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domingo, 6 de marzo de 2016

El Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror.- CANTO QUINTO.-



CANTO QUINTO

Que el lector no se enoje conmigo si mi prosa no tiene la fortuna de complacerle. Afirmas que mis ideas son, por lo menos, singulares. Eso que dices, hombre respetable, es verdad, pero una verdad a medias. ¡Y qué abundante manantial de errores y engaños es cualquier verdad a medias! Las bandadas de estorninos tienen un modo de volar que les es propio y parece sometido a una táctica uniforme y regular, como si fuera la de una tropa disciplinada que obedeciera con precisión la voz de un solo jefe. Los estorninos obedecen la voz del instinto y su instinto les lleva a acercarse siempre al centro del pelotón, mientras que la rapidez de su vuelo les lleva incesantemente más allá; de modo que esa multitud de pájaros, así reunidos por una común tendencia hacia el mismo punto imantado, yendo y viniendo sin cesar, circulando y cruzándose en todas direcciones, forma una especie de torbellino muy agitado cuya entera masa, sin seguir una dirección precisa, parece tener un movimiento general de rotación alrededor de sí misma, resultante de los movimientos particulares de circulación propios de cada una de sus partes, y en el que el centro, tendiendo constantemente a desarrollarse, pero presionado, empujado sin cesar por el esfuerzo contrapuesto de las líneas circundantes que gravitan sobre él, está siempre más prieto que ninguna de estas líneas que, por su parte, lo están tanto más cuanto más cerca están del centro. Pese a tan singular manera de arremolinarse, los estorninos no dejan por ello de hender el aire ambiente, con rara velocidad, y ganan sensiblemente, segundo tras segundo, un precioso terreno al término de sus fatigas y al objetivo de su peregrinaje. Del mismo modo, no prestes atención a mi extraña manera de cantar cada una de estas estrofas. Pero persuádete de que los acentos fundamentales de la poesía no dejan de conservar, por ello, su intrínseco derecho sobre mi inteligencia. No generalicemos los hechos excepcionales, no pido nada mejor: sin embargo, mi carácter entra en el orden de las cosas posibles. Sin duda, entre los dos términos extremos de tu literatura, tal como la entiendes, y de la mía, hay una infinidad de intermediarios y sería fácil multiplicar las divisiones, pero no sería de utilidad alguna y existiría el riesgo de añadir algo estrecho y falso a una concepción eminentemente filosófica, que deja de ser racional cuando no es ya comprendida tal como ha sido imaginada, es decir, con amplitud. Sabes aliar el entusiasmo y la frialdad interior, observador de humor concentrado; en fin, por lo que a mí respecta, te encuentro perfecto... ¡Y no quieres comprenderme! Si no gozas de buena salud, sigue mi consejo (es el mejor que tengo a tu disposición) y vete a dar un paseo por el campo. ¿Triste compensación, me dices? Cuando hayas tomado el aire, vuelve a buscarme: tus sentidos habrán reposado. No llores más; no quería apenarte. ¿No es cierto, amigo mío, que, hasta cierto punto, mis cantos se han ganado tu simpatía? Pues bien, ¿quién te impide franquear los demás peldaños? La frontera entre tu gusto y el mío es invisible; nunca podrás aprehenderla: prueba de que esta frontera no existe.

Piensa pues que, entonces (y sólo estoy rozando la cuestión), no sería imposible que hubieras firmado un tratado de alianza con la obstinación, esa atractiva hija del mulo, rico manantial de intolerancia. Si no supiera que no eres tonto, no te haría semejante reproche. No tiene, para ti, utilidad alguna que te encostres en el cartilaginoso caparazón de un axioma que crees inconmovible. Hay también otros axiomas inconmovibles y que caminan paralelamente al tuyo. Si tienes una pronunciada inclinación por el caramelo (admirable farsa de la naturaleza), a nadie le parecerá un crimen, pero aquellos cuya inteligencia, más enérgica y capaz de mayores cosas, prefiere la pimienta y el arsénico, tienen buenas razones para actuar de ese modo, sin tener la intención de imponer su pacífico dominio a quienes tiemblan de miedo ante una musaraña o la parlante expresión de las superficies de un cubo. Hablo por experiencia, sin pretender desempeñar aquí el papel del provocador. Y, al igual que los rotíferos y los tardígrados pueden ser calentados a una temperatura próxima a la ebullición, sin perder necesariamente su vitalidad, lo mismo ocurrirá contigo si sabes asimilar, con precaución, la acre serosidad supurativa que se desprende con lentitud de la irritación que causan mis interesantes lucubraciones. Pero, bueno, ¿acaso no se ha conseguido injertar en el lomo de una rata viva la cola desprendida del cuerpo de otra rata? Intenta, pues, de igual modo, transportar a tu imaginación las distintas modificaciones de mi razón cadavérica. Pero sé prudente. Mientras escribo, nuevos estremecimientos recorren la atmósfera intelectual: se trata sólo de tener el valor de mirarlos de frente. ¿Por qué haces esa mueca? Y la acompañas, incluso, con un gesto que sólo podría imitarse tras largo aprendizaje. No dudes de que la costumbre es necesaria para todo; y puesto que la repulsión instintiva que había aparecido ya desde las primeras páginas, ha menguado notablemente de intensidad, en razón inversa a tu aplicación a la lectura, como un forúnculo al que se le hubiera practicado una incisión, debe esperarse, aunque la cabeza esté todavía enferma, que tu curación no tarde, ciertamente, en iniciar su último período. Es indudable, para mí, que navegas ya en plena convalecencia; sin embargo, lamentablemente, tu rostro ha quedado muy demacrado. Pero... ¡valor!, hay en ti un espíritu poco común, te amo y no desespero de tu completo restablecimiento, siempre que absorbas algunas substancias medicamentosas, que sólo apresurarán la desaparición de los últimos síntomas del mal. Como alimento astringente y tónico arrancarás, primero, los brazos de tu madre (si existe todavía), los cortarás en pedacitos y te los comerás luego, en un solo día, sin que ningún rasgo de tu rostro revele tu emoción. Si tu madre fuera demasiado anciana, elige otro sujeto quirúrgico, más joven y fresco, sobre el que la legra pueda hacer presa, y cuyos huesos tarsos, cuando camine, encuentren con facilidad un punto de apoyo para bascular: tu hermana, por ejemplo. No puedo evitar compadecer su suerte, y no soy de aquellos en quienes un gélido entusiasmo no hace sino afectar la bondad. Tú y yo derramaremos por ella, por esa amada virgen (aunque no tenga pruebas para establecer que sea virgen), dos lágrimas irreprimibles, dos lágrimas de plomo. Eso será todo. La más lenitiva poción que te aconsejo es una jofaina llena de pus blenorrágico con algunos nódulos, en el que previamente se haya disuelto un quiste piloso del ovario, un chancro folicular, un prepucio inflamado, retraído en la parte posterior del glande por una parafimosis, y tres babosas rojas. Si sigues mi receta, mi poesía te recibirá con los brazos Abiertos, al igual que un piojo cercena, con sus besos, la raíz de un cabello.

