lo persigue encarnizadamente,
siguiendo sus huellas por el polvo. Los gritos
enmudecen súbitamente, pues el niño se ha dado
un golpe en el pie con el saliente de un adoquín y, al
caer, se ha hecho una herida en la cabeza. El ómnibus
ha desaparecido en el horizonte y sólo se ve ya la
calle silenciosa... ¡Huye!... ¡Huye!... Pero una masa
informe no lo persigue ya encarnizadamente, siguiendo
sus huellas por el polvo. Ved a ese trapero que
pasa, inclinado sobre su mortecina linterna, hay en
él más corazón que en todos sus semejantes del ómnibus.
Acaba de recoger al niño, no dudéis de que le
curará y no le abandonará como han hecho sus padres.
¡Huye!... ¡Huye!... Pero, desde el lugar donde se
halla, la aguda mirada del trapero lo persigue encarnizadamente,
siguiendo sus huellas por el polvo...
¡Raza estúpida e idiota! Te arrepentirás de comportarte
así. Soy yo quien te lo dice. ¡Te arrepentirás de
ello, sí, te arrepentirás. Mi poesía consistirá, sólo, en
atacar por todos los medios al hombre, esa bestia
salvaje, y al Creador, que no hubiera debido engendrar
semejante basura. Los volúmenes se amontonarán
sobre los volúmenes, hasta el fin de mi vida y,
sin embargo, sólo se encontrará en ellos esta única
idea, siempre presente en mi conciencia. […]
¡Qué gracioso es ese niño sentado en un banco del
jardín de las Tullerías! Sus audaces ojos asaetean algún
objeto invisible, a lo lejos, en el espacio. No debe
de tener más de ocho años y, sin embargo, no se divierte
como sería conveniente. Tendría, al menos, que
reír y pasear con algún amigo, en vez de permanecer
solo, pero su carácter no es este.
¡Qué gracioso es ese niño sentado en un banco del
jardín de las Tullerías! Un hombre, impulsado por un
oculto designio, se sienta a su lado, en el mismo banco,
con aire equívoco. ¿Quién es? No necesito decíroslo,
pues le reconoceréis por su tortuosa conversación.
Escuchemos sin molestarles:
—¿En qué piensas, niño?
—Pensaba en el cielo.
—No es necesario que pienses en el cielo; bastante
es ya pensar en la tierra. ¿Estás cansado de vivir cuando
apenas acabas de nacer?
—No, pero todo el mundo prefiere el cielo a la tierra.
—Pues bien, yo no. Ya que, si el cielo, como la tierra,
fue creado por Dios, ten por seguro que encontrarás
allí los mismos males que aquí abajo. Después
de tu muerte no serás recompensado de acuerdo con
tus méritos; pues si en esta tierra cometen contigo
injusticias (como, más tarde, sabrás por experiencia),
no hay razón alguna para que, en la otra vida,
no las cometan también. Lo mejor que puedes hacer
es no pensar en Dios y tomarte la justicia por tu mano,
puesto que te la niegan. Si uno de tus camaradas te
ofendiera, ¿no te sentirías feliz matándole?
—Pero está prohibido.
—No tan prohibido como crees. Se trata, sencillamente,
de no dejarse coger. La justicia que aportan
las leyes no vale nada; lo que cuenta es la jurisprudencia
del ofendido. Si detestaras a uno de tus camaradas,
¿no te sentirías desdichado pensando que, en
todo instante, ibas a tener ante tus ojos su pensamiento?
—Es cierto.
—He aquí, por lo tanto, que uno de tus camaradas
te haría desdichado toda la vida; pues, viendo que tu
odio es sólo pasivo, no dejaría de burlarse de ti y
causarte, impunemente, daño. Sólo existe, en consecuencia,
un medio de lograr que la situación acabe;
desembarazarse del enemigo. Aquí quería llegar para
hacerte comprender sobre qué bases se funda la sociedad
actual. Cada uno debe tomarse la justicia por
su mano, o no es más que un imbécil. Sólo el más
astuto y el más fuerte obtiene la victoria sobre sus
semejantes. ¿No querrías dominar, algún día, a tus
semejantes?
