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domingo, 28 de febrero de 2016

El Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror.- CANTO CUARTO.-

CANTO CUARTO - El Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror.-

Es un hombre o una piedra o un árbol el que se dispone a iniciar el cuarto canto. Cuando el pie resbala al pisar una rana, se experimenta una sensación de asco, pero cuando apenas se roza el cuerpo humano con la mano, la piel de los dedos se resquebraja, como las escamas de un bloque de mica roto a martillazos, y, al igual que el corazón de un tiburón, que lleva una hora muerto, palpita todavía, en cubierta, con tenaz vitalidad, nuestras entrañas se agitan de cabo a rabo, mucho tiempo después del contacto.

¡Tanto horror inspira el hombre a su propio semejante! Tal vez me engañé cuando lo digo, pero tal vez, también, diga la verdad. Conozco, concibo una enfermedad más terrible que los ojos hinchados por las largas meditaciones sobre el extraño carácter del hombre: pero estoy buscándola todavía... ¡Y no he podido encontrarla! No me creo menos inteligente que otro y, sin embargo, ¿quién se atrevería a afirmar que he tenido éxito en mis investigaciones? ¡Qué mentira brotaría de su boca! El antiguo templo de Denderah está situado a una hora y media de la orilla izquierda del Nilo. Hoy, innumerables falanges de avispas se han apoderado de los canalones y las cornisas. Revolotean en torno a las columnas, como las tupidas ondas de una negra cabellera. Únicos habitantes del frío pórtico, custodian la entrada de los vestíbulos como un derecho hereditario. Comparo el bordoneo de sus alas metálicas con el incesante choque de los témpanos, precipitándose unos contra otros, durante el deshielo de los mares polares. Pero si considero la conducta de aquel a quien la providencia dio el trono de esta tierra, los tres alerones de mi dolor dejan oír un mayor murmullo.

Cuando un cometa, durante la noche, aparece de pronto en una región del cielo, tras ochenta años de ausencia, muestra a los habitantes terrestres y a los grillos su cola brillante y vaporosa. Sin duda, no es consciente de tan largo viaje. No ocurre así conmigo: acodado en la cabecera de mi cama, mientras los aserrados festones de un horizonte árido y lúgubre destacan vigorosamente sobre el fondo de mi alma, me absorbo en las ensoñaciones de la compasión y me ruborizo por el hombre. Doblegado por el cierzo, el marinero, tras haber hecho su cuarto de guardia nocturno, se apresura a regresar a su hamaca: ¿por qué no se me ofrece este consuelo? La idea de que he caído, voluntariamente, tan bajo como mis semejantes y que tengo menos derecho que otro a pronunciar queja alguna sobre nuestra suerte, que permanece encadenada a la endurecida corteza de un planeta, y sobre la esencia de nuestra alma perversa, me penetra como un clavo forjado. Se han visto explosiones de grisú que han aniquilado familias enteras; pero conocieron poco tiempo la agonía porque la muerte es casi súbita entre los escombros y los gases deletéreos: ¡yo... sigo existiendo como el basalto!

Tanto a la mitad como al comienzo de la vida, los ángeles se parecen a sí mismos: ¡hace ya mucho tiempo que no me parezco a mí mismo! El hombre y yo, emparedados en los límites de nuestra inteligencia, como a menudo lo está un lago en un cinturón de islas de coral, en vez de unir nuestras fuerzas respectivas para defendernos contra el azar y el infortunio, nos separamos, con los temblores del odio, tomando dos caminos opuestos, como si nos hubiéramos herido recíprocamente con la punta de una daga. Diríase que el uno comprende el desprecio que inspira al otro. Impulsados por el móvil de una dignidad relativa, nos apresuramos a no inducir al error a nuestro adversario; cada uno va por su lado y no ignoro que la paz proclamada será imposible de mantener.

Pues bien, ¡sea!, que mi guerra contra el hombre se eternice, ya que cada uno reconoce en el otro su propia degradación..., ya que ambos son enemigos mortales. Obtenga una victoria desastrosa o sucumba, el combate será hermoso: yo solo contra la humanidad. No utilizaré armas construidas con madera o hierro; alejaré con el pie las capas de minerales extraídos de la tierra: la sonoridad potente y seráfica del arpa será, en mis dedos, un temible talismán. El hombre, ese sublime simio, ha atravesado ya mi pecho, en más de una emboscada, con su lanza de pórfido: un soldado no muestra sus heridas por gloriosas que sean. Esta guerra terrible arrojará el dolor en ambas partes: dos amigos que intentan, con obstinación, destruirse, ¡qué drama!

