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domingo, 7 de febrero de 2016

El Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror.- CANTO TERCERO- Primera Parte. El Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror

El Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror

CANTO TERCERO

Recordemos los nombres de esos seres imaginarios
de angélica naturaleza, que mi pluma, durante el segundo
canto, extrajo de un cerebro, y que brillan con
un fulgor emanado de ellos mismos. Mueren en su
mismo nacimiento, como esas chispas del papel ardiendo
cuya rápida desaparición apenas puede seguir
el ojo. ¡Léman!... ¡Lohengrin!... ¡Lombano!...
¡Holzer!... aparecisteis, por un instante, cubiertos con
las insignias de la juventud, en mi horizonte hechizado,
pero os he dejado caer de nuevo en el caos, como
campanas de inmersión. No volveréis ya a salir. Me
basta haber conservado vuestro recuerdo; debéis
dejar paso a otras sustancias, menos bellas tal vez,
que darán a luz el tempestuoso rebosar de un amor
que ha decidido no apagar su sed con la raza humana.
Famélico amor que se devoraría a sí mismo, si
no buscara su alimento en las ficciones celestiales:
creando, a la larga, una pirámide de serafines, más
numerosos que los insectos que hormiguean en una
gota de agua, los entrelazará en una elipse que hará
girar, como un torbellino, a su alrededor. Mientras, el
viajero detenido ante la visión de una catarata, si
levanta el rostro, verá en la lejanía a un ser humano
arrastrado hacia la cueva del infierno por una guirnalda
de vivientes camelias. Pero... ¡silencio!, la imagen
flotante del quinto ideal se dibuja lentamente,
como los pliegues indecisos de una aurora boreal, en
el plano vaporoso de mi inteligencia, y toma una consistencia
cada vez más definida... Mario y yo recorríamos
la playa. Nuestros caballos, con el pescuezo
tendido, hendían las membranas del espacio y arrancaban
chispas a los guijarros. La brisa, que nos golpeaba
el rostro, penetraba bajo nuestros mantos y
hacía que los cabellos de nuestras cabezas gemelas
revolotearan hacia atrás. La gaviota, con sus gritos y
los movimientos de sus alas, se esforzaba vanamente
en advertirnos de la posible proximidad de la tormenta
y exclamaba: «¿Adónde van con ese galope
insensato?» No decíamos nada; sumidos en la ensoñación,
nos dejábamos arrastrar en alas de esa
curiosa carrera; el pescador, viéndonos pasar, veloces
como el albatros, y creyendo percibir, huyendo
ante él, a los dos hermanos misteriosos, como se les había
llamado porque estaban siempre juntos, se apresuraba
a persignarse y se ocultaba, con su paralizado
perro, bajo alguna profunda roca. Los habitantes de
la costa habían oído contar extrañas cosas sobre
ambos personajes que aparecían en la tierra por entre
las nubes, en épocas de calamidad, cuando una
horrenda guerra amenazaba con plantar su arpón
en el pecho de dos países enemigos, o el cólera se disponía
a lanzar, con su honda, la podredumbre y la
muerte sobre ciudades enteras. Los más viejos
saqueadores de pecios fruncían el ceño con aire grave,
afirmando que ambos fantasmas, la envergadura
de cuyas negras alas todos habían observado durante
los huracanes, por encima de los bancos de arena
y los escollos, eran el genio de la tierra y el genio
del mar que paseaban su majestad por los aires durante
las grandes convulsiones de la naturaleza, unidos
por una amistad eterna cuya rareza y gloria han
parido el asombro de la indefinida cadena de las generaciones.
