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domingo, 31 de enero de 2016

El Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror.- CANTO SEGUNDO- Parte final. El Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror

El Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror


CANTO SEGUNDO




Continuación...

Desde entonces, he visto a la
muerte, con la intención, visible a simple vista, de
poblar las tumbas, asolar los campos de batalla, abonados
con sangre humana, y hacer brotar flores matutinas
sobre las fúnebres osamentas. Desde entonces,
he asistido a las revoluciones de nuestro globo; los
terremotos, los volcanes con su inflamada lava, el
simún del desierto y los naufragios de la tempestad
han tenido mi presencia como espectador impasible.
Desde entonces, he visto varias generaciones humanas
elevando, por la mañana, sus alas y sus ojos al
espacio, con la inexperta alegría de la crisálida que
saluda su última metamorfosis, y muriendo al atardecer
antes de la puesta del sol, con la cabeza inclinada,
como flores marchitas agitadas por el soplo quejumbroso
del viento. Pero vosotras seguís siendo
siempre las mismas. Ningún cambio, ningún aire
apestado roza las rocas escarpadas y los inmensos
valles de vuestra identidad. Vuestras modestas pirámides
durarán más que las pirámides de Egipto, hormigueros
levantados por la estupidez y la esclavitud.
El fin de los siglos verá, de pie todavía sobre las
ruinas de los tiempos, vuestras cifras cabalísticas,
vuestras ecuaciones lacónicas y vuestras líneas
esculturales tronando a la diestra vengativa del Todopoderoso,
mientras las estrellas se hundirán, con
desesperación, como trombas, en la eternidad de una
noche horrible y universal, y la humanidad, llena de
muecas, pensará en arreglar sus cuentas con el juicio
final. Gracias por los innumerables servicios que me
habéis prestado. Gracias por las extrañas cualidades
con que habéis enriquecido mi inteligencia. Sin
vosotras, tal vez, hubiera sido vencido en mi lucha
contra el hombre. Sin vosotras me hubiera derribado
en tierra y me hubiera hecho besar el polvo de sus
pies. Sin vosotras, con garra pérfida, habría lacerado
mi carne y mis huesos. Pero, como un atleta experimentado,
permanecí ojo avizor. Me disteis la frialdad
que brota de vuestras concepciones sublimes,
exentas de pasión. La utilicé para rechazar con desdén
los efímeros goces de mi corto viaje y para expulsar
de mi puerta los ofrecimientos simpáticos, pero
engañosos de mis semejantes. Me disteis la tenaz prudencia
que se advierte continuamente en vuestros
admirables métodos de análisis, de síntesis y de deducción.
La utilicé para desenmascarar las perniciosas artimañas
de mi enemigo mortal para atacarle, a mi
vez, con habilidad y hundir en las vísceras del hombre
un aguzado puñal que permanecerá para siempre
clavado en su cuerpo, pues es una herida de la
que no se recuperará. Me disteis la lógica, que es como
el alma misma de vuestras enseñanzas, llenas de sabiduría,
con su silogismo, cuyo complicado laberinto
no es, sino más comprensible, mi inteligencia sintió
redoblar sus audaces fuerzas. Con la ayuda de
este terrible auxiliar, descubrí en la humanidad, nadando
hacia las profundidades, frente al escollo del
odio, la negra y horrenda maldad que se corrompía
entre miasmas deletéreos, contemplándose el ombligo.
Fui el primero que descubrió, en las tinieblas de
sus entrañas, ese vicio nefasto, ¡el mal!, que en él supera
al bien. Con el arma envenenada que me prestasteis,
derribé de su pedestal, construido por la cobardía
del hombre, al propio Creador. Rechinó de
dientes y sufrió esta ignominiosa injuria, pues tenía
por adversario a alguien más fuerte que él. Pero le
dejaré de lado como a un montón de bramantes, para
rebajar mi vuelo... El pensador Descartes hizo, cierto
día, la reflexión de que nada sólido se había edificado
sobre vosotras. Era un ingenioso modo de hacer comprender
que el primer recién llegado no podía, sin
más, descubrir vuestro valor inestimable. En efecto,
¿hay algo más sólido que las tres cualidades principales
ya citadas, que se levantan, enlazadas como
una corona única, sobre la augusta cima de vuestra
arquitectura colosal? Monumento que se enriquece
sin cesar con cotidianos descubrimientos, en vuestras
minas de diamantes, y exploraciones científicas
en vuestros soberbios dominios. ¡Oh, santas matemáticas,
ojalá pudierais, con vuestro perpetuo trato,
consolar el resto de mis días de la maldad del hombre
y de la injusticia del Gran Todo!
«¡Oh!, lámpara de mechero de plata, mis ojos te
perciben en los aires, compañera de la bóveda de las
catedrales y buscan la causa de tal suspensión. Dicen
que tus fulgores iluminan, durante la noche, la turba
de quienes vienen a adorar al Todopoderoso y que
muestras a los arrepentidos el camino que lleva al
altar. Óyeme, todo es posible, pero... ¿necesitas acaso
prestar semejantes servicios a quienes no debes nada?