—Sí, sí.
—Sé, pues, el más fuerte y el más astuto. Eres, todavía,
demasiado joven para ser el más fuerte, pero
puedes, desde hoy, emplear la astucia, el más hermoso
instrumento de los hombres de talento. Cuando el
pastor David alcanzó en la frente al gigante Goliath,
con una piedra lanzada por su honda, ¿no es admirable
advertir que sólo por la astucia David venció a su
adversario y que si, por el contrario, hubieran peleado
cuerpo a cuerpo, el gigante le habría aplastado
como una mosca? Lo mismo ocurre contigo. En guerra
abierta, jamás podrás vencer a los hombres sobre
quienes deseas extender tu voluntad, pero, con la
astucia, podrás luchar solo contra todos. ¿Deseas riqueza,
hermosos palacios y gloria?, ¿o me engañaste
cuando afirmabas tan nobles pretensiones?
—No, no, no os engañaba. Pero, quisiera adquirir
por otros medios lo que deseo.
—Entonces, no obtendrás nada. Los medios virtuosos
y bonachones no llevan a parte alguna. Es preciso
utilizar palancas más enérgicas y más sabias
tramas. Antes de que te hagas célebre por tu virtud y
alcances tu objetivo, otros cien tendrán tiempo de
hacer cabriolas sobre tu espalda y llegar al final de la
carrera delante de ti, de modo que no quedará ya
lugar para tus estrechas ideas. Es necesario saber
abarcar, con mayor grandeza, el horizonte del tiempo
presente. ¿Nunca has oído hablar, por ejemplo, de
la inmensa gloria que proporcionan las victorias? Y,
sin embargo, las victorias no se hacen solas. Es preciso
derramar sangre, mucha sangre, para engendrarlas
y depositarlas a los pies de los conquistadores.
Sin los cadáveres y los dispersos miembros que
ves en la llanura, donde prudentemente ha tenido
lugar la carnicería, no habría guerra, y sin guerra, no
habría victoria. Ya ves que, cuando se desea ser célebre,
es necesario zambullirse con gracia en ríos de
sangre, alimentados por la carne de cañón. El fin justifica
el medio. Lo primero, para hacerse célebre, es
tener dinero. Pero, como no lo tienes, deberás asesinar
para obtenerlo; y como no tienes fuerza bastante
para manejar el puñal, hazte ladrón a la espera de
que tus miembros se desarrollen. Y, para que se desarrollen
más deprisa, te aconsejo que hagas gimnasia
dos veces al día, una hora por la mañana y otra por
la tarde. De este modo, podrás intentar el crimen, con
cierto éxito, en cuanto tengas quince años, en vez de
esperar a los veinte. El amor por la gloria lo justifica
todo y, tal vez, más tarde, dueño de tus semejantes,
les hagas casi tanto bien como mal les hiciste al comienzo...
Maldoror advierte que la sangre hierve en la cabeza
de su joven interlocutor; las aletas de su nariz
están hinchadas y brota de sus labios una ligera espuma
blanca. Le toma el pulso; los latidos son precipitados.
La fiebre se ha apoderado de ese cuerpo delicado.
Teme las consecuencias de sus palabras; se
aleja, el infeliz, contrariado por no haber podido conversar
más tiempo con el niño. Si, en la edad madura,
tan difícil es dominar las pasiones, vacilando entre el
bien y el mal, ¿qué ocurrirá en un espíritu lleno,
todavía, de inexperiencia?, ¿y qué suma de energía
relativa necesitará, además? El niño está listo ya para
permanecer tres días en cama. ¡Plegue al cielo que el
contacto materno lleve la paz a esa flor sensible, frágil
envoltura de un alma hermosa!
Allí, en un bosquecillo rodeado de flores, duerme el
hermafrodita, sumido en profundo sopor, sobre la hierba
empapada en llanto. La luna ha desprendido su
disco de la masa de nubes y acaricia, con sus pálidos
rayos, ese dulce semblante de adolescente. Sus rasgos
expresan la más viril energía junto a la gracia de una
virgen celestial. Nada parece natural en él, ni siquiera
los músculos de su cuerpo que se abren paso a través
de los armoniosos contornos de formas femeninas.