Dos pilares, que no era difícil y menos aún imposible tomar por baobabs, se distinguían en el valle, más grandes que dos alfileres. En efecto, eran dos enormes torres. Y, aunque dos baobabs, a primer golpe de vista, no se parecen a dos alfileres, ni siquiera a dos torres, sin embargo, empleando con habilidad los hilos de la prudencia, es posible afirmar, sin temor a equivocarse (pues si la afirmación fuera acompañada de una sola pizca de temor, no sería ya una afirmación, aunque el mismo nombre exprese esos dos fenómenos del alma que presentan caracteres bastante distintos como para no ser confundidos a la ligera), que un baobab no es tan distinto de un pilar como para que esté prohibida la comparación entre esas formas arquitectónicas... o geométricas... o ambas cosas... o ninguna de las dos... o, mejor, formas elevadas y macizas.
Acabo de encontrar, no pretendo decir lo contrario, los epítetos adecuados a los sustantivos pilar y baobab: sépase bien que, no sin una alegría mezclada con orgullo, se lo hago notar a quienes, tras haber levantado sus párpados, han tomado la muy loable resolución de recorrer estas páginas; mientras arde la vela, si es de noche, mientras alumbra el sol, si es de día. Y además, aunque un poder superior nos ordenara, en los términos más claramente precisos, arrojar a los abismos del caos la juiciosa comparación que, sin duda, todos han podido saborear con impunidad, incluso, entonces, y, sobre todo, entonces, no debe perderse de vista este axioma principal, las costumbres contraídas con los años, los libros, el contacto con sus semejantes y el carácter inherente a cada uno, que se desarrolla en rápido florecimiento, impondría, al espíritu humano, el irreparable estigma de la reincidencia en el empleo criminal (criminal, si nos situamos momentánea y espontáneamente en el punto de vista del poder superior) de una figura de retórica que varios desprecian, pero que muchos elogian.

Si al lector esta frase le parece demasiado larga, que acepte mis excusas, pero que no espere bajezas de mi parte. Puedo reconocer mis faltas, pero no agravarlas con mi cobardía. Mis razonamientos chocarán, a veces, con los cascabeles de la locura y la apariencia seria de lo que, a fin de cuentas, sólo es grotesco (aunque, según ciertos filósofos, sea bastante difícil distinguir al bufón del melancólico, siendo la propia vida un drama cómico o una comedia dramática), sin embargo, a todos les está permitido matar moscas e, incluso, rinocerontes, para descansar, de vez en cuando, de un trabajo demasiado rudo. He aquí el modo más expeditivo de matar moscas, aunque no sea el mejor: se las aplasta entre los dos primeros dedos de la mano.

La mayoría de los escritores que han tratado a fondo este tema han determinado, con mucha verosimilitud, que es preferible, en varios casos, cortarles la cabeza. Si alguien me reprocha que hable de alfileres, como de un tema radicalmente frívolo, que advierta, sin prejuicios, que los mayores efectos fueron a menudo producidos por las causas más pequeñas. Y para no seguir alejándome del marco de esta hoja de papel, ¿no se advierte, acaso, que el laborioso fragmento literario que estoy componiendo, desde el inicio de esta estrofa, tal vez sería menos apreciado si se apoyara en una espinosa cuestión de química o de patología interna? Por lo demás, hay gustos para todo, y cuando, al comienzo, he comparado los pilares a los alfileres con tanto acierto (ciertamente no creí que algún día llegarían a reprochármelo), me he basado en las leyes de la óptica que establecen que, cuanto más alejado está de un objeto el rayo visual, con mayor disminución se refleja la imagen en la retina. […]
Estoy sucio. Los piojos me roen. Los lechones, cuando me miran, vomitan. Las costras y las escaras de la lepra han descamado mi piel, cubierta de pus amarillento. No conozco el agua de los ríos ni el rocío de las nubes, en mi nuca, como en un estercolero, crece una enorme seta de umbelíferos pedúnculos. Sentado en un mueble informe, no he movido mis miembros desde hace cuatro siglos. Mis pies han echado raíces en el suelo y componen, hasta mi vientre, una especie de vivaz vegetación, llena de innobles parásitos, que no deriva todavía de la planta, pero que ha dejado de ser carne. Sin embargo, mi corazón late. ¿Pero cómo podría latir si la podredumbre y las exhalaciones de mi cadáver (no me atrevo a decir mi cuerpo) no lo nutrieran en abundancia? En mi axila izquierda se ha instalado una familia de sapos y cuando uno de ellos se mueve, me hace cosquillas. Cuidad de que no escape uno y vaya a rascar, con su boca, el interior de vuestra oreja: luego sería capaz de penetrar en vuestro cerebro. En mi axila derecha hay un camaleón que intenta, perpetuamente, cazarlos para no morir de hambre: todos tenemos que vivir. Pero, cuando una de las partes desbarata por completo las artimañas de la otra, nada encuentran mejor que no molestarse, y chupan la delicada grasa que cubre mis costillas: estoy acostumbrado. Una maligna víbora devoró mi verga y ha tomado su lugar: la muy infame me ha hecho eunuco. ¡Oh, si hubiera podido defenderme con mis paralizados brazos!, pero creo, más bien, que se han convertido en leños. Sea como sea, es importante advertir que la sangre no acude ya a pasear por ellos su rojez. Dos pequeños erizos, que no crecen ya, han arrojado a un perro, que no lo ha rechazado, el contenido de mis testículos: tras lavar con cuidado la epidermis, se han alojado en su interior. El ano ha sido ocluido por un cangrejo; alentado por mi inercia, custodia la entrada con sus pinzas y me hace mucho daño. Dos medusas han cruzado los mares, inmediatamente atraídas por una esperanza que no se vio defraudada. Han mirado atentamente las dos partes carnosas que forman el trasero humano y, adaptándose a su convexa curva, las han aplastado de tal modo, por medio de una presión constante, que los dos pedazos de carne han desaparecido y han tomado su lugar dos monstruos, surgidos del reino de lo viscoso, iguales por su color, su forma y su ferocidad.
No habléis de mi columna vertebral porque es una espada. Sí, sí... no prestaba atención... Vuestra petición es justa. ¿Deseáis saber, no es cierto, por qué tengo una espada implantada verticalmente en mis riñones? Yo mismo no lo recuerdo con mucha claridad, sin embargo, si me decido a considerar un recuerdo, lo que, tal vez, sea sólo un sueño, sabed que el hombre, cuando supo que yo había hecho voto de vivir en la enfermedad y la inmovilidad hasta haber vencido al Creador, se me acercó por la espalda, de puntillas, aunque no tan quedo como para que yo no le oyese. Luego no escuché nada ya, durante unos instantes que no fueron muy largos. Aquel agudo puñal se hundió hasta la empuñadura entre los dos omoplatos del toro de los festejos, y su osamenta se estremeció como un temblor de tierra. La hoja se adhiere con tanta fuerza al cuerpo que nadie, hasta hoy, ha podido extraerla. Los atletas, los mecánicos, los filósofos, los médicos han probado, sucesivamente, los más distintos métodos. ¡Ignoraban que el mal que el hombre hace no puede ya deshacerse!