Deja, sumidas en tinieblas, las columnas de las basílicas,
y cuando un soplo de la tormenta en la que se
atorbellina el demonio, llevado a través del espacio,
penetre con él en el lugar santo, extendiendo el espanto,
en vez de luchar valerosamente contra la pestífera
ráfaga del príncipe del mal, extínguete al punto,
bajo su enfebrecido soplo, para que pueda, sin que
le vean, elegir a sus víctimas entre los arrodillados
creyentes. Si así lo haces, puedes afirmar que te deberé
toda mi felicidad. Cuando brillas, extendiendo tu
claridad indecisa, pero suficiente, no oso entregarme
a las sugerencias de mi carácter y permanezco, bajo
el sacro pórtico, mirando por el entreabierto portal a
quienes escapan de mi venganza en el seno del Señor.
¡Oh, lámpara poética!, tú, que serías mi amiga si pudieras
comprenderme, cuando mis pies huellan el
basalto de las iglesias, en las horas nocturnas, ¿por
qué comienzas a brillar de un modo que, lo confieso,
me parece extraordinario? Tus reflejos se colorean,
entonces, con los blancos matices de la luz eléctrica.
Los ojos no pueden mirarte, e iluminas con una llama
nueva y poderosa los menores detalles de la pocilga
del Creador, como si fueras presa de santa cólera.
Y, cuando me retiro tras haber blasfemado, te
vuelves de nuevo irrelevante, modesta y pálida, segura
de haber llevado a cabo un acto de justicia. Dime,
¿acaso porque conoces los recovecos de mi corazón,
cuando comparezco en el lugar donde velas, te apresuras
a señalar mi presencia perniciosa y a llamar la
atención de los adoradores hacia el lugar donde acaba
de mostrarse el enemigo de los hombres, esta opinión
me parece acertada, pues también yo comienzo
a conocerte, y sé quién eres, vieja bruja, que tan bien
velas sobre las sagradas mezquitas donde se pavonea,
como cresta de gallo, tu curioso dueño. Vigilante
guardiana, te has encargado de una misión insensata.
Te lo advierto, la primera vez que me señales a la
prudencia de mis semejantes, aumentando tus fosforescentes
fulgores, como ese fenómeno de óptica,
que por lo demás ningún libro de física menciona, no
me gusta, te agarraré por la piel del pecho, clavando
mis zarpas en las escaras de tu nuca tiñosa, y te
arrojaré al Sena. No pretendo que, mientras yo no
te hago nada, tú te comportes, a sabiendas, de un
modo que me sea perjudicial. Allí te permitiré brillar,
mientras me resulte agradable; allí te burlarás
de mí con inextinguible sonrisa; allí, convencida de
la incapacidad de tu criminal aceite, lo orinarás con
amargura.» Tras haber hablado así, Maldoror no sale
del templo y permanece con los ojos fijos en la lámpara
del lugar santo... Cree ver una especie de provocación
en la actitud de esa lámpara, que le irrita al
más alto grado con su presencia inoportuna. Se dice
que si esa lámpara contiene un alma, se muestra cobarde
al no responder sinceramente a un ataque leal.
Azota el aire con sus nerviosos brazos y desearía que
la lámpara se convirtiera en hombre, le haría pasar
un mal rato, se lo promete. Pero el medio de que una
lámpara se convierta en hombre, no es natural. No
se resigna y va a buscar, en el atrio de la miserable
pagoda, un guijarro plano, de afilado canto. Lo lanza
al aire con fuerza... la cadena se parte por la mitad,
como hierba segada por la guadaña, y el instrumento
de culto cae al suelo, derramando su aceite sobre
las losas... Toma la lámpara para sacarla fuera, pero
ésta se resiste y crece. Le parece ver alas en sus costados
y la parte superior toma la forma de un busto de
ángel. El conjunto quiere levantarse en el aire para
emprender el vuelo, pero él lo retiene con mano firme.
Una lámpara y un ángel formando un solo cuerpo
es algo que no se ve a menudo. Reconoce la forma
de la lámpara, reconoce la forma del ángel, pero, en
su espíritu, no puede escindirlas, efectivamente, en
realidad están pegadas una a otra y forman sólo un
cuerpo independiente y libre, pero él cree que una
nube ha velado sus ojos y le hace perder parte de su
excelente vista. Sin embargo, se prepara para la
lucha con valor, pues su adversario no tiene miedo.
La gente ingenua cuenta, a quienes quieren creerlo,
que el sagrado portal se cerró por sí solo girando
sobre sus afligidos goznes, para que nadie pudiera
asistir a tan impía lucha, cuyas peripecias iban a tener
lugar en el recinto del santuario violado. El hombre
del manto, mientras recibe crueles heridas con
una tizona invisible, se esfuerza por acercar a su boca
el rostro del ángel. Sólo piensa en eso y todos sus
esfuerzos tienden hacia ese objetivo. El ángel pierde
su energía y parece presentir su destino. Sólo lucha
débilmente y se adivina ya el momento en que su
adversario podrá besarle a su guisa, si es lo que desea.
Pues bien, ha llegado el momento. Oprime, con
sus músculos, la garganta del ángel, que no puede ya
respirar, y le inclina el rostro apoyándolo sobre su
odioso pecho. Se conmueve, por un instante, ante la
suerte que aguarda a ese ser celestial, que de buena
gana habría convertido en su amigo. Pero se dice que
es el enviado del Señor y no puede contener su enojo.
Ya está, algo horrible va a regresar a la jaula del tiempo.
Se inclina y posa su lengua, empapada en saliva,
en aquella mejilla angélica que lanza miradas suplicantes.
Pasea por algún tiempo la lengua por esa
mejilla. ¡Oh!... ¡Mirad!... ¡mirad pues!... ¡la mejilla
blanca y rosada se ha vuelto negra como el carbón!