Tiene el brazo doblado sobre la frente, apoyada en el
pecho la otra mano, como para contener los latidos de
un corazón cerrado a todas las confidencias y abrumado
por el pesado fardo de un secreto eterno. Cansado
de la vida y avergonzado de caminar entre seres
que no se le parecen, la desesperación ha transido su
alma y se va, solo, como el mendigo del valle. ¿Cómo se
procura sus medios de existencia? Almas compasivas
velan por él, sin que sospeche tal vigilancia, y no le
abandonan: ¡es tan bueno!, ¡tan resignado! Habla, a
veces, de buena gana, con quienes tienen el carácter
sensible, sin tocarles la mano, y se mantiene a distancia
temiendo un peligro imaginario. Si le preguntan
por qué ha tomado la soledad por compañera, sus
ojos se levantan al cielo y contienen, a duras penas,
una lágrima de reproche contra la Providencia, pero
no responde a la imprudente pregunta, que extiende
por la nieve de sus párpados el rubor de la rosa
matutina. Si la entrevista se prolonga, comienza a
inquietarse, vuelve los ojos a los cuatro puntos del
horizonte, como intentando huir de la presencia de
un enemigo invisible que se acerca, hace con su mano
un brusco gesto de adiós, se aleja en alas de su despierto
pudor y desaparece en el bosque. Generalmente,
le toman por loco. Cierto día, cuatro hombres
enmascarados, que habían recibido órdenes,
se arrojaron sobre él y le ataron sólidamente, de
modo que sólo pudiera mover las piernas. El látigo
abatió sus rudos zurriagos sobre su espalda y le obligaron
a dirigirse sin tardar hacia el camino que lleva
a Bicêtre. Sonrió al recibir los golpes y les habló con
tanto sentimiento, con tanta inteligencia sobre muchas
ciencias humanas que había estudiado y que
mostraban la gran instrucción de aquel que no había
todavía cruzado el umbral de la juventud, y sobre el
destino de la humanidad, desvelando así por completo
la poética nobleza de su alma, que sus guardianes,
sin una gota de sangre en las venas por la acción
que habían cometido, desataron sus rotos miembros,
se arrastraron a sus pies solicitando un perdón que
les fue concedido y se alejaron dando muestras de
una veneración que, por lo común, no se concede a
los hombres. Desde aquel acontecimiento, del que se
habló mucho, todos adivinaron su secreto, pero se
simula ignorarlo para no aumentar sus sufrimientos,
y el gobierno le concede una honrosa pensión,
para que olvide que, por un instante, se le quiso internar
a la fuerza, sin previa verificación, en un hospicio
de alienados. Él emplea, sólo, la mitad de su
dinero; el resto se lo da a los pobres. Cuando ve a un
hombre y a una mujer paseando por una avenida
flanqueada de plátanos, siente que su cuerpo se divide
en dos, de abajo a arriba, y cada nuevo fragmento
va a abrazar a uno de los paseantes, pero es sólo una
alucinación y la razón no tarda en recuperar su poder.