Veía, ante mí, un objeto erguido en un cerro. No distinguía con claridad su cabeza, pero adivinaba ya que su forma no era ordinaria, sin precisar, no obstante, la exacta proporción de sus contornos. No me atrevía a acercarme a aquella columna inmóvil, y aun cuando hubiera tenido a mi disposición las patas ambulatorias de más de tres mil cangrejos (y ni siquiera hablo ya de las que sirven para la prensión y la masticación de los alimentos), habría permanecido en el mismo lugar si un acontecimiento, muy fútil en sí mismo, no hubiera impuesto un pesado tributo a mi curiosidad, que reventaba sus diques. Un escarabajo haciendo rodar por el suelo, con sus mandíbulas y sus antenas, una bola cuyos principales elementos estaban compuestos de materias excrementales, avanzaba con paso rápido hacia el citado cerro, cuidando de poner muy en evidencia su voluntad de tomar tal dirección. ¡Aquel animal articulado no era mucho mayor que una vaca! Si alguien duda de lo que digo, que se acerque y satisfaré a los más incrédulos con el testimonio de buenos testigos. Lo seguí, de lejos, ostensiblemente intrigado. ¿Qué deseaba hacer con aquella gran bola negra? ¡Oh!, lector, tú que presumes sin cesar de tu perspicacia (y no sin razón), ¿serías capaz de decírmelo? Pero no quiero someter a prueba tu conocida pasión por los enigmas. Bástete saber que el más suave castigo que puedo infligirte es, aun, hacerte observar que este misterio sólo te será revelado (pero te será revelado) más tarde, al final de tu vida, cuando te enzarces en discusiones filosóficas con la agonía sentada a la cabecera de tu cama... y tal vez, incluso, al final de esta estrofa. El escarabajo había llegado al pie del cerro. Había ajustado mi paso a sus huellas y me hallaba todavía a gran distancia del lugar de la escena, pues, al igual que los estercorarios, pájaros inquietos, como si siempre estuvieran hambrientos, se complacen en los mares que bañan ambos polos y sólo accidentalmente se adentran en las zonas templadas, no me sentía tranquilo y adelantaba mis piernas con mucha lentitud. ¿Pero qué era, pues, la sustancia corporal hacia la que yo avanzaba? Sabía que la familia de los pelecánidos comprende cuatro géneros distintos: el pájaro bobo, el pelícano, el cormorán y la fregata. La forma grisácea que yo divisaba no era un pájaro bobo. El bloque plástico que yo distinguía no era una fregata. La carne cristalizada que yo observaba no era un cormorán. ¡Ahora veía al hombre de encéfalo desprovisto de protuberancia anular! Busqué vagamente, por los recovecos de mi memoria, en qué paraje tórrido o helado había observado ya ese larguísimo pico, ancho, convexo, abovedado, de pronunciada arista, ungulada, abultada y muy ganchuda en su extremo; esos dentados bordes, rectos; esa mandíbula inferior, de ramas separadas hasta cerca de la punta; ese intervalo que llena una piel membranosa; esa amplia bolsa, amarilla y saceliforme, ocupando toda la garganta y pudiendo distenderse considerablemente; y esos estrechos orificios nasales, longitudinales, casi imperceptibles, abiertos en un surco basa. Si aquel ser vivo, de respiración pulmonar y simple, de cuerpo provisto de pelos, hubiera sido por completo un ave hasta la planta de los pies y no sólo hasta los hombros, no me habría sido, entonces, tan difícil reconocerlo: cosa muy fácil de hacer como vosotros mismos podréis ver. Sólo que, esta vez, me dispenso de hacerlo. Para la claridad de mi demostración necesitaría que una de esas aves estuviera sobre mi mesa de trabajo, aunque estuviese disecada. Pero no soy lo bastante rico para procurármela. Siguiendo paso a paso una hipótesis anterior, habría indicado, enseguida, su verdadera naturaleza y encontrado un lugar en los cuadros de historia natural, a aquel cuya nobleza, en su enfermizo aspecto, yo admiraba. ¡Con qué satisfacción, al no ignorar por completo los secretos de su doble organismo, y con qué avidez de saber más lo contemplaba yo en su duradera metamorfosis! Aunque no poseyera un rostro humano, me parecía bello como los dos largos filamentos tentaculiformes de un insecto; o, mejor, como una precipitada inhumación; o, también, como la ley de la reconstitución de los órganos mutilados; y, sobre todo, como un líquido eminentemente putrescible.