Se afirmaba que, volando uno junto a otro
como dos cóndores de los Andes, les gustaba planear,
en círculos concéntricos, por las capas de las
atmósferas contiguas al sol; que se nutrían, en esos
parajes, de las más puras esencias de la luz; pero que
sólo con dolor se decidían a desviar la inclinación de
su vuelo vertical hacia la despavorida órbita por la
que gira el globo humano en pleno delirio, habitado
por espíritus crueles que se inmolan mutuamente en
los campos donde ruge la batalla (cuando no se matan,
pérfidos, secretamente, en el centro de las ciudades,
con el puñal del odio o la ambición), y que se
nutren de seres tan llenos de vida como ellos, aunque
colocados unos peldaños más abajo en la escalera de
las existencias. O, cuando tomaban la firme resolución,
para incitar a los hombres al arrepentimiento
con las estrofas de sus profecías, de nadar, dirigiéndose
a grandes brazadas hacia las regiones siderales
por las que se movía un planeta en medio de las espesas
exhalaciones de avaricia, de orgullo, de imprecaciones
y de risa sarcástica que se desprendían,
como vapores pestilentes, de su horrenda superficie,
y parecía pequeño como una bola, siendo casi invisible
por la distancia, no dejaban de encontrar ocasiones
para arrepentirse amargamente de su benevolencia,
desconocida y despreciada, e iban a ocultarse en el
fondo de los volcanes, para conversar con el vívido
fuego que borbotea en las cubas de los subterráneos
centrales, o en el fondo del mar, para descansar
placenteramente su desilusionada vista en los más
feroces monstruos del abismo, que les parecían modelos
de dulzura comparados a los bastardos de la humanidad.
Llegada la noche, de oscuridad propicia,
salían impetuosamente de los cráteres, con crestas
de pórfido, de las corrientes submarinas y dejaban,
muy atrás, el rocoso orinal donde se agita el estreñido
ano de las cacatúas humanas, hasta que no podían
distinguir ya la suspendida silueta del planeta
inmundo. Entonces, apesadumbrados por su infructuosa
tentativa, en medio de las estrellas que se apiadaban
de su dolor y bajo la mirada de Dios, el ángel
de la tierra y el ángel del mar se besaban llorando...
Mario y el que galopaba a su lado no ignoraban los
vagos y supersticiosos rumores que contaban en las
veladas los pescadores de la costa, cuchicheando en
torno al hogar, con las puertas y ventanas cerradas,
mientras el viento nocturno, que desea calentarse,
deja escuchar su silbido alrededor de la cabaña de
paja y sacude, con su vigor, esas frágiles paredes, rodeadas
en su base por fragmentos de concha traídos
por las moribundas ondulaciones de las olas. No hablábamos.
¿Qué pueden decirse dos corazones que se
aman? Nada. Pero nuestros ojos lo expresaban todo.
Le aconsejo que se ciña más el manto y él me hace
observar que mi caballo se aleja demasiado del suyo:
ambos nos interesamos tanto por la vida del otro
como por nuestra propia vida; no nos reímos. Se esfuerza
en sonreírme, pero percibo que su rostro lleva
el peso de las terribles impresiones que en él ha grabado
la reflexión, constantemente inclinada sobre las
esfinges que desconciertan, con sesgada mirada, las
grandes angustias de la inteligencia de los mortales.
Viendo la inutilidad de sus manejos, aparta los ojos,
tasca su freno terrestre con la baba de la rabia, y mira
el horizonte que huye cuando nos acercamos. A mi
vez, me esfuerzo por recordarle su dorada juventud,
que sólo pide entrar, como una reina, en los palacios
de los placeres, pero advierte que mis palabras brotan
con dificultad de mi demacrada boca y que los
años de mi propia primavera pasaron, tristes y glaciales,
como un sueño implacable que pasea, por las
mesas de los banquetes y los lechos de raso, donde
dormita la pálida sacerdotisa del amor, pagada con
la reverberación del oro, las amargas voluptuosidades
del desencanto, las pestilentes arrugas de la
vejez, los terrores de la soledad y las antorchas del
dolor. Viendo la inutilidad de mis manejos, no me
asombra no poder hacerle feliz; el Todopoderoso se
me aparece revestido con sus instrumentos de tortura,
en toda la resplandeciente aureola de su horror.