Por ello, no mezcla su presencia entre los hombres
ni entre las mujeres, pues su pudor excesivo,
nacido de la idea de que sólo es un monstruo, le impide
conceder su ardiente simpatía a nadie. Creería
profanarse y creería profanar a los demás. Su orgullo
se repite este axioma: «Que cada uno permanezca
en su propia naturaleza.» Su orgullo, he dicho, porque
teme que uniendo su vida a un hombre o a una
mujer, le reprochen, tarde o temprano, como una falta
enorme, la conformación de su organismo. Entonces,
se atrinchera en su amor propio, ofendido por
esa suposición impía que sólo a él se debe, y persevera
en su soledad, entre tormentos y sin consuelo. Allí,
en un bosquecillo rodeado de flores, duerme el hermafrodita,
sumido en profundo sopor sobre la hierba
empapada en llanto. Los pájaros, despiertos, contemplan
hechizados ese semblante melancólico, a
través de las ramas de los árboles, y el ruiseñor no
quiere dejar oír sus cavatinas de cristal. El bosque se
ha vuelto augusto como una tumba, por la nocturna
presencia del desgraciado hermafrodita. ¡Oh!, viajero
extraviado, por el espíritu de aventura que te ha
hecho dejar a tu padre y a tu madre desde la más
tierna edad; por los sufrimientos que, en el desierto,
te produjo la sed; por tu patria que buscas, tal vez,
tras haber vagado durante mucho tiempo, proscrito,
por esos extranjeros parajes; por el corcel, tu fiel
amigo, que contigo ha soportado el exilio y la intemperie
de los climas que te hacía recorrer tu vagabundo
humor; por la dignidad que dan al hombre los viajes
a tierras lejanas y por mares inexplorados, entre
hielos polares o bajo la influencia de un sol tórrido, no
toques con tu mano, como un estremecimiento de la
brisa, esos rizos esparcidos por el suelo y mezclados
con la verde hierba. Aléjate varios pasos y así actuarás
mejor. Esta cabellera es sagrada; el propio hermafrodita
lo quiso así. No quiere que labios humanos
besen religiosamente sus cabellos, perfumados
por el soplo de la montaña, ni tampoco su frente, que
resplandece, ahora, como las estrellas del firmamento.
Pero mejor es creer que una estrella, abandonando
su órbita, cruzando el espacio, ha descendido sobre
esta frente majestuosa y la envuelve, como una
aureola, con su claridad diamantina. La noche, apartando
con el dedo su tristeza, se reviste de todos sus
encantos para festejar el sueño de esta encarnación
del pudor, de esta imagen perfecta de la inocencia de
los ángeles: el rumor de los insectos es menos perceptible.
Las ramas inclinan sobre él su frondosa elevación,
para preservarle del rocío, y la brisa, haciendo
resonar las cuerdas de su arpa melodiosa, envía sus
alegres acordes, a través del silencio universal, hacia
esos párpados cerrados, que creen asistir, inmóviles,
al cadencioso concierto de los mundos suspendidos.
Sueña que es feliz, que su naturaleza corporal ha cambiado
o que, al menos, ha emprendido el vuelo en una
nube púrpura, hacia otra esfera, habitada por seres
de su misma naturaleza. ¡Ay!, ¡que su ilusión se prolongue
hasta que despierte la aurora! Sueña que las
flores bailan en círculo a su alrededor, como inmensas
guirnaldas enloquecidas, y le impregnan de su
suave perfume, mientras canta un himno de amor,
entre los brazos de un ser humano de mágica belleza.
Pero sus brazos estrechan sólo un vapor crepuscular,
y cuando despierte, no lo estrecharán ya. No
despiertes, hermafrodita, no despiertes todavía, te lo
suplico. ¿Por qué no quieres creerme? Duerme... sigue
durmiendo. Que tu pecho se ensanche persiguiendo
la quimérica esperanza de la felicidad; te lo concedo.
Pero no abras los ojos. ¡Ah!, ¡no abras los ojos! Quiero
dejarte así para no ser testigo de tu despertar. Tal
vez algún día, con la ayuda de un libro voluminoso,
en conmovidas páginas, cuente tu historia, asustado
por lo que contiene y por las enseñanzas que se desprenden
de ella. Hasta hoy, no he podido hacerlo, pues
cada vez que lo he intentado, abundantes lágrimas
caían sobre el papel y mis dedos temblaban, sin que
se debiera a la vejez. Pero quiero tener, por fin, tal
valor. Me indigna no tener más nervio que una mujer
y desvanecerme como una chiquilla cada vez que
pienso en tu gran miseria. Duerme... sigue durmiendo,
pero no abras tus ojos. ¡Ah!, ¡no abras tus ojos!
¡Adiós, hermafrodita! No dejaré, día tras día, de rogar
por ti al cielo (si fuera por mí, no rogaría). ¡Que la
paz sea en tu seno!