Pero, sin prestar atención alguna a lo que ocurría por los alrededores, el forastero miraba siempre hacia adelante, con su cabeza de pelícano. Otro día retomaré el final de esta historia. Mientras, proseguiré mi narración con hosco apresuramiento, pues si por vuestro lado estáis impacientes por saber adónde quiere llegar mi imaginación (¡si el cielo quisiera que, en efecto, se tratara sólo de imaginación!), por el mío he tornado la resolución de terminar de una vez (¡y no de dos!) lo que debía deciros. Pese a que, sin embargo, nadie tenga derecho a acusarme de falta de valor. Pero cuando se presentan tales circunstancias, más de uno siente latir en la palma de su mano las pulsaciones de su corazón. Acaba de morir, casi desconocido, en un pequeño puerto de Bretaña, un patrón de cabotaje, anciano marino que fue el héroe de una terrible historia. Era, por aquel entonces, capitán de largas singladuras y viajaba por cuenta de un armador de Saint-Malo. Pues bien, tras una ausencia de trece meses, llegó al hogar conyugal cuando su mujer, que guardaba todavía cama, acababa de darle un heredero, a cuyo reconocimiento no tenía derecho alguno. El capitán no dejo traslucir ni su sorpresa ni su cólera, y rogó con frialdad a su mujer que se vistiera y le acompañara a dar un paseo por las murallas de la ciudad. Corría el mes de enero. Las murallas de Saint-Malo son altas y cuando sopla el viento del norte los más intrépidos retroceden. La infeliz obedeció, tranquila y resignada; al regresar, deliró. Expiró por la noche. Pero sólo era una mujer. Yo, sin embargo, que soy un hombre, ante un drama no menos grande, no sé si conservé suficiente control sobre mí mismo como para que los músculos de mi rostro permanecieran inmóviles. En cuanto el escarabajo llegó al pie del cerro, el hombre levantó su brazo hacia el oeste (precisamente en esa dirección, un buitre de los corderos y un búho de Virginia habían entablado un combate en los aires), enjugó en su pico una larga lágrima que presentaba un sistema de coloración diamantino y le dijo al escarabajo: «¡Infeliz bola!, no la has hecho ya rodar bastante tiempo? Tu venganza no se ha saciado todavía, y esa mujer, cuyas piernas y brazos habías atado, con collares de perlas, para que formaran un poliedro amorfo y poder arrastrarla, así, con tus tarsos, a través de caminos y valles, por zarzas y piedras (¡deja que me acerque para ver si todavía es ella!), ha visto, ya, sus huesos llenarse de heridas, pulirse sus miembros por la ley mecánica del frotamiento rotatorio, confundirse en la unidad de la coagulación y presentar su cuerpo, en vez de las alineaciones primordiales y las curvas naturales, la monótona apariencia de un único todo homogéneo que, por la confusión de sus distintos elementos machacados, mucho se parece a la masa de una esfera. Hace tiempo ya que ha muerto; entrega a la tierra sus despojos y guárdate de aumentar, hasta irreparables proporciones, la rabia que te consume: ya no es justicia, pues el egoísmo que se oculta en los tegumentos de tu frente levanta lentamente, como un fantasma, el paño que lo cubre.» El buitre de los corderos y el búho de Virginia, llevados insensiblemente por los avatares de su combate, se habían acercado a nosotros. El escarabajo tembló ante estas inesperadas palabras y lo que, en otra ocasión, habría sido un insignificante movimiento, se convirtió, esta vez, en la marca distintiva de un furor que no conocía ya límites, pues frotó temiblemente sus muslos posteriores contra el borde de los élitros, dejando escapar un agudo chirrido: «¿Quién eres, pues, ser pusilánime? Al parecer has olvidado algunos extraños acontecimientos de tiempos pasados; no los conservas en tu memoria, hermano. Esta mujer nos traicionó, uno tras otro. Primero a ti, a mí luego. Me parece que esta injuria no debe (¡no debe!) desaparecer tan fácilmente del recuerdo. ¡Tan fácilmente! A ti, tu magnánima naturaleza te permite perdonar. ¿Pero sabes si, pese a la anormal situación de sus átomos, esta mujer, reducida a pasta de amasador (no se trata ahora de saber si, al primer golpe de vista, podría creerse que ese cuerpo ha visto aumentada notablemente su densidad más por el engranaje de dos fuertes ruedas que por efecto de mi fogosa pasión), ha dejado ya de existir? Cállate, y deja que me vengue.» Reanudó sus manejos y se alejó empujando ante sí la bola. Cuando se hubo alejado, el pelícano exclamó: «Esta mujer, con su poder mágico, me dio una cabeza de palmípedo y convirtió a mi hermano en escarabajo: tal vez merezca, incluso, peores tratos que los que acabo de enumerar.» Y yo, que no estaba seguro de no soñar, adivinando, por lo que había oído, la naturaleza de las hostiles relaciones que unían, por encima de mí, en sangriento combate, al buitre de los corderos y al búho de Virginia, eché mi cabeza atrás, como una capucha, para dar al juego de mis pulmones la felicidad y la elasticidad susceptibles, y les grité, dirigiendo mis ojos a lo alto: «Cesad en vuestra discordia. Ambos tenéis razón, pues a ambos os había ella prometido su amor: en consecuencia, os ha engañado a los dos. Pero no sois los únicos. Además, os despojó de vuestra forma humana, jugando cruelmente con vuestros más santos dolores. ¡Dudaréis todavía en creerme! Además, ella ha muerto, y el escarabajo le ha hecho sufrir un castigo de indeleble huella, pese a la compasión del primer traicionado.» Al oír estas palabras, pusieron fin a su querella y no siguieron ya arrancándose plumas ni jirones de carne: tenían razón para actuar así. El búho de Virginia, bello como una memoria sobre la curva que describe un perro corriendo tras de su dueño, se introdujo en las grietas de un convento en ruinas. El buitre de los corderos, bello como la ley que rige la detención del desarrollo del pecho en los adultos, cuya propensión al crecimiento no está en relación con la cantidad de moléculas que su organismo asimila, se perdió en las altas capas de la atmósfera. El pelícano, cuyo generoso perdón me había impresionado mucho, porque no me parecía natural, recuperando en su cerro la majestuosa impasibilidad de un faro, como para advertir a los navegantes que prestaran atención a su ejemplo y preservar su suerte del amor de las sombrías hechiceras, siguió mirando al frente. El escarabajo, bello como el temblor de las manos en el alcoholismo, desapareció por el horizonte. Otras cuatro existencias que podían tacharse del libro de la vida. Me arranqué un músculo entero del brazo izquierdo, pues no sabía ya lo que hacía, tanto me había conmovido ese cuádruple infortunio.