Perdoné la profundidad de su innata ignorancia y les saludé con los párpados de mis ojos. Viajero, cuando pases cerca de mí no me dirijas, te lo suplico, la menor palabra de consuelo: debilitarías mi valor. Déjame calentar mi tenacidad en la llama del martirio voluntario. Vete..., que yo no te inspire compasión alguna. El odio es más extraño de lo que crees; su conducta es inexplicable como la quebrada apariencia de un bastón sumergido en el agua. Aquí donde me ves, puedo hacer todavía excursiones hasta las murallas del cielo, a la cabeza de una legión de asesinos, y volver a tomar esta postura para meditar, de nuevo, sobre los nobles proyectos de la venganza. Adiós, no te entretendré más y, para instruirte y preservarte, reflexiona en la fatal suerte que me conduce a la rebelión, cuando es probable que haya nacido bueno. Contarás a tu hijo lo que has visto y, tomándole de la mano, haz que admire la belleza de las estrellas y las maravillas del universo, el nido del petirrojo y los templos del Señor. Te asombrará verle tan dócil a los consejos de la paternidad y le recompensarás con una sonrisa. Pero cuando sepa que no es observado, dirige tus ojos a él y le verás escupir su baba sobre la virtud; te ha engañado el descendiente de la raza humana, pero no seguirá engañándote: a partir de ahora sabrás qué va a ser de él. ¡Oh!, padre desgraciado, prepara, para acompañar los pasos de tu vejez, el indeleble cadalso que cortará la cabeza de un criminal precoz y el dolor que te mostrará el camino que lleva a la tumba.
[…]
Me había dormido en el acantilado. Aquel que, durante todo un día, ha perseguido al avestruz a través del desierto, sin poder alcanzarlo, no ha tenido tiempo de tomar alimento ni de cerrar los ojos. Si me está leyendo, será capaz de adivinar, rigurosamente, el sueño que me abrumaba. Pero cuando la tempestad ha empujado verticalmente, con la palma de su mano, un navío hasta el fondo del mar, si en la balsa no queda, de toda la tripulación, más que un solo hombre, roto por la fatiga y las privaciones de toda clase; si las olas le zarandean como a los despojos de un naufragio, durante horas más largas que la vida del hombre; y si una fragata, que surca más tarde esos parajes de desolación, con la quilla hendida, descubre al infeliz que pasea por el océano su descarnada armazón y le presta un socorro que estuvo a punto de ser tardío, creo que ese náufrago adivinará mejor aún a qué grado había llegado el sopor de mis sentimientos.