Aparto los ojos y miro al horizonte que huye cuando
nos acercamos... Nuestros caballos galopaban a lo
largo de la orilla, como si rehuyeran las miradas humanas...
Mario es más joven que yo; la humedad del
tiempo y la espuma salobre que nos salpica llevan el
contacto del frío a sus labios. Le digo: «¡Ten cuidado!...
¡ten cuidado!... Cierra tus labios, únelos el uno
al otro; ¿no adviertes las zarpas agudas de la quemazón
que produce el frío lacerando tu piel con urentes
heridas?» Mira mi frente y me replica con los movimientos
de su lengua: «Sí, veo esas verdes zarpas,
pero no alteraré la situación natural de mi boca para
ahuyentarlas. Mira si miento. Puesto que, al parecer,
es voluntad de la Providencia, quiero someterme a
ella. Su voluntad podría haber sido mejor.» Y yo exclamé:
«Admiro esta noble venganza.» Quise arrancarme
los cabellos, pero me lo impidió con una mirada
severa y le obedecí con respeto. Se hacía tarde y el
águila regresaba a su nido, excavado en las
fragosidades de la roca. Me dijo: «Voy a prestarte mi
manto para protegerte del frío: yo no lo necesito. » Le
repliqué: «¡Ay de ti si haces lo que dices! No quiero
que nadie sufra en mi lugar, y tú menos que nadie.»
No respondió porque yo tenía razón, pero comencé a
consolarle por el acento de mis palabras... Nuestros
caballos galopaban a lo largo de la orilla, como si
rehuyeran las miradas humanas... Erguí la cabeza
como la proa de un navío levantada por una enorme
ola y le dije: «¿Estás llorando? Te lo pregunto, rey de
las nieves y las nieblas, no veo lágrimas en tu rostro,
bello como la flor del cactus, y tus párpados están
secos como el lecho del torrente; pero advierto, en el
fondo de tus ojos, una cuba llena de sangre, donde
hierve tu inocencia mordida en el cuello por un escorpión
de gran especie. Un viento violento se abate
sobre el fuego que calienta la caldera y dispersa las
oscuras llamas hasta hacerlas salir de tu órbita sagrada.
He acercado mis cabellos a tu rosada frente y
he notado cierto olor a chamuscado porque comenzaban
a arder. Cierra tus ojos, pues, de lo contrario,
tu rostro, calcinado como la lava del volcán, caerá
hecho cenizas en el hueco de mi mano.» Y él se volvió
hacia mí, sin ocuparse de las riendas que empuñaba,
y me contempló enternecido, mientras, lentamente,
abría y cerraba sus párpados de lirio, como el flujo y
reflujo del mar. Quiso responder a mi audaz pregunta
y lo hizo así: «No te ocupes de mí. Al igual que los
vapores de los ríos reptan por las laderas de la colina
y, una vez llegados a la cumbre, se lanzan a la atmósfera
formando nubes, así tus inquietudes por mí se
han incrementado insensiblemente, sin motivo razonable,
y forman por encima de tu imaginación, el
engañoso cuerpo de un espejismo desolado. Te aseguro
que no hay fuego en mis ojos, aunque sienta la
impresión de que mi cráneo está metido en un casco
de carbones ardientes. ¿Cómo quieres que las carnes
de mi inocencia hiervan en la cuba, si sólo escucho
gritos muy débiles y confusos que, para mí, son sólo
los gemidos del viento que pasa por encima de nuestras
cabezas? Es imposible que un escorpión haya
fijado su residencia y sus agudas pinzas en el fondo
de mi destrozada órbita, creo, más bien, que son unas
vigorosas tenazas las que machacan los nervios ópticos.