¡Y yo había creído que se trataba de materias excremenciales! ¡Vamos, seré estúpido! […] —¡Pero quién!... ¿pero quién se atreve, aquí, como un conspirador, a arrastrar los anillos de su cuerpo hacia mi negro pecho? Quienquiera que seas, excéntrica pitón, ¿con qué pretexto justificas tu ridícula presencia? ¿Es un vasto remordimiento lo que te atormenta? Porque, mira, boa, tu salvaje majestad no tendrá, lo supongo, la exorbitante pretensión de sustraerse a la comparación que de ella hago con los rasgos del criminal. Esta baba espumosa y blanquecina es, para mí, el signo de la rabia. Escúchame: ¿sabes que tu ojo está muy lejos de beber un rayo celestial? No olvides que si tu presuntuoso cerebro me creyó capaz de ofrecerte algunas palabras de consuelo sólo pudo ser a causa de una ignorancia totalmente desprovista de conocimientos fisiognómicos. ¡Dirige durante algún tiempo, que sea suficiente, claro, el brillo de tus ojos hacia lo que tengo derecho, como cualquier otro, a llamar mi rostro! ¿No ves cómo llora? Te has engañado, basilisco. Será preciso que busques en otra parte la triste ración de consuelo que mi radical impotencia te niega, pese a las numerosas protestas de mi buena voluntad. ¡Oh!, ¿qué fuerza, expresable en frases, te arrastró fatalmente hacia tu perdición? Es casi imposible que me acostumbre al razonamiento de que no comprendes que, aplastando contra la enrojecida hierba, de un taconazo, las fugitivas curvas de tu cabeza triangular, yo podría amasar una innombrable papilla con la hierba de la sabana y la carne de la aplastada. —¡Aléjate lo antes posible de mí, culpable de pálida faz! El espejismo falaz del espanto te ha mostrado tu propio espectro. Disipa tus injuriosas sospechas si no quieres que te acuse, a mi vez, y que te dirija una recriminación que, ciertamente, sería aprobada por el juicio del serpentario reptilívoro. ¡Qué monstruoso extravío de la imaginación te impide reconocerme! ¿No recuerdas, pues, los importantes servicios que te he prestado al gratificarte con una existencia que hice emerger del caos y, por tu parte, el voto, inolvidable para siempre, de no desertar de mis filas para serme fiel hasta la muerte? Siendo niño (tu inteligencia se hallaba, entonces, en su más hermosa fase), eras el primero en trepar a la colina, veloz como la gamuza, para saludar con un gesto de tu manita los multicolores rayos de la aurora naciente. Las notas de tu voz brotaban de tu sonora laringe como perlas diamantinas, y resolvían sus colectivas personalidades en la vibrante suma de un largo himno de adoración. Ahora, arrojas a tus pies, como un harapo manchado de barro, la magnanimidad que he manifestado durante demasiado tiempo. El agradecimiento ha visto desecarse sus raíces, como el lecho de una charca, pero, en su lugar, la ambición ha crecido en proporciones que me sería penoso calificar. Mas ¿quién es el que me escucha para tener tal confianza en el abuso de su propia debilidad? —¿Y quién eres tú, audaz substancia? ¡No... no!... No me engaño, y pese a las múltiples metamorfosis a las que has recurrido, tu cabeza de serpiente brillará siempre ante mis ojos, como un faro de eterna injusticia y de cruel dominio. Quiso tomar las riendas del mando, pero no sabe reinar. Quiso convertirse en un objeto de horror para todos los seres de la creación, y lo ha conseguido. Quiso probar que sólo él es el monarca del universo, y en eso se ha engañado. ¡Oh, miserable!, ¿has aguardado hasta ahora para oír las murmuraciones y las confabulaciones que, elevándose simultáneamente de la superficie de las esferas, vienen a rozar con hosca ala los bordes papiláceos de tu destructible tímpano? No está lejos el día en que mi brazo te derribará en el polvo envenenado por tu respiración y, arrancando de tus entrañas una nociva vida, dejará en el camino tu cadáver, acribillado de contorsiones, para enseñar al viajero consternado que esa carne palpitante, que llena de asombro su vista e inmoviliza en su paladar la muda lengua, no debe ya ser comparada, si se mantiene la sangre fría, más que al tronco podrido de una encina que cayó de vetustez. ¿Qué pensamientos de compasión me retienen en tu presencia? En cuanto a ti, te lo advierto, mejor es que retrocedas ante mí y vayas a lavar tu inconmensurable vergüenza en la sangre de un niño recién nacido: esas son tus costumbres. Y son dignas de ti. Vamos... sigue caminando hacia adelante. Te condeno a convertirte en un vagabundo. Te condeno a permanecer solo y sin familia. Camina constantemente, para que tus piernas te nieguen su sostén. Atraviesa las arenas del desierto hasta que el fin del mundo sumerja las estrellas en la nada. Cuando pases cerca del cubil del tigre, este se apresurará a huir para no mirar, como en un espejo, su carácter exhibido sobre el zócalo de la perversidad ideal. Pero cuando la imperiosa fatiga te ordene detener la marcha ante las losas de mi palacio, cubiertas de abrojos y cardos, ten cuidado con tus sandalias hechas trizas y cruza de puntillas la elegancia de los vestíbulos. No es una recomendación inútil. Podrías despertar a mi joven esposa y a mi hijo de corta edad, que yacen en las sepulturas de plomo contiguas a los fundamentos del antiguo castillo. Si no tomaras precauciones de antemano, podrían hacerte palidecer con sus subterráneos aullidos. Cuando tu impenetrable voluntad les arrebató la existencia, no ignoraban que tu poder es temible y no tenían, a este respecto, duda alguna, pero no esperaban en absoluto (y su despedida postrera me confirmó su creencia) que tu Providencia se mostrara tan inmisericorde. De todos modos, cruza rápidamente esas salas abandonadas y silenciosas, revestidas de esmeralda, pero de marchitos blasones, donde descansan las gloriosas estatuas de mis antepasados. Esos cuerpos de mármol están irritados contigo; evita sus vidriosas miradas. Es un consejo que te da la lengua de su único y postrer descendiente. Mira cómo su brazo está levantado en actitud de provocadora defensa, con la cabeza orgullosamente echada hacia atrás. Sin duda, han adivinado el mal que me has hecho, y si pasas al alcance de los helados pedestales que sostienen esos bloques esculpidos, la venganza te aguarda. Si tu defensa necesita alegar alguna cosa, habla. Es demasiado tarde ya para llorar. Hubiera sido preciso llorar en momentos más adecuados, cuando la ocasión fue propicia. Si tus ojos se han abierto por fin, juzga tú mismo cuáles fueron las consecuencias de tu conducta. ¡Adiós!, voy a respirar la brisa de los acantilados, pues mis pulmones, sofocados a medias, exigen a grandes gritos un espectáculo más tranquilo y virtuoso que el tuyo.