Exhala miasmas pútridos. Es la gangrena, no cabe ya
duda. El corrosivo mal se extiende por todo el rostro
y desde allí ejerce su furia sobre las partes bajas; pronto
el cuerpo no es más que una vasta llaga inmunda.
Él mismo, asustado (pues no creía que su lengua contuviera
un veneno de tal violencia), recoge la lámpara
y huye de la iglesia. Una vez fuera, distingue en
los aires una forma negruzca de alas abrasadas que
dirige penosamente su vuelo a las regiones celestiales.
Ambos se miran, mientras el ángel asciende hacia
las serenas alturas del bien y él, Maldoror, por el
contrario, desciende hacia los vertiginosos abismos
del mal... ¡Qué mirada! Todo cuanto la humanidad
ha pensado desde hace sesenta siglos, y lo que pensará
aún, durante los siglos por venir, podría caber fácilmente
en ella, ¡tantas cosas se dijeron en ese adiós
supremo! Pero es fácil comprender que eran pensamientos
más elevados que los que brotan de la inteligencia
humana; primero, a causa de ambos personajes;
y luego, a causa de la circunstancia. Esa mirada
les unió con eterna amistad. Se sorprende de que el
Creador pueda tener misioneros de tan noble alma.
Por un instante, cree haberse engañado y se pregunta
si debía, como ha hecho, seguir la senda del mal.
La turbación ha pasado; persevera en su resolución,
y es glorioso, a su entender, vencer tarde o temprano
al Gran Todo, para reinar, en su lugar, sobre el universo
entero y sobre legiones de tan hermosos ángeles.
El ángel le hace comprender, sin hablar, que recuperará
su forma primitiva a medida que ascienda
hacia el cielo; deja caer una lágrima que refresca la
frente de quien le ha producido la gangrena y desaparece
poco a poco, como un buitre, elevándose por
entre las nubes. El culpable mira la lámpara, causa de
lo que precede. Corre como un insensato a través de
las calles, se dirige hacia el Sena y lanza la lámpara
por encima del parapeto. Ésta gira, por unos instantes,
y se hunde definitivamente en las aguas cenagosas.
Desde ese día, cada atardecer, cuando comienza a
caer la noche, se ve una brillante lámpara que surge y
se mantiene, graciosamente, sobre la superficie del río,
a la altura del puente Napoleón, luciendo, en vez de
asa, dos gráciles alas de ángel. Avanza lentamente por
sobre las aguas, pasa bajo los arcos del puente de la
Gare y del puente de Austerlitz, y prosigue su curso
silencioso, por el Sena, hasta el puente del Alma. Una
vez allí, remonta con facilidad el curso del río y vuelve,
al cabo de cuatro horas, a su punto de partida. Y
así sucesivamente durante toda la noche. Sus fulgores,
blancos como la luz eléctrica, obscurecen los faroles
de gas que flanquean ambas orillas y por entre los
que avanza como una reina, solitaria, impenetrable,
con una inextinguible sonrisa, sin que su aceite se derrame con
amargura. Al comienzo, las embarcaciones la perseguían,
pero ella burlaba esos vanos esfuerzos, escapaba
a todas las persecuciones, zambulléndose, como
una coqueta, y reapareciendo más lejos, a gran distancia.
Ahora, los supersticiosos marinos, cuando la
ven, reman en dirección opuesta y acallan sus canciones.
Cuando paséis por un puente durante la noche,
prestad atención, estad seguros de que veréis
brillar la lámpara, aquí o allá, pero dicen que no se
muestra a todo el mundo. Cuando pasa por el puente
un ser humano que lleva algún peso sobre su conciencia,
extingue de pronto sus reflejos y el transeúnte,
asustado, escudriña en vano, con desesperada
mirada, la superficie y el limo del río. Sabe lo que eso
significa. Querría creer que ha visto el celeste fulgor,
pero se dice que la luz procedía de la proa de los barcos
o del reflejo de los faroles de gas, y tiene razón...
Sabe que es el motivo de tal desaparición; y, sumido
en tristes reflexiones, apresura el paso para regresar
a su morada. Entonces, la lámpara de mechero de
plata reaparece en la superficie y prosigue su camino,
a través de los elegantes y caprichosos arabescos.
[...]
Buscaba un alma que se me pareciera, y no podía
encontrarla. Registré todos los rincones de la tierra;
mi perseverancia fue inútil, Sin embargo, no podía
permanecer solo. Era necesario alguien que aprobara
mi carácter; era necesario alguien que tuviera las
mismas ideas que yo. Cierta mañana el sol apareció
por el horizonte en toda su magnificencia y he aquí
que aparece, también, ante mis ojos, un joven cuya
presencia hacía brotar flores a su paso. Se acercó a
mí y tendiéndome la mano: «He venido a ti que me
buscas. Bendigamos tan feliz día.» Pero yo: «Vete, no
te he llamado, no necesito tu amistad...» Caía la tarde;
la noche comenzaba a extender sobre la naturaleza
la negrura de su velo. Una hermosa mujer,
que yo apenas distinguía, extendió también sobre mí
su encantadora influencia y me miró apiadada, sin
embargo, no se atrevía a hablarme. Dije: «Acércate a
mí para que pueda distinguir con claridad los rasgos
de tu rostro, pues la luz de las estrellas no basta para
iluminarlos a esta distancia.» Entonces, con recatado
andar y los ojos bajos, holló la hierba dirigiéndose
hacia mí. En cuanto la vi: «Veo que la bondad y la
justicia han anidado en tu corazón: no podríamos
vivir juntos. Ahora admiras mi belleza que a más de
una ha conmovido, pero te arrepentirías, tarde o temprano,
de haberme consagrado tu amor, pues no conoces
mi alma. No porque te fuera infiel alguna vez:
me entrego con igual confianza y abandono a la que
con tanto abandono y confianza se entrega a mí, pero,
métetelo en la cabeza para no olvidarlo nunca: los
lobos y los corderos no se miran con ojos tiernos.»
