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domingo, 21 de febrero de 2016

El Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror.- CANTO TERCERO- Parte Final.

El Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror.- CANTO TERCERO-  Parte Final.



Se ha levantado de esta cama en la que estoy apoyado, ha peinado su perfumada cabellera y no ha reparado en que, antes, yo había caído al suelo. Sin embargo, si me hubiera recogido, este acto de simple justicia no me habría parecido sorprendente. Me abandona en esta emparedada habitación, tras haberse envuelto en los brazos de una mujer. Y qué mujer! Las sábanas están todavía húmedas de su tibio contacto y muestran, en su desorden, la huella de una noche pasada en el amor...» 

¡Y me pregunté quién podía ser su dueño! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más energía!...

«Mientras toda la naturaleza dormitaba en su castidad, él ha copulado con una mujer degradada, en lascivos e impuros abrazos. Se ha rebajado hasta dejar que se aproximaran, a su faz augusta, unas mejillas despreciables por su habitual impudicia, ajada su lozanía. No se ruborizaba, pero yo me ruborizaba por él. No cabe duda de que se sentía feliz durmiendo con semejante esposa de una sola noche. La mujer, asombrada por el majestuoso aspecto del huésped, parecía gozar incomparables voluptuosidades y le besaba el cuello con frenesí.»

 ¡Y me pregunté quién podía ser su dueño! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más energía!... 

«Yo, mientras, sentía cómo pústulas envenenadas, cada vez más numerosas por su desacostumbrado ardor debido a los goces de la carne, rodeaban mi raíz con su hiel mortal, absorbiendo, con sus ventosas, la sustancia generadora de mi vida. Cuanto más se abandonaban a sus insensatos movimientos, más sentía yo que disminuían mis fuerzas. Cuando los deseos corporales alcanzaron el paroxismo de su furor, advertí que mi raíz se inclinaba sobre sí misma, como un soldado herido por una bala. La antorcha de la vida se había extinguido en mí y me desprendí de su ilustre cabeza, como una rama muerta; caí al suelo, sin valor, sin fuerza, sin vitalidad, pero sintiendo profunda compasión por aquel a quien pertenecía: pero sintiendo un dolor eterno por su voluntario extravío...» 

¡Y me pregunté quién podía ser su dueño! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más energía!... 

«Si, al menos, hubiera rodeado con su alma el inocente seno de una virgen. Ella habría sido digna de él y la degradación hubiera sido menor. Besa, con sus labios, esa frente cubierta de barro que los hombres han pisoteado con su polvoriento talón... Aspira, con su desvergonzada nariz, las emanaciones de aquellas dos húmedas axilas... Vi la membrana de estas últimas contraerse de vergüenza, mientras, por su lado, la nariz se negaba a aquella aspiración infame. Pero ni él ni ella prestaban atención alguna a las solemnes advertencias de las axilas, a la apagada y lívida repulsión de las fosas nasales. Ella levantaba más sus brazos y él, con más fuerte impulso, hundía el rostro en sus huecos. Me veía obligado a ser cómplice de tal profanación. Me veía obligado a ser el espectador de tan inaudito desenfreno, a asistir a la forzada aleación de aquellos dos seres, cuyas distintas naturalezas estaban separadas por un abismo inconmensurable...» 

¡Y me pregunté quién podía ser su dueño! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más energía!... 

«Cuando se hubo saciado de respirar a aquella mujer, quiso arrancarle uno por uno los músculos, pero, como era mujer, la perdonó y prefirió hacer sufrir a un ser de su propio sexo. Llamó, de la celda vecina, a un joven que había acudido a la casa para pasar unos instantes de solaz con una de aquellas mujeres y le conminó a colocarse a un paso de sus ojos. Hacía tiempo ya que yo yacía en el suelo. Careciendo de fuerzas para erguirme sobre mi ardiente raíz, no pude ver lo que hicieron. Sé, sin embargo, que apenas el joven estuvo al alcance de su mano, jirones de carne cayeron a los pies de la cama y se colocaron junto a mí. Ellos me contaron, en voz baja, que las zarpas de mi dueño los habían arrancado de los hombros del adolescente. Este, al cabo de unas horas, durante las que había luchado contra una fuerza mayor que la suya, se levantó de la cama y se retiró majestuosamente. Se hallaba literalmente desollado de los pies a la cabeza; arrastraba, por las losas de la habitación, su piel arrancada. Se decía que su carácter estaba lleno de bondad, que deseaba creer que sus semejantes eran también buenos, que por ello había accedido al deseo del distinguido extranjero que le había llamado a su lado, pero que jamás de los jamases esperó ser torturado por un verdugo. Por semejante verdugo, añadió tras una pausa. Por fin, se dirigió hacia el postigo, que se hendió compasivamente hasta el nivel del suelo en presencia de aquel cuerpo desprovisto de epidermis. Sin abandonar su piel, que podía servirle todavía, aunque fuera sólo de manto, intentó desaparecer de aquella emboscada; una vez se hubo alejado de la habitación, no pude ver si había tenido fuerzas para llegar a la puerta de salida. ¡Oh!, ¡con qué respeto, pese a su hambre, se alejaban los gallos y gallinas de aquel largo rastro de sangre en la empapada tierra!» 