Sin embargo, pienso, como tú, que la sangre
que llena la cuba ha sido extraída de mis venas por
un verdugo invisible, durante el sueño de la última
noche. Te he estado esperando mucho tiempo, hijo
amado del océano, y mis adormecidos brazos entablaron
un vano combate con Aquel que se había introducido
en el vestíbulo de mi casa... Sí, siento que
mi alma está aherrojada en el cerrojo de mi cuerpo y
que no puede desprenderse de él para huir lejos de
las orillas que golpea el mar humano y no seguir siendo
testigo del espectáculo de la lívida jauría de las
desgracias persiguiendo, sin descanso, a través de
las hondonadas y los abismos del inmenso desaliento,
a las gamuzas humanas. Pero no me quejaré. Recibí
la vida como una herida y no he permitido que el
suicidio curara la cicatriz. Quiero que el Creador contemple,
a cualquier hora de su eternidad, su abierta
grieta. Este es el castigo que le inflijo. Nuestros corceles
reducen la velocidad de sus cascos de bronce; sus
cuerpos tiemblan como el cazador sorprendido por
una manada de pecaríes. No deben ponerse a escuchar
lo que decimos. A fuerza de atención, su inteligencia
se desarrollaría y tal vez pudieran comprendernos.
¡Ay, de ellos, pues sufrirían más! En efecto,
piensa tan sólo en los jabatos de la humanidad: el
grado de inteligencia que los separa de los demás
seres de la creación parece haberles sido concedido,
sólo, al precio irremediable de incalculables sufrimientos.
Imita mi ejemplo y que tu espuela de plata
se hunda en los ijares de tu corcel...» Nuestros caballos
galopaban a lo largo la orilla, como si rehuyeran
las miradas humanas.
[…]
Era un día de primavera. Los pájaros derramaban
sus cánticos en alegres trinos y los humanos, que
habían acudido a sus distintas obligaciones, se bañaban
en la santidad de la fatiga. Todo trabajaba en
su destino: los árboles, los planetas, los escualos.
¡Todo, excepto el Creador! Estaba tendido en el camino,
con las ropas desgarradas. Su labio inferior pendía
como un cable somnífero; sus dientes no habían
sido lavados y el polvo se mezclaba con las rubias
ondas de sus cabellos. Amodorrado por un pesado
sopor, molido por los guijarros, su cuerpo hacía inútiles
esfuerzos para levantarse. Sus fuerzas le habían
abandonado y yacía allí, débil como la lombriz,
impasible como la corteza. Chorros de vino llenaban
los agujeros excavados por la nerviosa agitación de
sus hombros. El embrutecimiento, de porcino hocico,
le cubría con sus alas protectoras y le lanzaba amorosas
miradas. Sus piernas, de relajados músculos, barrían
el suelo como dos mástiles ciegos. La sangre
manaba de su nariz: en su caída se había golpeado la
cara contra un poste... ¡Estaba borracho! ¡Horriblemente
borracho! ¡Borracho como una chinche que se
hubiera atracado durante la noche con tres toneles de
sangre! Llenaba el eco de incoherentes palabras que
me guardaré mucho de repetir aquí, si el supremo beodo
no se respeta, yo debo respetar a los hombres.
¿Sabíais que el Creador... se emborrachaba? ¡Piedad
para ese labio mancillado en las copas de la orgía! El
erizo, al pasar, le hundió sus púas en la espalda y
dijo: «Ahí tienes eso. El sol está en la mitad de su
carrera: trabaja, holgazán, y no te comas el pan de
los otros. Espera y verás si llamo a las cacatúas de
ganchudo pico.» El picoverde y la lechuza, al pasar,
le hundieron todo el pico en el vientre y dijeron: «Ahí
tienes eso. ¿Qué pretendes hacer en esta tierra? ¿Has
venido a ofrecer tan lúgubre comedia a los animales?