El magnetismo y el cloroformo, cuando quieren hacerlo, saben a veces engendrar, también, tales catalepsias letárgicas. No se parecen en absoluto a la muerte: decirlo sería una gran mentira. Pero vayamos enseguida al sueño para que los impacientes, ávidos de esa clase de lectura, no se pongan a rugir como una manada de cachalotes macrocéfalos batiéndose entre sí por una hembra encinta. Soñaba que había entrado en el cuerpo de un cerdo, que no me era fácil salir de él y que revolcaba mi pelambre en los charcos más cenagosos. ¿Sería una especie de recompensa? Objeto de mis deseos, no pertenecía ya a la humanidad. Así entendí, yo mismo, la interpretación y experimenté una alegría más que profunda. Sin embargo, buscaba activamente qué acto de virtud había llevado a cabo para merecer, de parte de la Providencia, tan insigne favor. Ahora, que he repasado en mi memoria las distintas fases de aquel espantoso aplastamiento contra el vientre del granito, durante el cual la marca, sin que yo lo advirtiese, pasó dos veces por encima de aquella irreductible mezcla de materia muerta y carne viva, no carece, tal vez, de utilidad proclamar que tal degradación sólo fue, probablemente, un castigo que la justicia divina arrojaba sobre mí. ¿Pero quién conoce sus necesidades íntimas o la causa de sus pestilentes alegrías? La metamorfosis jamás fue, a mi modo de ver, más que el alto y magnánimo fragor de una felicidad perfecta que yo aguardaba desde hacía tiempo. ¡Por fin había llegado el día en que me había convertido en cerdo! Probaba mi dentadura en la corteza de los árboles; contemplaba mi hocico con delicia. No quedaba en mí la menor parcela de divinidad; supe elevar mi alma hasta la excesiva altura de aquella inefable voluptuosidad. Escuchadme, pues, y no os ruboricéis, inagotables caricaturas de lo bello que os tomáis en serio el risible rebuzno de vuestra alma, soberanamente despreciable, y que no comprendéis por qué el Todopoderoso, en un raro momento de excelente payasada que, ciertamente, no supera las grandes leyes generales de lo grotesco, se concedió, cierto día, el mirífico placer de poblar un planeta con seres singulares y microscópicos, denominados humanos, y cuya materia se parece a la del coral rojo. En verdad tenéis motivos para ruborizaros, huesos y grasa, pero escuchadme. No invoco vuestra inteligencia; lograríais que vomitara sangre por el horror que os demuestra: olvidadla y sed consecuentes con vosotros mismos... Así, se habían terminado las coacciones. Cuando quería matar, mataba; me sucedía con frecuencia y nadie me lo impedía. Las leyes humanas seguían persiguiéndome con su venganza, aunque no atacara a la raza que con tanta tranquilidad había abandonado, pero mi conciencia no me hacía reproche alguno. Durante el día me peleaba con mis nuevos congéneres, y el suelo estaba sembrado de numerosas capas de sangre coagulada. Yo era el más fuerte y obtenía todas las victorias. Escocedoras heridas cubrían mi cuerpo; fingía no advertirlo. Los animales terrestres se alejaban de mí y yo permanecía solo en mi resplandeciente grandeza. Cuál no sería mi asombro cuando, tras haber cruzado nadando un río, para alejarme de los parajes que mi furor había despoblado y dirigirme a otras campiñas para plantar en ellas mis hábitos de crimen y carnicería, intenté caminar por aquella florida ribera. Mis pies estaban paralizados; ningún movimiento venía a traicionar la certidumbre de aquella inmovilidad forzosa. En medio de sobrenaturales esfuerzos para continuar mi camino, desperté y sentí que me volvía, de nuevo, hombre. La Providencia me hacía comprender así, de un modo que no es inexplicable, que no deseaba que, ni siquiera en sueños, se realizaran mis sublimes proyectos. Regresar a mi forma primitiva supuso para mí tan gran dolor que, por las noches, lloro todavía. Mis sábanas están constantemente mojadas, como si las hubieran arrojado al agua, y hago que las cambien cada día. Si no lo creéis, venid a verme; comprobaréis, con vuestra propia experiencia, no ya la verosimilitud, sino, también, la misma verdad de mi aserto. ¡Cuántas veces, desde aquella noche pasada al raso, en un acantilado, me he mezclado con las piaras de cerdos para recuperar, como un derecho, mi destruida metamorfosis! Es hora ya de abandonar estos recuerdos gloriosos que no dejan, a continuación, más que la pálida vía láctea de los eternos pesares.

