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Todo lo que ocurre afuera es un pasatiempo. La vida yace dentro.

domingo, 13 de marzo de 2016

El Conde de Lautréamont.- Los cantos de Maldoror.- ÚLTIMO CANTO.-

CANTO SEXTO
No creáis, vos, cuya envidiable tranquilidad no puede sino embellecer más aún vuestra facies, que se trata todavía de lanzar, en estrofas de catorce o quince líneas, como haría un alumno de cuarto curso, exclamaciones que parezcan inoportunos y sonoros cloqueos de gallina cochinchina, tan grotescos como sería dable imaginar, por poco que uno se lo propusiera; pero es preferible probar con hechos las proposiciones que se adelantan. ¿Pretenderíais, acaso, que porque insulté, como burlándome, al hombre, al Creador y a mí mismo, en mis explicables hipérboles, mi misión se hubiese completado? No: la parte más importante de mi trabajo sigue subsistiendo, como tarea por hacer. A partir de ahora, los hilos de la novela moverán a los tres personajes antes citados: les será, así, comunicado un poder menos abstracto. La vitalidad se extenderá magníficamente por el torrente de su aparato circulatorio y veréis como os asombrará encontrar, donde en principio habíais creído ver sólo vagas entidades pertenecientes al campo de la pura especulación, por una parte, el organismo corporal con sus ramificaciones de nervios y sus membranas mucosas; por la otra, el principio espiritual que preside las funciones fisiológicas de la carne. Son seres dotados de una enérgica vida quienes, con los brazos cruzados y el pecho presto, posarán prosaicamente (aunque estoy seguro de que el efecto será muy poético) ante vuestro rostro, situándose sólo a unos pasos de vos para que los rayos solares, hiriendo primero las tejas de los techos y las cubiertas de las chimeneas, vayan luego a reflejarse visiblemente en sus cabellos terrestres y materiales. Pero no se tratará ya de anatemas, poseedores de la especialidad de provocar la risa; de personalidades ficticias que habrían hecho bien permaneciendo en el cerebro del autor; o de pesadillas colocadas demasiado por encima de la existencia ordinaria. Advertid que, precisamente por eso, mi poesía será más hermosa. Tocaréis con vuestras manos los ramales ascendentes de la aorta y las cápsulas suprarrenales; ¡y también sentimientos! Los cinco primeros relatos no han sido inútiles, eran el frontispicio de mi obra, los cimientos de la construcción, la explicación previa de mi poética futura: y me debía a mí mismo, antes de cerrar mi maleta y ponerme en marcha hacia las regiones de la imaginación, advertir a los sinceros aficionados a la literatura, con el rápido esbozo de una generalización clara y precisa, del objetivo que me había propuesto perseguir. Consecuentemente, opino que ahora, la parte sintética de mi obra, está ya completa y suficientemente parafraseada. Por ella habéis sabido que he decidido atacar al hombre y a Aquel que le creó. Por el momento, y también para más tarde, no necesitáis saber más.

Nuevas consideraciones me parecen superfluas, pues sólo iban a repetir de otro modo más amplio, es cierto, pero idéntico, el enunciado de la tesis cuyo primer desarrollo verá el final de este día. Se desprende de las observaciones precedentes que mi intención es emprender, de ahora en adelante, la parte analítica; tan cierto es eso que, sólo hace unos minutos, expresé el ardiente deseo de que os hallarais aprisionado en las glándulas sudoríparas de mi piel, para verificar la fidelidad de lo que afirmo con conocimiento de causa. Es preciso, lo sé, apoyar con gran número de pruebas la argumentación comprendida en mi teorema, pues bien, esas pruebas existen y ya sabéis que no ataco a nadie sin tener serios motivos. Me río a mandíbula batiente cuando pienso que me reprocháis que lance amargas acusaciones contra la humanidad, uno e cuyos miembros soy (¡y esta mera observación me daría ya la razón!) y contra la Providencia: no me retractaré de mis palabras, pero no me será difícil, contando lo que he visto, sin más ambición que la verdad, justificarlas. Hoy voy a fabricar una pequeña novela de treinta páginas.