Pero ni el topo, ni el casoar, ni el flamenco te imitarán,
te lo juro.» El asno, al pasar, le dio una coz en la
sien y dijo: «Ahí tienes eso. ¿Qué te había hecho yo
para que me dieras orejas tan largas? Ni siquiera el
grillo deja de despreciarme.» El sapo, al pasar, le lanzó
un chorro de baba a la frente y dijo: «Ahí tienes
eso. Si no me hubieras hecho tan grande el ojo y te
hubiere visto en el estado en que te veo, habría ocultado
castamente la belleza de tus miembros bajo una
lluvia de ranúnculos, miosotis y camelias, para que
nadie te viese.» El león, al pasar, inclinó su regia faz y
dijo: «Por mi parte, le respeto aunque su esplendor
nos parezca, de momento, eclipsado. Vosotros, que
os hacéis los orgullosos, sois sólo unos cobardes porque
le habéis atacado cuando dormía, ¿os gustaría
que, en su lugar, tuvierais que soportar, de parte de
los que pasaran, las injurias que no le habéis ahorrado?
» El hombre, al pasar, se detuvo ante el desconocido
Creador, y, entre los aplausos de la ladilla y la
víbora, defecó durante tres días sobre su augusto
rostro. ¡Ay del hombre culpable de esta injuria!, pues
no respetó al enemigo, tendido en la mezcla de barro,
sangre y vino, indefenso y casi inanimado... Entonces,
el Dios soberano, despertado al fin por tan
mezquinos insultos, se levantó como pudo, tambaleándose
fue a sentarse en una piedra, con los brazos
colgando, como los dos testículos del tísico, y lanzó
una mirada vidriosa, sin fuego, a toda la naturaleza
que le pertenecía. ¡Oh!, humanos, sois niños terribles;
pero, os lo suplico, respetemos esa gran existencia
que no ha terminado todavía de digerir el licor
inmundo y, no habiendo conservado fuerzas bastantes
para mantenerse en pie, ha vuelto a caer, pesadamente,
sobre esa roca en la que se sienta como un
viajero. Prestad atención a este mendigo que pasa;
ha visto que el derviche le tendía un brazo famélico
y, sin saber a quién daba limosna, ha depositado un
mendrugo de pan en esa mano que implora misericordia.
El Creador se lo ha agradecido con una inclinación
de cabeza. ¡Oh!, ¡nunca sabréis qué difícil es
empuñar constantemente las riendas del universo!
A veces, la sangre sube a la cabeza cuando se está
empeñado en sacar de la nada un postrer cometa,
con una nueva raza de espíritus. La inteligencia, demasiado
conmovida de los pies a la cabeza, se retira
como un vencido y puede caer, una vez en la vida, en
los extravíos de que habéis sido testigos.
Un fanal rojo, bandera del vicio, colgado del extremo
de un soporte, balanceaba su armazón azotado por
los cuatro vientos, sobre una puerta maciza y carcomida.
Un sucio corredor, que olía a muslo humano,
daba a un corral donde buscaban su comida algunos
gallos y gallinas más flacos que sus propias alas. En
el muro que rodeaba el corral, y orientadas al oeste,
se habían practicado con parsimonia distintas aberturas,
cerradas por enrejados postigos. El musgo cubría
ese cuerpo de edificio que, sin duda, había sido
un convento y servía, en la actualidad, como el resto
de la construcción, de vivienda a todas esas mujeres
que mostraban cada día, a quienes entraban, el interior
de sus vaginas a cambio de un poco de oro. Me
encontraba en un puente cuyos pilones se hundían
en el agua lodosa de un foso circundante. Desde su
elevada superficie, contemplaba en el campo, aquella
construcción inclinada sobre su propia vejez, y
los menores detalles de su arquitectura interior. A
veces, la reja de un postigo se levantaba rechinando,
como impulsada hacia arriba por una mano que violentara
la naturaleza del hierro: un hombre asomaba
la cabeza por la abertura a medias despejada, sacaba
sus hombros, sobre los que caía el desconchado
yeso y hacía seguir, en tan laboriosa extracción, su
cuerpo cubierto de telarañas. Apoyando sus manos,
como una corona, sobre las inmundicias de toda suerte
que oprimían el suelo con su peso, mientras tenía
todavía la pierna atrapada en la retorcida reja, recobraba
así su postura natural, iba a mojar sus manos
en una coja artesa cuya agua jabonosa había visto
elevarse y caer a generaciones enteras, y se alejaba
luego a toda prisa de aquellas callejas arrabaleras,
para ir a respirar aire puro en el centro de la ciudad.