[…] Yo, si se me permite añadir algunas palabras a
este himno de glorificación, diré que hice construir
una fosa de cuarenta leguas cuadradas y de adecuada
profundidad. Allí yace, en su inmunda virginidad,
una mina viviente de piojos. Cubre el fondo de
la fosa y serpentea, luego, con sus largas y densas
vetas, en todas direcciones. He aquí cómo construí
esta mina artificial. Arranqué un piojo hembra de la
cabellera de la humanidad. Se me vio acostarme con
él durante tres noches consecutivas, luego lo arrojé a
la fosa. La fecundación humana, que no se habría producido
en otros casos semejantes, fue aceptada esta
vez por la fatalidad, y, al cabo de algunos días, miles
de monstruos, hormigueando en una compacta
maraña de materia, surgieron a la luz. Esa maraña
horrenda se hizo con el tiempo cada vez más inmensa,
mientras iba adquiriendo la propiedad líquida
del mercurio, y se dividió en varias ramas que se
nutren, actualmente, devorándose entre sí (la natalidad
es mayor que la mortalidad), cada vez que no les
arrojo para que coman un bastardo recién nacido
cuya muerte deseaba su madre, o un brazo que he
cortado por la noche a alguna muchacha, gracias al
cloroformo. Cada quince años, las generaciones de
piojos, que se nutren del hombre, disminuyen de
modo notable y predicen ellas mismas, infaliblemente,
la cercana época de su completa extinción. Pues, el
hombre, más inteligente que su enemigo, logra vencerlo.
Entonces, con una pala infernal que multiplica
mis fuerzas, extraigo de esta inagotable mina bloques
de piojos, grandes como montañas, los rompo a
hachazos y los transporto, durante las noches profundas,
a las arterias de las ciudades. Allí, en contacto
con la temperatura humana, se disuelven como en
los primeros días de su formación, en las tortuosas
galerías de la mina subterránea, excavan un lecho en
la grava y se extienden en arroyuelos por las habitaciones,
como nocivos espíritus. El guardián de la
casa ladra sordamente, pues le parece que una legión
de seres desconocidos atraviesa los poros de las paredes
y lleva el terror a la cabecera del sueño. Tal vez
hayáis escuchado, al menos una vez en la vida, esa
especie de ladridos dolientes y prolongados. Con sus
impotentes ojos intenta atravesar la oscuridad de la
noche, pues su cerebro de perro no lo comprende. Ese
bordoneo le irrita y siente que le traicionan. Millones
de enemigos se abaten, así, sobre cada ciudad, como
nubes de langostas. Hay ya bastantes para quince
años más. Combatirán al hombre produciéndole
urentes heridas. Tras ese lapso, enviaré otros. Cuando
fragmento los bloques de materia animada, puede
suceder que uno de los pedazos sea más denso que
los demás. Sus átomos se esfuerzan rabiosamente por
separar su aglomeración para ir a atormentar a la
humanidad, pero, en su dureza, la cohesión resiste.
Con una suprema convulsión, engendran tal esfuerzo
que la piedra, al no poder dispersar sus vivientes
principios, se lanza por sí sola hacia las alturas, como
por efecto de la pólvora, y vuelve a caer hundiéndose
profundamente en el suelo. De vez en cuando, el soñador
campesino divisa un aerolito que yende verticalmente
el espacio dirigiéndose hacia abajo a un
campo de maíz. Ignora de dónde procede la piedra.
Ahora conocéis, clara y sucinta, la explicación del
fenómeno.
Si la tierra estuviera cubierta de piojos, como de
granos de arena la orilla del mar, la raza humana
sería aniquilada, presa de terribles dolores. ¡Qué espectáculo!
Y yo, con alas de ángel, inmóvil en los aires,
para presenciarlo.
¡Oh!, matemáticas severas, no os he olvidado desde
que vuestras sabias lecciones, más dulces que la miel,
se derramaron en mi corazón, como una ola refrescante.