¿Qué necesitaba, pues, yo que con tanto asco rechazaba
lo más bello que había en la humanidad?, no
habría sabido decir lo que necesitaba. No estaba todavía
acostumbrado a darme rigurosa cuenta de los
fenómenos de mi espíritu, mediante los métodos que
la filosofía recomienda. Me senté en una roca junto al
mar. Un navío acababa de desplegar todas las velas
para alejarse de aquellos parajes: un punto imperceptible
acababa de aparecer en el horizonte y se acercaba,
poco a poco, empujado por el viento, creciendo
con rapidez. La tempestad iba a iniciar sus embates
y el cielo se obscurecía ya, haciéndose de un negro
casi tan horrendo como el corazón del hombre. El
navío, que era un gran bajel de guerra, acababa de
echar todas sus anclas, para no verse barrido contra
las rocas de la costa. El viento soplaba con furor desde
los cuatro puntos cardinales y hacía trizas las
velas. Los truenos retumbaban en medio de los relámpagos
y no podían sobrepasar el fragor de las
lamentaciones que se escuchaban en la casa sin fundamentos,
móvil sepulcro. La agitación de esas masas
acuosas no había logrado romper las cadenas de
las anclas, pero sus sacudidas habían entreabierto
una vía de agua en los flancos del navío. Brecha enorme,
pues las bombas no bastan para achicar las masas
de agua salada que se abaten espumeantes, sobre
el puente, como montañas. El navío en peligro dispara
cañonazos de alarma, pero se hunde con lentitud...
con majestad. Quien no haya visto un bajel hundiéndose
en medio del huracán, de la intermitencia de los
relámpagos y de la oscuridad más profunda, mientras
quienes lo llenan se ven abrumados por esa desesperación
que ya conocéis, ignora los accidentes de
la vida. Finalmente, de entre los flancos del bajel brota
un grito universal de dolor inmenso, mientras el
mar redobla sus temibles ataques. Es el grito que obliga
a lanzar el abandono de las fuerzas humanas. Todos
se envuelven en el manto de la resignación y ponen
su suerte en las manos de Dios. Retroceden
apretujándose como un rebaño de corderos. El navío
en peligro dispara cañonazos de alarma, pero se hunde
con lentitud... con majestad. Han hecho funcionar
las bombas durante todo el día. Esfuerzo inútil. Ha
llegado la noche, espesa, implacable, para colmar tan
gracioso espectáculo. Todos se dicen que una vez en
el agua no podrán ya respirar, pues por lejos que lleven
su memoria, no encuentran ningún pez entre sus
antepasados, pero se exhortan a contener el aliento
el mayor tiempo posible para prolongar la vida dos
o tres segundos más; es la vengativa ironía que quieren
dedicar a la muerte... El navío en peligro dispara
cañonazos de alarma, pero se hunde con lentitud...
con majestad. Ignoran que el bajel, al hundirse, provoca
una poderosa circunvalación de las olas alrededor
de sí mismas; que el cenagoso limo se ha mezclado
con las turbias aguas y que una fuerza procedente
de abajo, respuesta a la tempestad que ejerce arriba
sus estragos, imprime al elemento entrecortados y
nerviosos movimientos. Así, pese a la provisión de
sangre fría que atesora, de antemano, el futuro ahogado,
tras más amplia reflexión, debe sentirse satisfecho
si prolonga su vida, en los torbellinos del abismo,
la mitad de una respiración ordinaria —seamos
generosos. Les será, pues, imposible burlarse de la
muerte, supremo deseo. El navío en peligro dispara
cañonazos de alarma, pero se hunde con lentitud...
con majestad. Es un error. No dispara ya cañonazos,
no se hunde ya. La cáscara de nuez ha desaparecido
por completo. ¡Cielos!, ¡cómo se puede vivir todavía,
tras haber gozado tantas voluptuosidades! Acababa
de concedérseme ser testigo de las mortales agonías
de varios de mis semejantes. Minuto a minuto seguí
las peripecias de sus angustias. A veces, el bramido de
una anciana enloquecida de espanto, primaba sobre
todo lo demás. Otras, sólo el vagido de un niño de
teta impedía escuchar las órdenes de maniobra. El
bajel estaba demasiado lejos como para percibir con
claridad los gemidos que el viento me traía; pero yo
los aproximaba con mi voluntad y la ilusión óptica
era completa. Cada cuarto de hora, cuando una ráfaga
de viento, más fuerte que las demás, alzando sus
acentos lúgubres a través del grito de los aterrorizados
petreles, dislocaba el navío con un crujido
longitudinal y aumentaba los lamentos de quienes iban
a ser ofrecidos en holocausto a la muerte, yo me hundía
en la mejilla una aguzada punta de hierro y pensaba
para mí: «¡Más sufren ellos!» Así tenía, por lo
menos, un término de comparación. Les apostrofaba
desde la orilla, lanzándoles imprecaciones y amenazas.