¡Oh!, pederastas incomprensibles, no seré yo quien lance injurias contra vuestra gran degradación; no seré yo quien venga a verter el desprecio en vuestro ano infundibuliforme. Basta con que las enfermedades vergonzosas y casi incurables que os asedian lleven consigo su indefectible castigo. Legisladores de estúpidas instituciones, inventores de una moral estrecha, alejaos de mí pues soy un alma imparcial. Y vosotros, jóvenes adolescentes o, mejor, muchachas, explicadme cómo y por qué (pero manteneos a conveniente distancia pues tampoco yo sé resistir mis pasiones) la venganza ha germinado en vuestros corazones hasta haber atado en el flanco de la humanidad semejante corona de heridas. Hacéis que se avergüence de sus hijos con vuestra conducta (¡que, por mi parte, yo venero!); vuestra prostitución, ofreciéndose al primer recién llegado, ejerce la lógica de los pensadores más profundos, mientras vuestra exagerada sensibilidad colma la medida de la estupefacción de la propia mujer. ¿Vuestra naturaleza es más o menos terrestre que la de vuestros semejantes? ¿Poseéis acaso un sexto sentido que nos falta? No mintáis y contad vuestros pensamientos. No os estoy haciendo una pregunta, pues desde que frecuento como observador lo sublime de vuestras grandiosas inteligencias, sé a qué atenerme. Que mi mano izquierda os bendiga, que mi mano derecha os santifique, ángeles protegidos por mi amor universal. Beso vuestro rostro, beso vuestro pecho, beso, con mis suaves labios, las distintas partes de vuestro cuerpo armonioso y perfumado. ¿Por qué no me dijisteis enseguida lo que erais, cristalizaciones de una belleza moral superior? Me ha sido necesario adivinar por mí mismo los innumerables tesoros de ternura y castidad que ocultaban los latidos de vuestro corazón oprimido. Pecho ornado con guirnaldas de rosas y vetiver. Me ha sido necesario entreabrir vuestras piernas para conoceros y que mi boca se suspendiera de las insignias de vuestro pudor. Pero (cosa importante para señalar) no olvidéis lavar cada día la piel de vuestras partes con agua caliente, pues, de lo contrario, chancros venéreos florecerían infaliblemente en las hendidas comisuras de mis insatisfechos labios. ¡Oh!, si en vez de ser un infierno el universo hubiera sido sólo un celestial ano inmenso, ved el gesto que realizo junto a mí bajo vientre: sí, habría hundido mi verga a través de su sangriento esfínter, destrozando, con mis impetuosos movimientos, las mismas paredes de su pelvis. La desgracia no habría arropado, entonces, en mis cegados ojos dunas enteras de móvil arena; habría descubierto el lugar subterráneo donde yace la verdad dormida y los ríos de mi esperma viscoso habrían hallado, así, un océano donde precipitarse. Pero, ¿por qué me sorprendo añorando un estado de cosas imaginario que nunca recibirá el sello de su ulterior realización? No nos tomemos el trabajo de elaborar fugaces hipótesis. Entre tanto, que quien se abrase en el ardor de compartir mi lecho venga a mi encuentro, pero pongo a mi hospitalidad una condición rigurosa: no debe tener más de quince años. Que, por su lado, no crea que yo tengo treinta; ¿qué importa eso? La edad no disminuye la intensidad de los sentimientos, ni mucho menos, y, aunque mis cabellos se hayan vuelto blancos como la nieve, no ha sido a causa de la vejez, sino, al contrario, por el motivo que ya sabéis. ¡No me gustan las mujeres! ¡Ni siquiera los hermafroditas! Necesito seres que se me parezcan, en cuya frente la nobleza humana esté grabada en los caracteres más distintos e imborrables. ¿Estáis seguros de que las que lucen largos cabellos son de la misma naturaleza que yo? No lo creo y no abandonaré mi opinión. Una saliva salobre fluye de mi boca, no sé por qué. ¿Quién quiere chuparla para librarme de ella? Sube... sube sin cesar. Ya sé de qué se trata. He observado que, cuando sorbo de la misma garganta la sangre de quienes se acuestan a mi lado (impropiamente se me supone vampiro, porque así se denomina a los muertos que salen de sus tumbas; y yo estoy vivo), a la mañana siguiente devuelvo una parte por la boca: esa es la explicación de la infecta saliva. ¿Qué queréis que haga si los órganos, debilitados por el vicio, se niegan a llevar a cabo las funciones de la nutrición? Pero no reveléis a nadie mis confidencias. No os lo digo por mí, lo digo por vosotros mismos y por los demás, para que el prestigio del secreto mantenga en los límites del deber y de la virtud a quienes, imantados por la electricidad de lo desconocido, se sientan tentados a imitarme. Tened la bondad de mirar mi boca (de momento no tengo tiempo de emplear una fórmula de cortesía más larga); al primer golpe de vista os sorprende por la apariencia de su estructura, sin utilizar la serpiente en vuestras comparaciones, es que contraigo su tejido hasta la última reducción, para hacer creer que tengo un carácter frío. Pero no ignoráis que es diametralmente opuesto. ¡Por qué no podré mirar, a través de estas páginas seráficas, el rostro del que me lee! Si no ha superado la pubertad, que se acerque. Apriétame contra ti y no temas hacerme daño, estrechemos progresivamente los lazos de nuestros músculos. Más, todavía. Siento que es inútil insistir; la opacidad, notable por más de una razón, de esta hoja de papel es uno de los más considerables obstáculos para el logro de nuestra completa unión. Siempre he sentido una infame predilección por la pálida juventud de los colegios y por los niños demacrados de las manufacturas. Mis palabras no son las reminiscencias de un sueño y tendría que desenmarañar demasiados recuerdos si se me impusiera la obligación de hacer desfilar ante vuestros ojos los acontecimientos que podrían dar consistencia, con su testimonio, a la veracidad de mi dolorosa afirmación. La justicia humana no me ha sorprendido todavía en flagrante delito, pese a la incontestable habilidad de sus agentes. Incluso he asesinado (¡no hace mucho tiempo!) a un pederasta que no se prestaba bastante a mi pasión; arrojé su cadáver a un pozo abandonado y se carece de pruebas decisivas contra mí. ¿Por qué os estremecéis de miedo, adolescente que me leéis? ¿Creéis que quiero hacer otro tanto con vos? Os mostráis soberanamente injusto... Tenéis razón: desconfiad de mí, sobre todo, si sois bello. Mis partes ofrecen sempiternamente el lúgubre espectáculo de la turgencia; nadie puede asegurar (¡y cuántos se han acercado!) que las ha visto en estado de tranquilidad normal, ni siquiera el limpiabotas que me asestó en ellas una cuchillada en un instante de delirio. ¡Ingrato! Me cambio de ropa dos veces por semana, no siendo la limpieza el principal motivo de mi decisión. Si no actuara así, los miembros de la humanidad desaparecerían, al cabo de unos días, entre prolongados combates. En efecto, me encuentre donde me encuentre, me acosan continuamente con su presencia y vienen a lamer la superficie de mis pies. ¡Pero qué poder poseen, pues, mis gotas seminales para atraer todo cuanto respiran por nervios olfativos! Llegan de las orillas de los Amazonas, atraviesan los valles que riega el Ganges, abandonan los líquenes polares para emprender largos viajes en mi busca y preguntar a las inmóviles ciudades si han visto pasar, por un instante, ante sus murallas, a aquel cuya sagrada esperma aromatiza las montañas, los lagos, los brezales, las selvas, los promontorios y la vastedad de los mares. Su desesperación al no poder encontrarme (me oculto secretamente en los lugares más inaccesibles para alimentar su ardor) les lleva a cometer los más lamentables actos. Se reúnen trescientos mil a cada lado y los mugidos de los cañones sirven de preludio a la batalla. Todos los flancos se ponen en marcha a la vez, como