Esta medida permanecerá, en lo sucesivo, casi estacionaria. Esperando ver pronto, algún día, que la consagración de mis teorías es aceptada por una u otra forma literaria, creo haber hallado por fin, tras algunos tanteos, mi fórmula definitiva. ¡Es la mejor porque es la novela! Este híbrido prefacio ha sido expuesto de un modo que no parecerá, tal vez, bastante natural, en el sentido de que sorprende, por así decirlo, al lector, que no ve bien a dónde se le quiere en principio llevar, pero he consagrado todos mis esfuerzos a provocar este sentimiento de notable estupefacción del que, por lo general, deben intentar substraerse quienes pasan su tiempo leyendo libros o folletos. En efecto, me era imposible hacer menos pese a mi buena voluntad: sólo más tarde, cuando hayan aparecido algunas novelas, comprenderéis mejor el prefacio del renegado de fuliginoso rostro.
[…]
Las tiendas de la calle Vivienne exponen sus riquezas ante los maravillados ojos. Iluminados por numerosos mecheros de gas, los cofres de caoba y los relojes de oro lanzan, a través de los escaparates, haces de deslumbradora luz. El reloj de la Bolsa ha dado las ocho: ¡no es tarde! Apenas se ha escuchado la última campanada cuando la calle, cuyo nombre ha sido ya citado, comienza a temblar y sacude sus fundamentos desde la Plaza Royale hasta el bulevar Montmartre. Los paseantes apresuran el paso y se retiran pensativos a sus casas. Una mujer se desmaya y cae sobre el asfalto. Nadie la levanta: todos tienen prisa por alejarse de ese lugar. Los porticones se cierran con ímpetu y los habitantes se arrebujan en sus mantas. Diríase que la peste asiática ha revelado su presencia. Así, mientras la mayor parte de la ciudad se dispone a nadar en los goces de las fiestas nocturnas, la calle Vivienne se halla de pronto helada por una especie de petrificación. Ha visto extinguirse su vida como un corazón que deja de amar. Pero la noticia del fenómeno se extiende pronto entre las demás capas de la población y un hosco silencio se cierne sobre la augusta capital. ¿Adónde han ido los mecheros de gas? ¿Qué se ha hecho de las mercenarias del amor? Nada... ¡Soledad y tiniebla! Una lechuza, volando en dirección rectilínea con una pata rota, pasa por encima de la Madeleine y emprende el vuelo hacia la barrera del Trono, gritando: «Se prepara una desgracia.» Pues bien, en este lugar que mi pluma (ese verdadero amigo que me sirve de compadre) acaba de hacer misterioso, si miráis hacia donde la calle Colbert confluye con la calle Vivienne, veréis, en la esquina formada por el cruce de ambas vías, a un personaje que muestra su silueta y dirige su ligera marcha hacia los bulevares. Pero acercándose más, cuidando de no atraer sobre uno mismo la atención del viandante, se advierte, con agradable asombro, que es joven. De lejos, en efecto, hubiérase dicho que era un hombre maduro. La suma de los días no cuenta ya cuando se trata de apreciar la capacidad intelectual de un rostro serio. Sé leer la edad en las líneas fisiognómicas de la frente: ¡tiene dieciséis años y cuatro meses! Es bello como la retractilidad de las garras en las aves de rapiña; o, también, como la incertidumbre de los movimientos musculares en las llagas de las partes blandas de la región cervical posterior; o mejor, como esa ratonera perpetua, constantemente tendida de nuevo por el animal atrapado, que puede cazar por sí sola, indefinidamente, roedores y funcionar, incluso, oculta bajo la paja; y, sobre todo, como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección.