Instintivamente, desde la cuna, aspiraba a beber
en vuestra fuente más antigua que el sol, y sigo
recorriendo el atrio sagrado de vuestro templo solemne,
yo, el más fiel de vuestros iniciados. Había en
mi espíritu una especie de melancolía, un no sé qué
espeso como el humo, pero supe franquear religiosamente
los peldaños que llevan a vuestro altar y
vosotras alejasteis de mí ese velo obscuro, como el
viento aleja a la mariposa. Pusisteis, en su lugar, una
frialdad excesiva, una consumada prudencia y una
lógica implacable. Con la ayuda de vuestra fortificante
leche, mi inteligencia se desarrolló rápidamente y
tomó proporciones inmensas, en medio de esa
arrebatadora claridad que con tanta prodigalidad
otorgáis a quienes os aman con amor sincero. ¡Aritmética!,
¡álgebra!, ¡geometría!, ¡trinidad grandiosa!,
¡luminoso triángulo! El que no os ha conocido es un
insensato. Merecería la prueba de los mayores suplicios,
pues hay ciego desprecio en su despreocupada
ignorancia, pero, quien os conoce y os aprecia no desea
ya otros bienes en la tierra, se contenta con vuestros
goces mágicos, y, llevado por vuestras sombrías
alas, sólo desea ya elevarse, con ligero vuelo, construyendo
una espiral ascendente, hacia la esférica
bóveda de los cielos. La tierra sólo le muestra ilusiones
y fantasmagorías morales, pero vosotras, ¡oh!,
matemáticas concisas, por el riguroso encadenamiento
de vuestras tenaces proposiciones y la constancia
de vuestras férreas leyes, hacéis brillar, ante los ojos
deslumbrados, un poderoso reflejo de esa verdad
suprema cuya huella se advierte en el orden del universo.
Pero el orden que os rodea, representado, sobre
todo, por la perfecta regularidad del cuadrado,
amigo de Pitágoras, es mayor todavía, pues el Todopoderoso
se ha revelado por completo, él y sus
atributos, en ese memorable trabajo que consistió en
hacer brotar, de las entrañas del caos, vuestros tesoros
de teoremas y vuestros magníficos esplendores.
En antiguas épocas y en los tiempos modernos, más de
una gran imaginación humana vio cómo se asustaba
su genio al contemplar vuestras figuras simbólicas,
trazadas en el papel ardiente como otros tantos signos
misteriosos viviendo con latente hálito, que el
vulgo profano no comprende y que eran sólo la brillante
revelación de axiomas y de jeroglíficos eternos,
que existieron antes del universo y que se mantendrán
tras él. Se pregunta, inclinada hacia el precipicio
de un fatal signo de interrogación, cómo es posible que
las matemáticas contengan tanta imponente grandeza
y tanta incontestable verdad, mientras que, si las
compara al hombre, sólo encuentra en este último falso
orgullo y mentira. Entonces, ese espíritu superior,
entristecido, a quien la noble familiaridad de vuestros
consejos hace sentir con mayor fuerza la pequeñez de
la humanidad y su incomparable locura, sume su canosa
cabeza en una mano descarnada y permanece
absorto en sobrenaturales meditaciones. Dobla ante
vosotras sus rodillas, y su veneración rinde homenaje
a vuestro rostro divino, como a la propia imagen
del Todopoderoso. Durante mi infancia, os aparecisteis
a mí, cierta noche de mayo, bajo los rayos de la
luna, en una pradera verdeante, a orillas de un límpido
arroyuelo, las tres iguales en gracia y en pudor,
las tres, como reinas, llenas de majestad. Disteis hacia
mí algunos pasos, con vuestra larga vestidura flotante
como vapor, y me atrajisteis hacia vuestras orgullosas
ubres, como a un hijo bendecido. Entonces, corrí
presuroso con las manos crispadas en vuestros blancos
senos. Me alimenté, agradecido, con vuestro fecundo
maná y sentí que en mí, la humanidad crecía y
se hacía mejor. Desde entonces, ¡oh!, diosas rivales, no
os he abandonado. Desde entonces, cuántos proyectos
enérgicos, cuántas simpatías que creí haber grabado
en las páginas de mi corazón, como en el mármol, han
ido borrando lentamente, de mi razón desengañada,
sus líneas configurativas, como el alba naciente borra
las sombras de la noche.

CONTINUARA... 

Del Conde de Lautréamont

No hay comentarios:

Publicar un comentario

LICENCIA

Licencia de Creative Commons
Este obra cuyo autor es GLOSMARYS ELEORANA CAMACHO ALBARRAN está bajo una licencia de Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional de Creative Commons.