No es imposible ser testigo de una anormal desviación en el funcionamiento latente o visible de las leyes de la naturaleza. En efecto, si cada uno se tomara la ingeniosa molestia de interrogar las distintas fases de la propia existencia (sin olvidar una sola, pues, tal vez, fuera esta la destinada a proporcionar la prueba de lo que digo), no dejaría de recordar, sin algún asombro, que sería cómico en otras circunstancias, que, cierto día, para hablar en primer lugar de cosas objetivas, fue testigo de algún fenómeno que parecía superar y superaba positivamente las nociones conocidas proporcionadas por la observación y la experiencia como, por ejemplo, las lluvias de sapos, cuyo mágico espectáculo no fue, al principio, comprendido por los sabios. Y que, otro día, para hablar en segundo y último lugar de cosas subjetivas, su alma presentó a los investigadores ojos de la psicología, no llegaré a decir un extravío de la razón (que, sin embargo, no sería menos curioso; por el contrario, lo sería más), pero sí, al menos, para no mostrarme difícil ante algunas personas frías que nunca me perdonarían las flagrantes lucubraciones de mi exageración, un desacostumbrado estado, con frecuencia muy grave, que indica que el límite concedido por el sentido común a la imaginación se ve, de vez en cuando, pese al efímero pacto acordado entre ambas potencias, desgraciadamente superado por la enérgica presión de la voluntad, pero la mayor parte del tiempo, también, por la ausencia de su colaboración efectiva: citemos para corroborarlo algunos ejemplos cuya oportunidad no es fácil apreciar siempre que se tome por compañera una atenta moderación. Presentaré dos: los arrebatos de la cólera y las enfermedades del orgullo. Advierto a quien me lea que procure no hacerse una idea vaga y, con más razón, falsa de las bellezas de la literatura que voy deshojando en el desarrollo, excesivamente veloz, de mis frases. ¡Ay!, quisiera desarrollar mis razonamientos y mis comparaciones lentamente y con mucha magnificencia (¿pero quién dispone de tiempo?), para que todos comprendieran mejor, si no mi espanto, sí al menos mi estupefacción cuando, cierto atardecer de verano, mientras el sol parecía inclinarse hacia el horizonte, vi nadando en el mar, con anchas palmas de pato en vez de las extremidades de piernas y brazos, llevando una aleta dorsal, proporcionalmente tan larga y afilada como la de los delfines, a un ser humano, de vigorosos músculos, al que seguían numerosos bancos de peces (vi, en ese cortejo, entre otros habitantes de las aguas, la raya torpedo, el anarnak groenlandés y la horrible escorpena) con muy ostensibles muestras de la mayor admiración. A veces, se sumergía y su viscoso cuerpo reaparecía, casi enseguida, a doscientos metros de distancia. Las marsopas que, a mi entender, no han robado su reputación de buenas nadadoras, apenas podían seguir, a lo lejos, a aquel anfibio de nueva especie. No creo que el lector tenga motivos para arrepentirse si presta a mi narración menos el nocivo obstáculo de una credulidad estúpida que el supremo servicio de una confianza profunda que discute legalmente, con secreta simpatía, los misterios poéticos, demasiado escasos a su entender, que me encargo de revelarle cada vez que se presenta la ocasión, como de modo inesperado se ha presentado hoy, íntimamente penetrada de las tonificantes aromas de las plantas acuáticas, que la brisa, enfriándose, transporta a esta estrofa, contenedora de un monstruo que se ha apropiado de los rasgos distintivos de la familia de los palmípedos. ¿Quién habla de apropiación? Sépase bien que el hombre, por su compleja y múltiple naturaleza, no ignora los medios de ampliar más todavía sus fronteras; vive en el agua como un hipocampo; por entre las capas superiores del aire, como el quebrantahuesos; y bajo la tierra, como el topo, la cochinilla y la sublimación de la lombriz. Este es, en su forma más o menos concisa (pero mejor más que menos), el exacto criterio del consuelo, extremadamente fortificante, que me esforcé por hacer nacer en mi espíritu cuando pensé que el ser humano, que distinguía a gran distancia nadando con sus cuatro miembros, en la superficie de las olas, como nunca lo hiciere el más soberbio cormorán, sólo había, tal vez, experimentado el nuevo cambio de las extremidades de sus brazos y sus piernas como expiatorio castigo por algún crimen desconocido.