Cuando el cliente había salido, una mujer por completo
desnuda aparecía en el exterior, del mismo
modo, y se dirigía a la misma artesa. Entonces, los
gallos y las gallinas acudían en tropel desde los distintos
puntos del corral, atraídos por el olor seminal,
la derribaban pese a sus vigorosos esfuerzos, pisoteaban
la superficie de su cuerpo como si fuera un
estercolero y desgarraban a picotazos, hasta hacer
brotar la sangre, los fláccidos labios de su hinchada
vagina. Las gallinas y los gallos, saciado su buche,
volvían a escarbar la hierba del corral; la mujer, limpia
ya, se levantaba, temblorosa, cubierta de heridas
como si despertara tras una pesadilla. Dejaba caer el
trapo que traía para enjuagar sus piernas y, no necesitando
ya la artesa común, regresaba a su madriguera,
igual como había salido, para esperar otra actuación.
Al ver este espectáculo, también yo quise penetrar en
aquella casa. Me disponía a bajar del puente cuando
vi, en el entablamento de un pilar, esta inscripción en
caracteres hebraicos: «Vosotros, que pasáis por este
puente, no prosigáis. El crimen y el vicio habitan aquí;
un día, sus amigos aguardaron en vano a un joven
que había cruzado la puerta fatal.» La curiosidad
venció al temor. Pocos instantes más tarde llegué
ante un postigo cuya reja tenía sólidos barrotes que
se entrecruzaban estrechamente. Quise mirar al interior
a través del espeso tamiz. Primero no pude ver
nada, pero no tardé en distinguir los objetos que se
hallaban en la oscura habitación, gracias a los rayos
del sol, cuya luz iba disminuyendo y pronto desaparecería
por el horizonte. La primera y única cosa que
llamó mi atención fue un bastón rubio, compuesto
por pequeños conos que se introducían unos en otros.
¡Aquel bastón se movía! ¡Se desplazaba por la habitación!
Tan fuerte eran sus sacudidas que el suelo
temblaba; con sus dos extremos abría enormes brechas
en el muro y parecía un ariete con el que se
golpea la puerta de una ciudad sitiada. Sus esfuerzos
eran inútiles; los muros estaban construidos con
piedras de sillería y, cuando golpeaba la pared, lo
veía curvarse como una hoja de acero y rebotar como
una pelota elástica. ¡Aquel bastón no estaba, pues,
hecho de madera! Advertí, luego, que se enroscaba
y se desenroscaba con facilidad, como una anguila.
Aunque alto como un hombre, no se aguantaba derecho.
A veces, lo intentaba y mostraba uno de sus
extremos ante la reja del postigo. Daba impetuosos
saltos, caía de nuevo en tierra sin poder derribar el
obstáculo. Comencé a mirarlo cada vez con mayor
atención y vi que era un cabello. Después de una
gran lucha con la materia que lo rodeaba como una
prisión, fue a apoyarse en la cama que amueblaba
aquella habitación, con la raíz descansando en una
alfombra y la punta adosada a la cabecera. Tras unos
instantes de silencio, durante los que escuché
entrecortados sollozos, levantó la voz y habló de este
modo: «Mi dueño me ha olvidado en esta habitación;
no viene a buscarme.


El Conde de Lautréamont.-


CONTINUARÁ.... 

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Este obra cuyo autor es GLOSMARYS ELEORANA CAMACHO ALBARRAN está bajo una licencia de Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional de Creative Commons.