¡Y me pregunté quién podía ser su dueño! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más energía!... 

«Entonces, aquel que hubiera debido tener más en cuenta su dignidad y su justicia, se incorporó, penosamente, sobre su fatigado codo. Solo, sombrío, asqueado y horrendo... Se vistió con lentitud.Las monjas, sepultadas desde hacía siglos en las catacumbas del convento, tras despertar sobresaltadas por los ruidos de aquella noche horrible, que chocaban entre sí en una celda situada sobre la cripta, se cogieron de las manos y formaron un fúnebre corro a su alrededor. Mientras él buscaba los escombros de su antiguo esplendor, lavaba sus manos escupiendo y las secaba, luego, en sus cabellos (mejor era lavarlas con esputos que no lavarlas en absoluto, tras haber pasado toda una noche en el vicio y el crimen), ellas entonaron las quejumbrosas plegarias por los muertos que se cantan cuando alguien es depositado en su tumba. En efecto, el joven no debía sobrevivir a aquel suplicio que una mano divina le había infligido, y sus agonías concluyeron, mientras las monjas cantaban...» 

Recordé la inscripción del pilar, comprendí lo que había sido del púber soñador a quien sus amigos esperaban, aún, día tras día, desde el instante de su desaparición... ¡y me pregunté quién podía ser su dueño! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más energía!... 

«Los muros se abrieron para dejarle pasar; las monjas, viéndole emprender el vuelo por los aires, con alas que hasta entonces había ocultado en su vestidura de esmeralda, volvieron a colocarse, en silencio, bajo las losas de sus sepulturas. Partió hacia su mansión celestial, dejándome aquí; no es justo. Los demás cabellos permanecieron en su cabeza, y yo yazgo en esta lúgubre habitación, en el entablado cubierto de sangre coagulada, de jirones de carne seca; esta habitación se ha vuelto maldita desde que se introdujo en ella, nadie más entra; y, mientras, sigo encerrado. ¡Así están, pues, las cosas! No veré ya a las legiones de ángeles marchando en prietas falanges, ni los astros paseando por los jardines de la armonía. Pues bien, sea... sabré soportar con resignación mi desgracia. Pero no dejaré de contar a los hombres lo que ha ocurrido en esta celda. Les autorizaré a deshacerse de su dignidad, como de un vestido inútil, puesto que ese es el ejemplo de mi dueño; les aconsejaré que chupen la verga del crimen, puesto que otro lo hizo ya...» 

El cabello enmudeció... ¡Y me pregunté quién podía ser su dueño! ¡Y mis ojos se adherían a la reja con más energía!... 

Acto seguido retumbó el trueno; un fulgor fosforescente penetró en la habitación. Retrocedí, a mi pesar, por no sé qué instinto admonitorio. A pesar de haberme alejado del postigo, escuché otra voz, pero ésta reptante y suave, por miedo a dejarse oír: 