¡Me parecía que debían de oírme! ¡Me parecía que
mi odio y mis palabras, salvando la distancia, aniquilaban
las leyes físicas del sonido y llegaban, claras, a
sus oídos ensordecidos por los mugidos del furioso
océano! ¡Me parecía que debían de pensar en mí y
exhalar su venganza en impotente rabia! De vez en
cuando, lanzaba una mirada hacia las ciudades dormidas
en tierra firme, y, viendo que nadie sospechaba
que un bajel iba a hundirse, a pocas millas de la
orilla, con una corona de aves de rapiña y un pedestal
de gigantes acuáticos de vacío vientre, recobraba
el valor y recuperaba la esperanza; ¡su perdición era,
pues, segura! ¡No podían escapar! Como precaución
suplementaria, había ido a buscar mi fusil de dos
cañones para que si algún náufrago sentía la tentación
de llegar a nado hasta las rocas para escapar a la
inminente muerte, una bala en el hombro le rompiera
el brazo y le impidiera cumplir su designio. En el
más furioso momento de la tempestad vi, nadando
por sobre las aguas, con desesperados esfuerzos, una
cabeza enérgica de erizados cabellos. Tragaba litros
de agua y se hundía en el abismo, sacudido como un
corcho. Pero pronto aparecería de nuevo, con los cabellos
chorreantes y clavando la mirada en la orilla
parecía desafiar a la muerte. Su sangre fría era admirable.
Una amplia herida sangrante, provocada por
la punta de algún escollo oculto, cruzaba su rostro
intrépido y noble. No debía de tener más de dieciséis
años, pues, a través de los relámpagos que iluminaban
la noche, apenas se percibía sobre su labio la
pelusa del melocotón. Y ahora estaba sólo a doscientos
metros del acantilado, y yo podía verle sin dificultad.
¡Qué valor! ¡Qué espíritu indomable! ¡Cómo
parecía burlarse del destino la firmeza de su testa,
hendiendo con vigor las olas, cuyos surcos se abrían
difícilmente ante él!... Yo lo había decidido de antemano.
Y me debía a mí mismo el cumplimiento de mi
promesa: la hora postrera había sonado para todos,
nadie debía escapar. Esa era mi resolución; nadie la
cambiaría... Se escuchó un sonido seco y la cabeza se
hundió enseguida para no reaparecer más. Ese crimen
no me complació tanto como podría suponerse,
y, precisamente porque estaba harto de matar, lo hacía
ya por simple costumbre, de la que no se puede
prescindir, pero que proporciona sólo un insignificante
goce. Los sentidos están embotados, endurecidos.
¿Qué voluptuosidad experimentar ante la muerte de
aquel ser humano cuando había más de un centenar
que iban a ofrecérseme, como espectáculo, en su última
lucha contra las olas, una vez se hubiera hundido
el navío? Y en aquella muerte yo no tenía siquiera el
acicate del peligro, pues la justicia humana, acunada
por el huracán de aquella noche horrenda, dormitaba
en las casas, a pocos pasos de mí. Hoy, cuando los
años pesan sobre mi cuerpo, lo digo con sinceridad
como una verdad suprema y solemne: yo no era tan
cruel como, luego, se dijo entre los hombres, pero, a
veces, su maldad producía perseverantes estragos
durante años enteros. Entonces, no tenía límites para
mi furor; sufría accesos de crueldad y me convertía
en terrible para quien se acercara a mis huraños ojos,
siempre que perteneciera a mi raza. Si era un caballo
o un perro, lo dejaba pasar: ¿habéis oído lo que acabo
de decir? Por desgracia, la noche de aquella tempestad
me encontraba en uno de esos accesos, mi razón
me había abandonado (pues, por lo común, yo era
tan cruel, pero más prudente), y todo lo que aquella
vez cayera entre mis manos, debía perecer; no pretendo
excusarme por mis desmanes. No toda la culpa
es de mis semejantes. Me limito a decir las cosas
como son, a la espera del juicio final que me obliga a
rascarme la nuca de antemano... ¡Qué me importa el
juicio final! Mi razón no me abandona nunca, como
os he dicho antes para engañarnos. Y, cuando cometo
un crimen, sé lo que hago: ¡No quería hacer otra
cosa! De pie en la roca, mientras el huracán azotaba
mis cabellos y mi manto, espiaba en pleno éxtasis la
fuerza de la tempestad que se encarnizaba con el navío,
bajo un cielo sin estrellas. Seguí, en actitud triunfante,
todas las peripecias de aquel drama, desde que
el bajel echó sus anclas hasta el instante en que se
hundió; fatal envoltura que arrastró, a las entrañas
del mar, a quienes se habían revestido con ella, como
si fuera un manto. Pero se aproximaba el momento
en que yo mismo iba a mezclarme como actor en esas
escenas de la naturaleza convulsa. Cuando el lugar
donde el bajel había mantenido su combate, mostró
muy a las claras que este había ido a pasar el resto de
sus días en la planta baja del mar, entonces, algunos
de los que habían sido arrastrados por las olas, reaparecieron
en la superficie. Se agarraron unos a
otros de los brazos, de dos en dos, de tres en tres; era
el medio de no salvar su vida, pues sus movimientos
quedaban dificultados y se hundían como cuencos
agujereados... ¿Qué significa ese ejército de monstruos
marinos que corta velozmente las olas? Son seis; sus
aletas natatorias son vigorosas y se abren paso a través
de las revueltas olas. Todos esos seres humanos,
que agitan sus cuatro miembros en ese continente
poco firme, pronto son sólo para los tiburones una
tortilla sin huevos que se distribuyen según la ley
del más fuerte. La sangre se mezcla con las aguas y
las aguas se mezclan con la sangre. Sus feroces ojos
iluminan suficientemente la escena de la carnicería...