No era necesario que siguiera devanándome los sesos para fabricar, de antemano, las melancólicas píldoras de la compasión, pues ignoraba que ese hombre, cuyos brazos golpeaban alternativamente las amargas ondas, mientras sus piernas, con fuerza semejante a la que poseen los espirales colmillos del narval, producían el retroceso de las capas acuáticas, no se había apropiado de esas extraordinarias formas voluntariamente ni le habían sido impuestas como suplicio. Según lo que más tarde supe, esta es la sencilla verdad: la prolongación de la existencia, en este fluido elemento, había producido insensiblemente en el ser humano que se había exiliado por voluntad propia de los rocosos continentes, los cambios importantes, pero no esenciales, que yo había advertido en el objeto que una mirada pasablemente confusa me había hecho tomar, desde los primordiales momentos de su aparición (con una incalificable ligereza, cuyos desvaríos engendran el penoso sentimiento que comprenderán con facilidad los psicólogos y los amantes de la prudencia) por un pez de extraña forma, no descrito todavía en las clasificaciones de los naturalistas, pero sí, tal vez, en sus obras póstumas, aunque no tenga la excusable pretensión de inclinarme hacia esta última suposición, imaginada en condiciones demasiado hipotéticas.
En efecto, ese anfibio (puesto que anfibio hay, sin que pueda afirmarse lo contrario) sólo era visible para mí, haciendo abstracción de los peces y los cetáceos, pues advertí que algunos campesinos, que se habían detenido para contemplar mi rostro turbado por ese fenómeno sobrenatural, y que intentaban inútilmente explicarse por qué mis ojos permanecían constantemente fijos, con una perseverancia que parecía invencible, pero que en realidad no lo era, en un lugar del mar donde, por su parte, sólo distinguían una cantidad apreciable y limitada de bancos de peces de todas las especies, distendían la abertura de su grandiosa boca, tal vez tanto como una ballena. «Eso les hacía sonreír, pero no, como a mí, palidecer, decían en su pintoresco lenguaje; y no eran tan estúpidos como para no advertir que, precisamente, yo no miraba las evoluciones campestres de los peces, sino que mi vista se dirigía mucho más allá.» De tal modo que, por lo que a mí concierne, volviendo maquinalmente los ojos hacia la notable envergadura de tan poderosas bocas, me decía, en mi fuero interno que, a menos que se encontrara en la totalidad del universo un pelícano, grande como una montaña o al menos como un promontorio (admirad, os lo ruego, la finura de la restricción que no pierde ni una pulgada de terreno), ningún pico de ave de rapiña o ninguna quijada de animal salvaje sería nunca capaz de superar, ni siquiera de igualar, cada uno de  aquellos cráteres abiertos de par en par, pero demasiado lúgubres. Y, sin embargo, aunque reserve un buen lugar al simpático empleo de la metáfora (esa figura retórica presta muchos más servicios a las aspiraciones humanas hacia el infinito de lo que se esfuerzan en imaginar, de ordinario, quienes están imbuidos de prejuicios o ideas falsas, lo que viene a ser lo mismo), no es menos cierto que la reidora boca de esos campesinos sigue siendo, todavía, lo bastante amplia como para tragarse tres cachalotes. Acortemos más aún nuestro pensamiento, seamos serios, y contentémonos con tres pequeños elefantes recién nacidos. De una sola brazada el anfibio dejaba a su espalda un quilómetro de espumosa estela. Durante el muy corto instante en que el brazo extendido hacia adelante permanece suspendido en el aire, antes de hundirse de nuevo, sus dedos separados, unidos por medio de un repliegue de la piel, en forma de membrana, parecían lanzarse hacia las alturas del espacio y atrapar las estrellas. De pie en la roca, me serví de mis manos como de una bocina y grité, mientras los cangrejos y otros pequeños crustáceos huían hacia la oscuridad de las más recónditas grietas: «¡Oh!, tú, cuya natación supera el vuelo de las largas alas de la fragata, si comprendes todavía el significado de las grandes voces que, como fiel interpretación de su pensamiento íntimo, lanza con fuerza la humanidad, dígnate detener, por un instante, tu rápida marcha y cuéntame sumariamente las fases de tu verídica historia. Pero te advierto que no necesitas dirigirme la palabra si tu audaz designio es hacer que nazca en mí la amistad y la veneración que sentí por ti al verte, por primera vez, llevando a cabo, con la gracia y la fuerza del tiburón, tu indomable y rectilíneo peregrinaje.»