«¡No des esos saltos! Cállate..., cállate..., ¡si alguien te oyese!, te colocaré de nuevo entre los demás cabellos; pero deja, antes, que el sol se ponga por el horizonte para que la oscuridad cubra tus pasos..., no te he olvidado, pero te hubieran visto salir y me habrías comprometido. ¡Oh, si supieras cómo he sufrido desde entonces! De regreso al cielo, mis arcángeles me rodearon con curiosidad; no quisieron preguntarme el motivo de mi ausencia. Ellos, que nunca se habían atrevido a levantar sus ojos hasta mí, lanzaban, esforzándose por adivinar el enigma, estupefactas miradas a mi abatida faz, aunque no advirtieran la profundidad de ese misterio, y se comunicaban en voz baja pensamientos que temían, en mí, algún cambio desacostumbrado. Lloraban con silenciosas lágrimas, vagamente sentían que ya no era el mismo, habiéndome vuelto inferior a mi identidad. Habrían querido conocer la funesta resolución que me había hecho cruzar las fronteras del cielo para abatirme sobre la tierra y gozar las efímeras voluptuosidades que ellos mismos desprecian profundamente. Descubrieron en mi frente una gota de esperma, una gota de sangre. ¡La primera había brotado de los muslos de la cortesana! ¡La segunda había saltado de las venas del mártir! ¡Odiosos estigmas! ¡Inquebrantables rosetones! Mis arcángeles encontraron, colgando de los breñales del espacio, los restos llameantes de mi túnica de ópalo, que flotaban por encima de las atónitas poblaciones. No pudieron reconstruirla y mi cuerpo permanece desnudo ante su inocencia; memorable castigo de la virtud abandonada. Mira los surcos que se han abierto un lecho en mis descoloridas mejillas: son la gota de esperma y la gota de sangre que corren, lentamente, por mis secas arrugas. Llegadas al labio superior, hacen un esfuerzo inmenso y penetran en el santuario de mi boca, atraídas, como por un imán, hacia el irresistible gaznate. Esas dos gotas implacables me están ahogando. Yo, hasta hoy, me había creído el Todopodero, pero no; debo inclinar la cerviz ante el remordimiento que me grita: «¡Eres sólo un miserable!» ¡No des esos saltos! Cállate..., cállate..., ¡si alguien te oyese!, te colocaré de nuevo entre los demás cabellos, pero deja, antes, que el sol se ponga por el horizonte para que la oscuridad cubra tus pasos... He visto a Satán, el gran enemigo, levantar las óseas marañas del armazón, sobre su sopor de larva y, de pie, triunfante, sublime, arengar a sus reunidas tropas y, tal como merezco, mofarse de mí. Ha dicho que le asombraba mucho que su orgulloso rival, cogido en flagrante delito por el éxito, por fin obtenido, de un perpetuo espionaje, pudiera rebajarse así hasta besar el vestido del desenfreno humano, tras un largo viaje a través de los arrecifes del éter, y hacer que pereciera, entre sufrimientos, un miembro de la humanidad. Ha dicho que aquel joven, destrozado por el engranaje de mis refinados suplicios, habría podido convertirse en una genial inteligencia, consolar a los hombres, en esta tierra, con admirables cantos de poesía, de aliento, frente a los golpes del infortunio. Ha dicho que las monjas del convento-lupanar no podían ya recuperar su sueño; merodean por el patio, gesticulando como autómatas, pisoteando los ranúnculos y las lilas, enloquecidas de indignación, aunque no lo bastante como para no recordar la causa que engendró semejante enfermedad en su cerebro... Helas aquí acercándose, vestidas con su blanco sudario; no se hablan; se cogen de la mano. Sus cabellos caen en desorden sobre sus hombros desnudos; un ramillete de flores negras se inclina en su seno. Monjas, regresad a vuestra sepultura, la noche no ha caído todavía por completo, es sólo el crepúsculo vespertino... ¡Oh, cabello, tú mismo lo ves, por todas partes me asalta el desenfrenado sentimiento de mi depravación! Ha dicho que el Creador, que presume de ser la Providencia de todo lo que existe, se ha portado con mucha ligereza, por no decir algo peor, ofreciendo semejante espectáculo a los mundos estrellados; pues ha afirmado, con claridad, su designio de contar por los planetas orbiculares cómo sostengo, con mi propio ejemplo, la virtud y la bondad en la inmensidad de mis reinos. Ha dicho que el gran respeto que sentía por tan noble enemigo, había desaparecido de su imaginación, y que prefería llevar su mano al seno de una muchacha, aunque sea un acto de execrable maldad, que escupir en mi rostro, cubierto por tres capas entremezcladas de sangre y esperma, para que su baboso esputo no se ensuciara. Ha dicho que se creía, con razón, superior a mí, no en el vicio, sino en la virtud y el pudor; no en el crimen, sino en la justicia. Ha dicho que, por mis innumerables faltas, debía ser atado a una picota, ser quemado a fuego lento en un ardiente brasero, para ser arrojado luego al mar, siempre que el mar quisiera recibirme. Que, presumiendo de ser justo, yo, que le había condenado a las penas eternas por una ligera rebelión sin graves consecuencias, tenía que aplicarme, pues, a mí mismo, una justicia severa y juzgar con imparcialidad mi conciencia, cargada de iniquidades... ¡No des esos saltos! Cállate..., cállate..., ¡si alguien te oyese!, te colocaré de nuevo entre los demás cabellos, pero deja, antes, que el sol se ponga por el horizonte, para que la oscuridad cubra tus pasos.» 

Se detuvo unos instantes; aunque ya no le viese, comprendí, por esa detención necesaria, que una oleada de emoción levantaba su pecho, como un ciclón giratorio levanta una familia de ballenas. 