Pero ¿qué significa, también, ese tumulto en las aguas,
allí, en el horizonte? Diríase una tromba que se acerca.
¡Qué modo de bogar! Descubro lo que es. Una enorme
hembra de tiburón se acerca a tomar su parte del
picadillo de hígado y a comer papilla fría. Está furiosa,
pues llega hambrienta. Se entabla una lucha entre
los tiburones y ella para disputarse los miembros
palpitantes que flotan, aquí y allá, sin decir nada,
en la superficie de la crema roja. Lanza, a diestro y
siniestro, dentelladas que producen mortales heridas.
Pero tres tiburones vivos la rodean todavía y se ve
obligada a girar en todos los sentidos para desbaratar
sus maniobras. Con una emoción creciente, desconocida
hasta entonces, el espectador, emplazado en la
orilla, sigue esa batalla naval de nuevo género. Tiene
los ojos fijos en esa valerosa hembra de tiburón, de
tan fuertes dientes. No vacila, se echa el fusil a la cara
y, con su habitual destreza, aloja su segunda bala en
las agallas de uno de los tiburones, cuando este se
muestra por encima de una ola. Quedan dos tiburones
que dan pruebas del mayor encarnizamiento.
Desde lo alto de la roca, el hombre de la saliva salobre
se arroja al mar y nada hacia la alfombra agradablemente
coloreada, manteniendo en la mano el
cuchillo de acero que nunca le abandona. A partir de
ahora, cada tiburón tiene que vérselas con un enemigo.
Avanza hacia su fatigado adversario y tomándose
su tiempo le hunde en el vientre la aguzada hoja.
La ciudadela móvil se libra fácilmente de su último
adversario... El nadador y la hembra del tiburón, a la
que él ha salvado, se encuentran uno ante otro. Se
miran a los ojos durante algunos minutos, y cada
uno de ellos se asombra al encontrar tanta ferocidad
en la mirada del otro. Giran en redondo, mientras
nadan sin perderse de vista, diciéndose para sí. «Hasta
hoy me equivocaba; he aquí uno más malvado que
yo.» Entonces, de común acuerdo y entre dos aguas,
se deslizaron el uno hacia la otra con mutua admiración,
la hembra del tiburón hendiendo el agua con
sus aletas, Maldoror batiendo las ondas con sus brazos;
contuvieron su aliento con profunda veneración,
ambos deseosos de contemplar, por primera vez, su
vivo retrato. Llegados a tres metros de distancia, sin
hacer ningún esfuerzo, cayeron bruscamente el uno
contra el otro, como dos amantes, y se estrecharon
con dignidad y agradecimiento, en un abrazo tan tierno
como el del hermano y la hermana. Los deseos
carnales no tardaron en seguir a esta demostración
de amistad. Dos nerviosos muslos se adhirieron estrechamente
a la piel viscosa del monstruo, como dos
sanguijuelas, y, con los brazos y las aletas enlazadas
alrededor del cuerpo del objeto amado, al que abrazaban
con amor, sus gargantas y sus pechos no formaron,
pronto, más que una masa glauca con aromas
de algas marinas. En medio de la tempestad que
seguía rugiendo, a la luz de los relámpagos, teniendo
por lecho nupcial la ola espumosa, mecidos por una
corriente submarina como en una cuna y rodando
sobre sí mismos hacia las desconocidas profundidades
del abismo, se unieron por fin en un acoplamiento
prolongado, horrendo y casto... ¡Por fin había encontrado
a alguien que se me pareciera!... ¡Ya no estaría
solo en la vida!... ¡Ella tenía las mismas ideas que yo!...
¡Me encontraba frente a mi primer amor!
[…]
Existen en la vida horas en las que el hombre, de
piojosa cabellera, lanza con los ojos fijos furiosas
miradas a las verdes membranas del espacio, pues le
parece escuchar, ante sí, el irónico abucheo de un fantasma.
Titubea e inclina la cabeza: lo que ha oído es la
voz de la conciencia. Entonces, sale de casa con la
velocidad de un loco, toma la primera dirección que
se ofrece a su estupor y devora las rugosas llanuras
de la campiña. Pero el amarillento fantasma no le
pierde de vista y le persigue con similar velocidad. A
veces, en una noche de tormenta, mientras legiones
de pulpos alados, que a lo lejos parecen cuervos, se
ciernen por encima de las nubes, dirigiéndose con
rígido bogar hacia las ciudades de los humanos, con
la misión de advertirles que cambien de conducta,
el guijarro, de sombría mirada, ve a dos seres que
pasan a la luz del relámpago, uno tras otro, y, enjugando
una furtiva lágrima de compasión, que se
desprende de su helado párpado, exclama: «En verdad
lo merece, y eso es sólo justicia.» Tras haberlo dicho,
regresa a su huraña actitud y sigue mirando con
nervioso temblor la caza del hombre y los labios mayores
de la vagina de sombras, de donde se desprenden,
sin cesar, como un río, inmensos espermatozoides
tenebrosos que emprenden el vuelo por el lúgubre éter,
ocultando, con el vasto despliegue de sus alas de murciélago,
toda la naturaleza y las legiones solitarias de
pulpos, que se han vuelto taciturnos ante el aspecto
de esos fulgores sordos e inexpresables. Pero, mientras,
la caza continúa entre ambos incansables corredores
y el fantasma lanza por su boca torrentes de
fuego sobre la calcinada espalda del antílope humano.