Un suspiro que me heló los huesos e hizo vacilar la roca en la que apoyaba la planta de mis pies (a menos que fuese yo mismo quien vacilara, a causa de la brutal penetración de las ondas sonoras que llevaba a mis oídos semejante grito de desesperación) se escuchó hasta en las entrañas de la tierra: los peces se sumergieron bajo las olas con el fragor de un alud. El anfibio no se atrevió a acercarse demasiado a la orilla, pero en cuanto se aseguró de que su voz llegaba con claridad suficiente a mis tímpanos, redujo el movimiento de sus palmeados miembros, de modo que su busto, cubierto de algas, se mantuviera por encima de las mugientes olas. Le vi inclinar la frente, como para invocar por medio de una orden solemne, la jauría errabunda de los recuerdos. No me atreví a interrumpirle en esta ocupación, santamente arqueológica: sumido en el pasado, parecía un escollo. Por fin, tomó la palabra en estos términos: «La escolopendra no carece de enemigos; la fantástica belleza de sus innumerables patas, en vez de atraerle la simpatía de los animales es sólo, tal vez, para ellos, el poderoso estímulo de una celosa irritación. Y no me hubiera sorprendido saber que ese insecto se enfrenta a los más intensos odios. Te ocultaré el lugar de mi nacimiento, que no interesa a mi relato: pero la vergüenza que salpicaría a mi familia le interesa a mi deber. Mi padre y mi madre (¡que Dios les perdone!), tras un año de espera, vieron cómo el cielo escuchaba sus votos: dos gemelos, mi hermano y yo, fueron dados a luz. Razón de más para amarse. No fue así. Porque yo era el más hermoso de ambos, y el más inteligente, y mi hermano comenzó a odiarme y no se tomó el trabajo de ocultar sus sentimientos: por ello, mi padre y mi madre derramaron sobre mí la mayor parte de su amor mientras, con mi amistad sincera y constante, me esforzaba en apaciguar un alma que no tenía derecho a rebelarse contra quien había sido formado de la misma carne. Entonces, mi hermano no conoció ya límites a su furor y me perdió, en el corazón de nuestros comunes padres, con las más inverosímiles calumnias. Viví, durante quince años, en un calabozo con larvas y agua cenagosa por todo alimento. No te contaré en detalle los inauditos tormentos que sufrí en este largo e injusto secuestro.

A veces, en cierto momento del día, uno de los tres verdugos, por turno, entraba de pronto, cargado de pinzas, tenazas y distintos instrumentos de suplicio. Los gritos que me arrancaban las torturas no les conmovían; la abundante pérdida de mi sangre les hacía sonreír. ¡Oh, hermano mío, te he perdonado, a ti, causa primera de todos mis males! ¿Es posible que una rabia ciega no consiga, por fin, hacerle abrir los ojos? Hice, en mi eterna prisión, muchas reflexiones. Adivinarás cuál fue mi odio general contra la humanidad. El progresivo debilitamiento, la soledad de cuerpo y alma no habían logrado que yo perdiera todavía toda mi razón hasta el punto de albergar resentimiento contra aquellos a quienes no había dejado de amar: triple cepo que me esclavizaba.

Conseguí, por medio de la astucia, recobrar mi libertad. Asqueado por los habitantes del continente que, aún llamándose mis semejantes, no parecían hasta entonces asemejársele en nada (y si creían que me parecía a ellos, ¿por qué me hacían daño?), dirigí mi carrera hacia los guijarros de la playa, firmemente resuelto a darme muerte si el mar tenía que ofrecerme las anteriores reminiscencias de una existencia fatalmente vivida. ¿Podrás creerme? Desde el día en que hui de la casa paterna no lamento tanto como lo maginas vivir en el mar y en sus grutas de cristal. La Providencia, como puedes ver, me ha otorgado, en parte, la organización el cisne. Vivo en paz con los peces y ellos me procuran el alimento que necesito, como si fuera su monarca. Voy a lanzar un silbido especial, siempre que no te moleste, y verás cómo reaparecerán.»

Sucedió como lo había dicho. Inició de nuevo su regio nado, rodeado por el cortejo de sus súbditos. Y, aunque al cabo de algunos segundos había desaparecido por completo de mi vista, pude todavía distinguirle, con un catalejo, en los límites extremos del horizonte. Nadaba con una mano y, con la otra, se enjugaba los ojos inyectados de sangre por la terrible compulsión de haberse acercado a tierra firme. Lo había hecho para complacerme. Arrojé el instrumento revelador por el escarpado farallón; rebotó de roca en roca y sus dispersos fragmentos fueron recibidos por las olas: tales fueron la última demostración y el supremo adiós con los que me incliné, como en un sueño, ante una noble y desgraciada inteligencia. Sin embargo, todo lo que había ocurrido en ese anochecer veraniego había sido real.