¡Divino pecho, mancillado un día por el amargo contacto de los pezones de una mujer sin pudor! ¡Alma regia, entregada, en un momento de abandono, al cangrejo de la orgía, al pulpo de la debilidad de carácter, al tiburón de la abyección individual, a la boa de la moral ausente y al monstruoso caracol de la idiotez! El cabello y su dueño se abrazaron estrechamente, como dos amigos que se encuentran tras una larga ausencia. El Creador prosiguió, acusado, compareciendo ante su propio tribunal: 

«¡Y qué pensarán de mí los hombres, que en tan alta estima me tenían, cuando conozcan los extravíos de mi conducta, la titubeante marcha de mi sandalia por los cenagosos laberintos de la materia y la dirección de mi tenebrosa ruta por entre las aguas estancadas y los húmedos juncos de la ciénaga donde, cubierto de brumas, azulea y muge el crimen de obscura pata!... Me doy cuenta de que me será necesario trabajar mucho, en el futuro, para rehabilitarme y reconquistar su estima.» 

Soy el Gran-Todo y, sin embargo, por un lado, sigo siendo inferior a los hombres a quienes creé con un poco de arena. Cuéntales una audaz mentira y diles que nunca salí del cielo, constantemente encerrado, con las preocupaciones del trono, los mármoles, las estatuas y los mosaicos de mis palacios. Me he presentado ante los celestiales hijos de la humanidad; les he dicho: 

«Expulsad el mal de vuestras chozas y permitid que el manto del bien entre en vuestro hogar. Quien levante la mano contra alguno de sus semejantes, produciéndole en el seno una herida mortal con el hierro homicida, que no espere los efectos de mi misericordia y tema las balanzas de la justicia. Irá a ocultar su tristeza en los bosques, pero el rumor de las hojas, a través de los claros, cantará a sus oídos la balada del remordimiento, y huirá de aquellos parajes, pinchado en la cadera por el zarzal, el acebo y el cardo azul, trabados sus rápidos pasos por la flexibilidad de las lianas y las mordeduras de los escorpiones. Se dirigirá hacia los guijarros de la playa, pero la marea ascendente, con sus brumazones y su peligrosa cercanía, le dirán que no ignoran su pasado, y precipitará su ciega carrera hacia a cima de los acantilados, mientras los estridentes vientos del equinoccio, hundiéndose en las grutas naturales del golfo y las oquedades practicadas bajo la muralla de las resonantes rocas, bramarán como los inmensos rebaños de búfalos de las pampas. Los faros de la costa le perseguirán, hasta los límites del septentrión, con sus sarcásticos destellos, y los fuegos fatuos de las marismas, simples vapores en combustión, con sus danzas fantásticas, harán estremecer los pelos de sus poros y verdear el iris de sus ojos. Que el pudor se complazca en vuestras cabañas y encuentre seguridad a la sombra de vuestros campos. Así, vuestros hijos serán hermosos y se inclinarán, con agradecimiento, ante sus padres; si no, enflaquecidos y desmedrados como el pergamino de las bibliotecas, avanzarán a grandes pasos, llevados por la revuelta, contra el día de su nacimiento y el clítoris de su madre impura ¿Cómo querrán obedecer los hombres tan severas leyes, si el propio legislador es el primero que se niega a acatarlas?... ¡Y mi vergüenza es inmensa como la eternidad!» 

Oí que el cabello le perdonaba, con humildad, su secuestro, porque su dueño había actuado por prudencia y no por ligereza, y el pálido y postrer rayo del sol que iluminaba mis párpados se retiró de las quebradas de la montaña. Vuelto hacia él, lo vi plegarse como un sudario...

¡No des esos saltos! Cállate..., cállate.... ¡si alguien te oyese! Te colocaré de nuevo entre los demás cabellos. Y, ahora que el sol se ha puesto por el horizonte, cínico viejo y dulce cabello, reptad, ambos, hacia la lejanía del lupanar, mientras la noche, extendiendo su sombra sobre el convento, cubre el recorrido de vuestros pasos furtivos por la llanura... 

Entonces, el piojo, surgiendo de pronto por detrás de un promontorio, me dijo, erizando sus garras: 

«¿Qué te parece?» 

Pero no quise replicarle. Me retiré y llegué al puente. Borré la inscripción primordial y la cambié por esta: 

«Es doloroso guardar, como un puñal, semejante secreto en el corazón, pero juro no revelar jamás aquello de lo que fui testigo cuando penetré, por vez primera, en ese terrible torreón.» 

Arrojé, por encima del parapeto, el cortaplumas que me había servido para grabar las letras, y, haciendo algunas reflexiones rápidas sobre el carácter del infantil Creador, que debía aún, ¡ay!, durante mucho tiempo, hacer sufrir a la humanidad (la eternidad es larga), bien con las crueldades ejercidas o bien con el innoble espectáculo de los chancros que produce un gran vicio, cerré los ojos, como un hombre ebrio, al pensar que tenía tal ser por enemigo, y reemprendí, con tristeza, mi camino por el dédalo de calles.

By El Conde de Lautréamont

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Este obra cuyo autor es GLOSMARYS ELEORANA CAMACHO ALBARRAN está bajo una licencia de Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional de Creative Commons.