Si, en el cumplimiento de este deber, encuentra en
su camino a la piedad, que pretende cerrarle el paso,
cede con repugnancia a sus súplicas y deja escapar al
hombre. El fantasma hace chasquear su lengua, como
diciéndose a sí mismo que dejará la persecución, y
regresa a su cubil hasta nueva orden. Su voz de condenado
se extiende hasta las más lejanas capas del
espacio, y, cuando su espantoso aullido penetra en el
corazón humano, este preferiría, dicen, tener por
madre a la muerte que por hijo al remordimiento.
Hunde la cabeza hasta los hombros en las terrosas
complejidades de un agujero, pero la conciencia
volatiliza esa artimaña de avestruz. La excavación,
gota de éter, se evapora, aparece la luz con su cortejo
de rayos, como una bandada de chorlitos cae sobre el
espliego, y el hombre se encuentra de nuevo frente a
sí mismo, con los ojos abiertos y lívidos. Le he visto
dirigirse hacia el mar, subir a un promontorio batido
y destrozado por la ceja de la espuma, y, como
una flecha, arrojarse a las olas. He aquí el milagro: el
cadáver reaparecía a la mañana siguiente en la superficie
del océano, que devolvía a la orilla ese despojo
de carne. El hombre se desprendía del molde que
su cuerpo había excavado en la arena, escurría el agua
de sus cabellos mojados y retomaba, con la frente
muda e inclinada, el camino de la vida. La conciencia
juzga con severidad nuestros pensamientos y nuestros
actos más secretos, y no se equivoca. Puesto que
con frecuencia es impotente para prevenir el mal, no
deja de acosar al hombre como a un zorro, sobre todo,
en la oscuridad. Ojos vengadores que la ignorante
ciencia llama meteoros esparcen una lívida llama,
pasan girando sobre sí mismos y articulan palabras
de misterio... ¡que él comprende! Entonces, la cabecera
de su cama se hace pedazos por las sacudidas de
su cuerpo, abrumado bajo el peso del insomnio, y
oye la siniestra respiración de los vagos rumores de
la noche. El propio ángel del sueño, mortalmente alcanzado
en la frente por una piedra desconocida, abandona
su tarea y regresa a los cielos. Pues bien, esta vez
me presento para defender al hombre, yo, el despreciador
de todas las virtudes; yo, a quien el Creador no
ha podido olvidar desde el glorioso día en que, derribando
de su zócalo las crónicas del cielo donde, por no
sé qué infame artimaña, estaban consignados su poder
y su eternidad, apliqué bajo su axila mis cuatrocientas
ventosas y le hice lanzar gritos terribles... Se
convirtieron en víboras, brotando de su boca, y fueron
a ocultarse en la maleza y las murallas en ruinas,
al acecho de día, al acecho de noche. Esos gritos, que
se volvieron reptantes y dotados de innumerables
anillos, con una cabeza pequeña y chata, pérfidos
ojos, juraron avizorar la inocencia humana, y cuando
esta se pasea por la maleza del sotobosque o al
otro lado de los taludes o por las arenas de las dunas,
no tarda en cambiar de idea. Si todavía está a tiempo,
pues, a veces, el hombre advierte que el veneno se
introduce en las venas de su pierna, por medio de un
mordisco casi imperceptible, antes de haber podido
volver atrás y llegar a campo abierto. De este modo,
el Creador, manteniendo una admirable sangre fría
hasta en los más atroces sufrimientos, sabe obtener
de su propio seno gérmenes nocivos para los habitantes
de la tierra. Cuál no fue su asombro cuando
vio a Maldoror, convertido en pulpo, alargar hacia
su cuerpo sus ocho patas monstruosas, cada una de
las cuales, sólida correa, habría podido abarcar con
facilidad la circunferencia de un planeta. Tomado por
sorpresa, se debatió unos instantes en ese abrazo viscoso
que se hacía cada vez más estrecho... temí algún
mal golpe de su parte; tras haberme alimentado
abundantemente con los glóbulos de aquella sangre
sagrada, me separé bruscamente de su majestuoso
cuerpo y me oculté en una caverna que, desde entonces,
fue mi morada. Tras infructuosas búsquedas, no
pudo encontrarme. De eso hace mucho tiempo, pero
creo que ahora sabe dónde está mi morada; se guarda
bien de entrar en ella. Vivimos, ambos, como dos
monarcas vecinos que conocen sus respectivas fuerzas,
no pueden vencerse el uno al otro y están cansados
de las inútiles batallas del pasado. Me teme y le
temo; cada uno de nosotros, sin ser vencido, ha sufrido
los duros golpes de su adversario, y permanecemos
así. Sin embargo, estoy dispuesto a recomenzar
la lucha cuando quiera. Pero que no espere el momento
favorable para sus ocultos designios. Me mantendré
siempre atento, fijando mi mirada en él. Que
no envíe ya a la tierra la conciencia y sus tormentos.