Noche tras noche, hundiendo la envergadura de mis alas en mi memoria agonizante, evocaba el recuerdo de Falmer... noche tras noche. Sus rubios cabellos, su rostro oval, sus majestuosos rasgos estaban todavía grabados en mi imaginación... indeleblemente... sobre todo, sus rubios cabellos. Apartad, apartad pues esa cabeza sin cabellera, pulida como el caparazón de la tortuga. Tenía catorce años y yo tenía, sólo, uno más. Que se calle esta voz lúgubre. ¿Por qué viene a denunciarme? Pero soy yo mismo el que habla. Valiéndome de mi propia lengua para emitir mi pensamiento, advierto que mis labios se mueven y que soy yo mismo el que habla. Y soy yo mismo el que, contando una historia de mi juventud y sintiendo que el remordimiento penetra en mi corazón... soy yo mismo, a menos que me engañe... soy yo mismo el que habla. Yo tenía, sólo, un año más. ¿Quién es, pues, ese a quien aludo? Es un amigo que tuve, creo, en tiempos pasados. Sí, sí, ya he dicho cómo se llama... No quiero deletrear de nuevo esas seis letras, no, no. Tampoco es útil repetir que yo tenía un año más. ¿Quién sabe? Repitámoslo, sin embargo, aunque con penoso murmullo: yo tenía, sólo, un año más. Incluso, entonces, la preeminencia de mi fuerza física era, más bien, una razón para sostener, por el rudo sendero de la vida, a quien se había entregado a mí, que un motivo para maltratar a un ser visiblemente más débil. Pues creo, en efecto, que era más débil... Incluso, entonces. Es un amigo que tuve, creo, en tiempos pasados. La preeminencia de mi fuerza física... noche tras noche... sobre todo, sus rubios cabellos. Existe más de un ser humano que ha visto cabezas calvas: la vejez, la enfermedad, el dolor (las tres juntas o tomadas por separado) explican de manera satisfactoria ese fenómeno negativo. Tal es, al menos, la respuesta que me daría un sabio si le interrogara a este respecto. La vejez, la enfermedad, el dolor. Pero no ignoro (también yo soy sabio) que cierto día, porque me había detenido la mano cuando levantaba mi puñal para atravesar el seno de una mujer, le agarré por los cabellos con férreo brazo y le hice dar vueltas en el aire con tal velocidad que la cabellera se me quedó entre las manos y su cuerpo, lanzado por la fuerza centrífuga, fue a chocar contra el tronco de una encina... No ignoro que cierto día su cabellera se me quedó entre las manos. También yo soy sabio. Sí, sí, ya he dicho cómo se llama. No ignoro que un día llevé a cabo un acto infame, mientras su cuerpo era impulsado por la fuerza centrífuga.


Tenía catorce años. Cuando, en un acceso de alienación mental, corro por los campos llevando apretada contra mi corazón una cosa sanguinolenta que conservo desde hace mucho tiempo, como una reliquia venerada, los chiquillos que me persiguen... los chiquillos y las viejas que me persiguen a pedradas, lanzan estos gemidos lamentables: «Esta es la cabellera de Falmer.» Apartad, apartad pues esa cabeza calva, pulida como el caparazón de la tortuga... Una cosa sanguinolenta. Pero soy yo mismo el que habla. Su rostro oval, sus majestuosos rasgos. Y creo, efectivamente, que era más débil. Las viejas y los chiquillos. Pues creo, en efecto... ¿Qué quería decir?... pues creo, en efecto, que era más débil. Con férreo brazo. Aquel choque, ¿lo mató aquel choque? ¿Se quebraron sus huesos contra el árbol... irremediablemente? ¿Lo mató aquel choque engendrado por el vigor de un atleta? ¿Conservó la vida, aunque sus huesos se hubieran irremediablemente quebrado... irremediablemente? ¿Lo mató aquel choque? Temo saber aquello de lo que no fueron testigos mis ojos cerrados. En efecto... Sobre todo, aquellos rubios cabellos. En efecto, huí a lo lejos con una conciencia en lo sucesivo implacable. Tenía catorce años. Con una conciencia en lo sucesivo implacable. Noche tras noche. Cuando un joven, que aspira a la gloria, en un quinto piso, inclinado sobre su mesa de trabajo, a la hora silenciosa de la medianoche, percibe un rumor que no sabe a qué atribuir, vuelve a todos lados su cabeza, embotada por la meditación y los polvorientos manuscritos, pero nada, no puede sorprender ningún indicio que le revele la causa de lo que tan débilmente oye, aunque, sin embargo, lo oiga. Advierte, por fin, que el humo de su vela, elevándose hacia el techo, produce, por entre el aire ambiental, las casi imperceptibles vibraciones de una hoja de papel colgada de un clavo que sobresale de la pared. En un quinto piso. Al igual que un joven, que aspira a la gloria, escucha un rumor que no sabe a qué atribuir, así oigo yo una voz melodiosa que pronuncia a mi oído: « ¡Maldoror!» Pero, antes de poner fin a su error, creía oír las alas de un mosquito... inclinado sobre su mesa de trabajo. Sin embargo, no sueño; ¿qué importa que esté tendido en mi lecho de raso? Hago, con sangre fría, la perspicaz advertencia de que tengo los ojos abiertos, aunque sea la hora de los dominós rosados y los bailes de máscaras. Jamás... ¡oh, no, jamás!... voz mortal alguna dejó escuchar estos seráficos acentos, pronunciando con tan dolorosa elegancia las sílabas de mi nombre. Las alas de un mosquito... Qué benevolente es su voz... ¿Me ha perdonado, pues? Su cuerpo fue a chocar contra el tronco de una encina... « ¡Maldoror!»

El Conde de Lautréamont.- 

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Este obra cuyo autor es GLOSMARYS ELEORANA CAMACHO ALBARRAN está bajo una licencia de Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional de Creative Commons.