un solo guerrero. Se forman los cuadros y caen enseguida, para no volver a levantarse. Los despavoridos caballos huyen en todas direcciones. Las balas de cañón roturan el suelo, como implacables meteoros. La escena del combate es sólo ya un vasto campo de carnicería, cuando la noche revela su presencia y la silenciosa luna aparece por entre los desgarrones de una nube. Señalándome con el dedo un espacio de varias leguas cubierto de cadáveres, el vaporoso cuarto creciente del astro me ordena tomar, por un instante, como tema de meditabundas reflexiones, las funestas consecuencias que acarrea, a su entender, el inexplicable talismán encantador que me concedió la Providencia: ¡Cuántos siglos serán, por desgracia, necesarios, todavía, antes de que la raza humana perezca por completo gracias a mi pérfida trampa! Así es cómo un espíritu hábil, y que no se vanagloria, emplea para alcanzar sus fines, medios que al principio parecerían incluso oponer a ello un invencible obstáculo. Mi inteligencia se eleva siempre hacia esa imponente cuestión y vos mismo sois testigo de que no me es posible limitarme al modesto tema que, al principio, tenía intención de tratar. Una última palabra... era una noche de invierno. Mientras la brisa soplaba entre los abetos, el Creador abrió su puerta en medio de las tinieblas e hizo entrar a un pederasta. ¡Silencio!, pasa un cortejo fúnebre por vuestro lado. Inclinad la binaridad de vuestras rótulas hacia la tierra y entonad un canto de ultratumba. (Si mis palabras os parecen más bien una mera fórmula imperativa que una orden formal, fuera de lugar, demostraréis ingenio y del mejor.) Es posible que logréis, así, alegrar extremadamente el alma de un muerto que va a descansar en una fosa de la vida. El hecho es incluso, para mí, cierto. Advertid que no afirmo que vuestra opinión no pueda ser, hasta cierto punto, contraria a la mía, pero lo que interesa, ante todo, es poseer nociones justas sobre los fundamentos de la moral, de modo que cada uno deba penetrarse del principio que ordena hacer a los demás lo que, tal vez, querría que le hicieran a sí mismo. El sacerdote de las religiones abre la marcha, llevando en una mano una bandera blanca, signo de paz, y en la otra un emblema de oro que representa las partes del hombre y de la mujer, como indicando que esos miembros carnales son, la mayoría de las veces, haciendo abstracción de cualquier metáfora, instrumentos muy peligrosos en manos de quienes los utilizan, cuando los manipulan ciegamente para fines diversos que se querellan entre sí, en vez de engendrar una oportuna reacción contra la conocida pasión que provoca casi todos nuestros males. En la parte baja de su espalda lleva atada (artificialmente, claro) una cola de caballo, de espesas crines, que barre el polvo del suelo. Significa que debemos cuidar de no rebajarnos, por nuestra conducta, al rango de los animales. El ataúd conoce el camino y avanza tras la túnica flotante del consolador. Los parientes y amigos del difunto, como manifiesta su posición, han decidido cerrar el cortejo. Éste avanza con majestad, como un navío que hiende la pleamar y no teme el fenómeno del hundimiento, pues en la actualidad las tempestades y los escollos se hacen notar ni más ni menos que por su explicable ausencia. Los grillos y los sapos siguen a pocos pasos la fiesta mortuoria; tampoco ellos ignoran que su modesta presencia en los funerales de alguien les será tenida en cuenta algún día. Charlan en voz baja y en su pintoresco lenguaje (no seáis tan presuntuosos, permitidme que os dé este desinteresado consejo, como para creer que sois el único que poseéis la preciosa facultad de traducir lo que siente vuestro pensamiento) de aquel a quien más de una vez vieron correr a través de las verdeantes praderas y sumergir el sudor de sus miembros en las azulosas aguas de los arenáceos golfos. Primero, la vida pareció sonreírle sin segundas intenciones y, magníficamente, le coronó de flores, pero puesto que vuestra misma inteligencia advierte o, mejor, adivina que ha sido detenido en los límites de la infancia, no necesito, hasta la aparición de una retractación verdaderamente necesaria, proseguir con los prolegómenos de mi rigurosa demostración. Diez años. Número exactamente calcado hasta la confusión sobre el de los dedos de la mano. Es poco y es mucho. En el caso que nos ocupa, sin embargo, me apoyaré en vuestro amor a la verdad para que proclaméis conmigo, sin aguardar un segundo más, que es poco. Y cuando pienso someramente en esos tenebrosos misterios por los que un ser humano desaparece de la tierra, con tanta facilidad como una mosca o una libélula, sin conservar la esperanza del regreso, me sorprendo alimentando el vivo sentimiento de no poder, probablemente, vivir tiempo bastante como para explicaros bien lo que yo mismo no tengo la pretensión de comprender. Pero, puesto que está demostrado que, por una extraordinaria casualidad, no he perdido todavía la vida desde aquel lejano tiempo en que, lleno de terror, comencé la frase precedente, calculo mentalmente que no será inútil, aquí, construir la completa confesión de mi radical impotencia, sobre todo, cuando se trata, como ahora, de tan imponente e inabordable cuestión. Hablando en general es singular la seductora tendencia que nos lleva a buscar (para expresarlas luego) las semejanzas y las diferencias que contienen, en sus naturales propiedades, los objetos más opuestos entre sí y, a veces, los menos aptos en apariencia para prestarse a ese tipo de combinaciones simpáticamente curiosas y que, palabra de honor, dan graciosamente al estilo del escritor, que se permite esta personal satisfacción, el imposible e inolvidable aspecto de un búho serio por toda la eternidad. Sigamos, en consecuencia, la corriente que nos arrastra. El milano real tiene las alas proporcionalmente más largas que el cernícalo y el vuelo mucho más fácil: pasa, de este modo, su vida en el aire. Casi nunca descansa y recorre cada día espacios inmensos, y este gran movimiento no es un ejercicio de caza, ni de persecución de presas, ni siquiera de exploración, pues no caza, sino que parece que el vuelo sea su estado natural, su situación favorita. No es posible evitar la admiración ante el modo como lo ejecuta. Sus alas largas y estrechas parecen inmóviles; la cola cree dirigir todas las evoluciones y la cola no se engaña: actúa sin cesar. Se eleva sin esfuerzo; desciende como si se deslizara por un plano inclinado; más parece nadar que volar. Precipita su carrera, la hace más lenta, se detiene y permanece como suspendido o clavado en el mismo lugar durante horas enteras. No puede advertirse en las alas movimiento alguno: por más que abrierais los ojos como la boca de un horno, sería igualmente inútil. Todos tienen el sentido común de confesar sin dificultad (aunque de cierta mala gana) que no se advierte, al primer golpe de vista, la relación, por lejana que sea, que yo señalo entre la belleza del vuelo del milano real y la del rostro del niño, levantándose suavemente por encima del ataúd descubierto, como un nenúfar que rompiese la superficie de las aguas, y en eso consiste precisamente el imperdonable defecto que acarrea la inamovible situación de una falta de arrepentimiento, con respecto a la voluntaria ignorancia en la que todos se han estancado. Esta relación de tranquila majestad ante los dos términos de mi taimada comparación es ya demasiado común y de un simbolismo bastante comprensible, como para que aumente mi asombro ante lo que sólo puede tener, como única excusa, ese mismo carácter de vulgaridad que hace recaer, sobre cualquier objeto o espectáculo que lo sufre, un profundo sentimiento de injusta indiferencia.