He mostrado a los hombres las armas con las que pueden
combatirla con ventaja. No están todavía familiarizados
con ella, pero sabe que, para mí, es como paja
que se lleva el viento. Le hago el mismo caso. Si quisiera
aprovechar la ocasión que se presenta para hacer
más sutiles esas discusiones poéticas, añadiría que
hago, incluso, más caso de la paja que de la conciencia,
pues la paja es útil para el buey que la rumia, mientras
que la conciencia sólo sabe mostrar sus garras de
acero. Sufrieron un penoso fracaso el día que se colocaron
ante mí. Como la conciencia había sido enviada
por el Creador, creí conveniente no permitir que me
cerrara el paso. Si se hubiera presentado con la modestia
y la humildad propias de su rango, y de las que
nunca hubiera debido prescindir, la habría escuchado.
Su orgullo no me gustaba. Extendí una mano y
trituré sus garras con mis dedos; cayeron hechas polvo
bajo la creciente presión de esa nueva especie de
mortero. Extendí la otra mano y le arranqué la cabeza.
Expulsé, luego, de mi casa, a latigazos, a aquella mujer,
y no volví a verla. Conservé su cabeza como recuerdo
de mi victoria... Con una cabeza, cuyo cráneo roía,
en la mano, me mantuve sobre un pie como la garza
real, al borde del precipicio excavado en la ladera de
la montaña. Se me vio descender al valle, mientras la
piel de mi pecho permanecía inmóvil y calma, como
la losa de una sepultura. Con una cabeza, cuyo cráneo
roía, en la mano, nadé por los más peligrosos
remolinos, recorrí los mortales escollos y me sumergí
bajo las corrientes para asistir, como un extraño,
a los combates de los monstruos marinos;
me aparté de la orilla hasta que desapareció de mi
penetrante vista, y los horrendos calambres, con
su paralizador magnetismo, merodeaban en torno
a mis miembros que hendían las olas con potentes
movimientos, sin osar acercarse. Se me vio, sano y
salvo, en la playa, mientras la piel de mi pecho permanecía
inmóvil y calma, como la losa de una sepultura.
Con una cabeza, cuyo cráneo roía, en la mano,
subí por los ascendentes peldaños de una elevada
torre. Llegué, con las piernas fatigadas, a la plataforma
vertiginosa. Miré la campiña, el mar; miré el
sol, el firmamento. Empujando con el pie el granito,
que no retrocedió, desafié la muerte y la venganza divina
con un abucheo supremo y me precipité, como
un adoquín, en la boca del espacio. Los hombres oyeron
el doloroso y resonante choque que produjo el encuentro
del suelo con la cabeza de la conciencia, que
yo había abandonado en mi caída. Se me vio descender,
con la lentitud del pájaro, llevado por una nube
invisible, y recoger la cabeza para forzarla a ser testigo
de un triple crimen que yo debía cometer aquel
mismo día, mientras la piel de mi pecho permanecía
inmóvil y calma, como la losa de una sepultura. Con
una cabeza, cuyo cráneo roía, en la mano, me dirigí
al lugar donde se levantan los postes que sostienen la
guillotina. Coloqué bajo la cuchilla la gracia suave de
los cuellos de tres muchachas. Verdugo, solté el cordón
con la aparente experiencia de toda una vida, y
el metal triangular, cayendo oblicuamente, cortó tres
cabezas que me miraban con dulzura. Puse, luego, la
mía bajo el pesado filo y el sayón se preparó para
cumplir con su deber. Tres veces cayó la cuchilla por
entre las ranuras con renovado vigor; tres veces, mi
armazón material, sobre todo, en el lugar donde se
asienta el cuello, se vio conmovido hasta sus fundamentos,
como cuando en sueños, nos imaginamos
aplastados por una casa que se derrumba. El pueblo,
estupefacto, me dejó pasar para alejarme de la fúnebre
plaza; me vio abrir, a codazos, sus ondulantes
oleadas y moverme, lleno de vida, avanzando en línea
recta, con la cabeza erguida, mientras la piel de
mi pecho permanecía inmóvil y calma, como la losa
de una sepultura. Había dicho que, esta vez, quería
defender al hombre, pero temo que mi apología no
sea expresión de la verdad, y, en consecuencia, prefiero
callar. ¡La humanidad aplaudirá con gratitud
esta medida!
Es tiempo ya de echar el freno a mi imaginación y
detenerme, por un instante, en el camino, como cuando
se contempla la vagina de una mujer; es bueno
examinar el trecho recorrido y lanzarse, luego, con
los miembros reposados, en un salto impetuoso. No
es fácil producir, sin retomar aliento, toda una tirada,
y las alas se fatigan mucho en un vuelo elevado,
sin esperanzas y sin remordimiento. No... no llevemos
a mayor profundidad la huraña cuadrilla de los
azadones y las excavaciones, a través de las explosivas
minas de este campo impío. El cocodrilo no cambiará
una sola palabra del vómito que brota por debajo
de su cráneo. ¡Qué importa que alguna sombra
furtiva, impulsada por el loable objetivo de vengar a
la humanidad, injustamente atacada por mí, abra
subrepticiamente la puerta de mi habitación,
rozando la pared como el ala de una gaviota, y hunda
un puñal en las costillas del saqueador de ruinas
celestiales! Lo mismo da que la arcilla disuelva sus

átomos de este modo que de cualquier otro.


De El Conde de Lautréamont.

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Este obra cuyo autor es GLOSMARYS ELEORANA CAMACHO ALBARRAN está bajo una licencia de Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional de Creative Commons.