¡Como si lo que se ve cada día no debiera, por ello, atraer nuestra admiración! Llegado a la entrada del cementerio, el cortejo se apresura a detenerse; su intención no es ir más lejos. El sepulturero termina de cavar la fosa; depositan en ella el ataúd con todas las precauciones que se toman en semejantes casos. Algunas paletadas de tierra inesperadas cubren el cuerpo del niño. El sacerdote de las religiones, entre la conmovida asistencia, pronuncia algunas palabras para enterrar aún mejor al muerto en la imaginación de los asistentes. «Dice que le extraña mucho que se derramen tantas lágrimas en un acto de tanta insignificancia. Textual. Pero teme no calificar adecuadamente lo que a su entender es una indiscutible felicidad. Si, en su ingenuidad, hubiera creído que la muerte es tan poco simpática, habría renunciado a su ministerio para no aumentar el legítimo dolor de los numerosos parientes y amigos del difunto, pero una secreta voz le advierte que debe prodigarles algunos consuelos, que no serán inútiles, aunque fuera sólo el de hacerles entrever la esperanza de un próximo encuentro en los cielos entre el que ha muerto y los que han sobrevivido.» Maldoror huía a galope tendido y parecía dirigir su carrera hacia los muros del cementerio. Los cascos de su corcel levantaban alrededor de su dueño una falsa corona de espesa polvareda. Vosotros no podéis saber el nombre de ese jinete, pero yo lo sé. Se acercaba cada vez más; su rostro de platino comenzaba a ser perceptible, aunque llevara la parte baja por completo envuelta en un manto que el lector se ha guardado mucho de expulsar de su memoria y que sólo permitía distinguir los ojos. En medio de su discurso, el sacerdote de las religiones palidece de pronto, pues su oído reconoce el irregular galope de aquel célebre caballo blanco que jamás abandonó a su dueño. «Sí, prosiguió, tengo gran confianza en ese próximo encuentro, entonces, se comprenderá mejor qué sentido debe darse a la temporal separación del alma y del cuerpo. Quien piensa vivir en esta tierra se arrulla con una ilusión cuya evaporación sería importante acelerar.» El ruido del galope se hacía cada vez más fuerte, y cuando el jinete, ciñendo la línea del horizonte, estuvo a la vista, en el campo óptico que abarcaba el portal del cementerio, veloz como un ciclón giratorio, el sacerdote de las religiones, con mayor gravedad, continuó: «No parecéis sospechar que este, a quien la enfermedad obligó a conocer sólo las primeras fases de la vida y que la fosa acaba de acoger en su seno, está indudablemente vivo, pero sabed, al menos, que aquel cuya equívoca silueta distinguís a lomos de un nervioso caballo, y sobre quien os aconsejo fijar lo antes posible la mirada, pues sólo es un punto y pronto desaparecerá entre los brezos, aunque haya vivido mucho, es el único muerto verdadero.»
[…] En aquel instante, tus vigorosos miembros estaban perdiéndose de vista y seguían alejándose, rápidos como una sonda a la que se deja correr. Una barca, que volvía de colocar sus redes en mar abierto, pasó por aquellos parajes. Los pescadores tomaron a Règinald por un náufrago y le izaron, desvanecido, a su embarcación. Se comprobó la presencia de una herida en el costado derecho; todos aquellos expertos marinos emitieron la opinión de que ninguna punta de escollo o fragmento de roca podía producir un agujero tan microscópico y, al mismo tiempo, tan profundo. Un arma cortante, tal vez un estilete de los más aguzados, era la única que podía arrogarse derechos a la paternidad de tan fina herida. Él nunca quiso contar las distintas fases de la zambullida por entre las entrañas de las olas y ha mantenido hasta hoy este secreto. Ahora las lágrimas corren por sus mejillas algo descoloridas y caen sobre tus sábanas: a veces el recuerdo es más amargo que la propia cosa. Pero no sentiré compasión: sería demostrarte excesiva estima. No hagas girar en sus órbitas tus ojos furibundos. Mejor permanecer tranquilo. Sabes que no puedes moverte. Además, no he concluido mi relato. —Levanta tu espada, Règinald, y no olvides con tanta facilidad la venganza. ¿Quién sabe?, tal vez algún día podría reprochártelo. —Más tarde, concebiste remordimientos cuya existencia iba a ser efímera, decidiste redimir tu falta eligiendo a otro amigo para bendecirle y honrarle. Con este recurso expiatorio, borrabas las manchas del pasado y hacías recaer sobre aquel que se convirtió en tu segunda víctima, la simpatía que no supiste demostrar al otro. Vana esperanza; el carácter no se modifica de un día a otro, y tu voluntad siguió siendo idéntica a sí misma. Yo, Elsseneur, te vi por primera vez y, desde entonces, no pude olvidarte. Nos miramos unos instantes y comenzaste a sonreír. Bajé los ojos porque vi en los tuyos una llama sobrenatural. Me preguntaba si, con la ayuda de una noche oscura, te habrías dejado caer en secreto hasta nosotros, desde la superficie de alguna estrella, pues, te lo confieso hoy, cuando no es ya necesario fingir, no te parecías a los jabatos de la humanidad, sino que una aureola de fulgurantes rayos rodeaba la superficie de tu frente. Hubiera deseado establecer relaciones íntimas contigo; mi presencia no osaba acercarse, ante la sorprendente novedad de tan extraña nobleza, y un tenaz terror merodeaba a mí alrededor. ¿Por qué no escuché tales advertencias de mi conciencia? Fundados presentimientos. Advirtiendo mi vacilación, te ruborizaste a tu vez y extendiste el brazo. Puse valerosamente mi mano en la tuya y, tras esta acción, me sentí más fuerte; ahora, un soplo de tu inteligencia había penetrado en mí. Con los cabellos al viento y respirando el aliento de las brisas, caminamos por unos instantes hacia adelante, a través de los espesos bosquecillos de lentiscos, jazmines, granados y naranjos, cuyos aromas nos embriagaban. Un jabalí rozó a la carrera nuestras ropas y una lágrima cayó de sus ojos, cuando me vio contigo: no me expliqué su conducta. Al caer la noche llegamos a una ciudad populosa. Los perfiles de las cúpulas, las torres de los minaretes y las marmóreas bolas de los belvederes recortaban vigorosamente sus quebrados perfiles, a través de las tinieblas, contra el azul intenso del cielo.

Pero no quisiste descansar en aquel lugar, aunque estuviéramos abrumados de fatiga. Bordeamos la base de las fortificaciones exteriores, como chacales nocturnos; evitamos el encuentro con los centinelas al acecho; y conseguimos alejarnos, por la puerta opuesta, de aquella solemne reunión de animales razonables, civilizados como los castores. El vuelo de la fulgora portadora de linterna, el crujido de las secas hierbas, los intermitentes aullidos de algún lobo lejano acompañaban la oscuridad de nuestra incierta marcha a través de la campiña. ¿Cuáles eran, pues, tus motivos válidos para huir de las colmenas humanas? Me hacía esta pregunta con cierta turbación; por otra parte, mis piernas comenzaban a negarme su servicio que se había prolongado durante demasiado tiempo. Llegamos por fin al lindero de un espeso bosque, cuyos árboles estaban unidos entre sí por una maraña de altas lianas inextricables, plantas parásitas y cactus de monstruosas espinas. Te detuviste ante un abedul. Me dijiste que me arrodillara para prepararme a morir; me concediste un cuarto de hora para abandonar esta tierra. Ciertas miradas furtivas que me lanzaste a hurtadillas durante nuestra larga carrera, cuando no te observaba, ciertos gestos cuya irregularidad de medida y movimiento yo había advertido, acudieron de inmediato a mi memoria, como las abiertas páginas de un libro. Mis sospechas se habían confirmado. Demasiado débil para luchar contigo, me derribaste al suelo como el huracán abate la hoja del álamo. Con una de tus rodillas en mi pecho y la otra apoyada en la húmeda hierba, mientras una de tus manos apresaba la binaridad de mis brazos en su grillete, vi cómo la otra sacaba un cuchillo de la vaina colgada de tu cinturón. Mi resistencia era casi nula y cerré los ojos: el patear de un rebaño de bueyes se oyó a cierta distancia, traído por el viento. Avanzaba como una locomotora azuzado por el bastón de un gañán y las quijadas de un perro. No había tiempo que perder y lo comprendiste; temiendo no lograr tus fines, pues, la cercanía de un inesperado auxilio había acrecentado mi poder muscular, y advirtiendo que sólo podías inmovilizar uno de mis brazos a la vez, te limitaste, con un rápido movimiento de la hoja de acero, a cortarme la muñeca derecha. El pedazo, exactamente cercenado, cayó al suelo. Emprendiste la huida, mientras yo me hallaba aturdido por el dolor. No te contaré cómo el gañán acudió en mi auxilio ni cuánto tiempo fue necesario para mi curación. Bástete saber que aquella traición, que yo no esperaba, me dio deseos de buscar la muerte. Llevaba mi presencia a los combates para ofrecer mi pecho a los golpes. Conseguí gloria en los campos de batalla; mi nombre se hizo temible, incluso, para los más intrépidos, pues mi artificial mano metálica derramaba matanza y destrucción sobre las filas enemigas. Sin embargo, cierto día en que los obuses retumbaban con mucha mayor fuerza que de ordinario y los escuadrones, arrebatados de su base, se atorbellinaban como pajas bajo la influencia del ciclón de la muerte, un jinete, de osado ademán, avanzó hacia mí para disputarme la palma de la victoria. Ambos ejércitos se detuvieron, inmóviles, para contemplarnos en silencio. Combatimos durante mucho tiempo, acribillados de heridas y con los cascos destrozados. De común acuerdo detuvimos la lucha para descansar y reanudarla, luego, con mayor energía. Lleno de admiración por su adversario, cada uno de nosotros levanta la propia visera: «¡Elsseneur!...», «¡Règinald!...», esas fueron las sencillas palabras que nuestras jadeantes gargantas pronunciaron al mismo tiempo. Este último, caído en la desesperación de una inconsolable tristeza, había tomado, como yo, la carrera de las armas, y las balas le habían respetado.


¡En qué circunstancias nos volvíamos a encontrar! ¡Pero tu nombre no fue pronunciado! Él y yo nos juramos amistad eterna, aunque, ciertamente, distinta de las dos primeras en las que tú habías sido el actor principal. Un arcángel, bajado del cielo y mensajero del Señor, nos ordenó convertirnos en una sola araña y venir cada noche a chuparte la garganta, hasta que un mandamiento llegado de arriba detuviera el curso del castigo. Durante casi diez años hemos frecuentado tu yacija. Desde hoy quedas libre de nuestra persecución. La vaga promesa de la que hablabas, no nos la hiciste a nosotros, sino al Ser que es más fuerte que tú: tú mismo comprendías que mejor era someterse a ese irrevocable decreto. ¡Despierta, Maldoror! El encanto magnético que ha gravitado sobre tu sistema cerebroespinal, durante las noches de dos lustros, se evapora.» Despierta como le ha sido ordenado y ve dos formas celestiales que desaparecen por los aires con los brazos enlazados. No intenta dormirse de nuevo. Saca, lentamente, uno tras otro, sus miembros de la yacija. Va a calentar su helada piel en los reavivados tizones de la chimenea gótica. Sólo la camisa cubre su cuerpo. Busca con los ojos la redoma de cristal para humedecer su reseco paladar. Abre los postigos. Se apoya en el alféizar de la ventana. Contempla la luna que derrama, en su pecho, un cono de rayos estáticos en el que palpitan, como falenas, átomos de plata de inefable dulzura. Espera que el crepúsculo matutino aporte, cambiando el decorado, un irrisorio alivio a su trastornado corazón.


By El Conde de Lautréamont

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Este obra cuyo autor es GLOSMARYS ELEORANA CAMACHO ALBARRAN está bajo una licencia de Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional de Creative Commons.