Mervyn, hijo de la rubia Inglaterra, vuelve de una lección de esgrima en casa de su profesor y, envuelto en su tartán escocés, regresa a casa de sus padres. Son las ocho y media y espera llegar a su casa a las nueve: es una gran presunción, por su parte, fingir estar seguro de conocer el porvenir. ¿No puede, acaso, interponerse en su camino algún obstáculo imprevisto? ¿Y es tan poco frecuente tal circunstancia como para que se responsabilice de considerarla una excepción? ¿Por qué no considera, más bien, un hecho anormal la posibilidad, que ha tenido hasta hoy, de sentirse desprovisto de inquietud y, por decirlo de algún modo, feliz? ¿Con qué derecho, en efecto, pretende llegar indemne a su morada cuando alguien le acecha y le sigue los pasos como a su futura presa? (Sería conocer mal la profesión de escritor sensacionalista no exponer, de antemano, al menos, las restrictivas interrogaciones tras de las que llega, inmediatamente, la frase que estoy a punto de terminar.) Habéis reconocido al héroe imaginario que, desde hace mucho tiempo, rompe con la presión de su individualidad mi infeliz inteligencia. Unas veces, Maldoror se acerca a Mervyn para grabar en su memoria los rasgos del adolescente; otras, con el cuerpo echado hacia atrás, vuelve sobre sus pasos como el boomerang de Australia, en el segundo período de su trayecto o, mejor, como una máquina infernal. Indeciso acerca de lo que debe hacer. Pero su conciencia no experimenta ningún síntoma de la más embriogénica emoción, como erróneamente podríais suponer. Le vi alejarse por un instante en dirección opuesta; ¿se sentía abrumado por los remordimientos? Pero regresó con nueva saña. Mervyn ignora por qué sus arterias temporales palpitan con fuerza y apresura el paso, obsesionado por un espanto cuya causa, vos y él, buscáis en vano. Su empeño por descubrir el enigma debe serle tenido en cuenta. ¿Por qué no se vuelve? Lo comprendería todo. ¿Se piensa alguna vez en los medios más sencillos de hacer que cese un estado de alarma? Cuando un merodeador de barreras cruza un barrio de los arrabales, con cántaros de vino blanco en el buche y la blusa hecha jirones, si, en el guardacantón de una esquina, ve un viejo gato musculoso, contemporáneo de las revoluciones a las que asistieron nuestros padres, contemplando melancólicamente los rayos de la luna, que se abaten sobre la dormida llanura, avanza, solapado, describiendo una curva y hace una señal a un perro patizambo que se abalanza. El noble animal de raza felina aguarda con valor a su adversario y vende cara su vida. Mañana algún trapero comprará una piel electrizable. ¿Por qué no huyó? Era tan fácil. Pero, en el caso que ahora nos ocupa, Mervyn complica más todavía el peligro con su propia ignorancia. Tiene ciertos atisbos, excesivamente escasos, es cierto, pero no me detendré a demostrar la vaguedad que los recubre; sin embargo, le es imposible adivinar la realidad. No es profeta, no digo lo contrario y no se atribuye la facultad de serlo. Llegado a la gran arteria, dobla a la derecha y cruza el bulevar Poissonnière y el bulevar Bonne-Nouvelle. En este punto de su camino, avanza por la calle del faubourg-Saint-Denis, deja a su espalda el apeadero del ferrocarril de Estrasburgo y se detiene ante un elevado portal, antes de haber alcanzado la perpendicular superposición de la calle Lafayette. Y como me aconsejáis que concluya en este lugar la primera estrofa, quiero, por esta vez, atenerme a vuestro deseo. ¿Sabéis que, cuando pienso en el grillete de hierro oculto bajo la piedra por la mano de un maniaco, un invencible estremecimiento recorre mis cabellos? Tira del pomo de cobre y el portal de la moderna mansión gira sobre sus goznes. Recorre el patio, cubierto de fina arena, y sube los ocho peldaños de la escalinata. Las dos estatuas, colocadas a derecha e izquierda como guardianas de la aristocrática villa, o le cierran el paso. Aquel que renegó de todo, padre, madre, Providencia, amor, ideal, para sólo pensar en sí mismo, se ha cuidado mucho de no seguir los precedentes pasos. Le ha visto entrar en un espacioso salón de la planta baja, con revestimientos de cornalina. El hijo de familia se desploma en un sofá y la emoción le impide hablar. Su madre, con un largo vestido cuya cola se arrastra, acude presta y le rodea con sus brazos. Sus hermanos, de menos edad, se agrupan alrededor del mueble que soporta una carga; no conocen la vida de modo suficiente como para hacerse una clara idea de la escena que se desarrolla.

Por fin, el padre levanta su bastón y lanza sobre los asistentes una mirada llena de autoridad. Apoyando la mano en el brazo del sillón, se aleja de su habitual asiento y avanza, con inquietud, aunque debilitado por los años, hacia el cuerpo inmóvil de su primogénito. Habla en una lengua extranjera y todos le escuchan con respetuoso recogimiento: «¿Quién ha puesto al muchacho en ese estado? El brumoso Támesis acarreará, todavía, notable cantidad de limo antes de que mis fuerzas estén por completo agotadas. En este paraje inhóspito no parecen existir preservadoras leyes. El culpable sentiría el vigor de mi brazo si le conociera. Aunque me haya jubilado, en el alejamiento de los combates marítimos, mi espada de comodoro, colgada de la pared, todavía no se ha oxidado. Por otra parte, fácil es volver a afilarla. Mervyn, tranquilízate, daré a mis criados órdenes para que encuentren el rastro de aquel a quien, de ahora en adelante, buscaré para hacerle perecer por mi propia mano. Mujer, sal de ahí y ve a acurrucarte en un rincón, tus ojos me enternecen y mejor harías cerrando el conducto de tus glándulas lacrimales. Hijo, te lo suplico, despabila tus sentidos y reconoce a tu familia; es tu padre el que te habla...» La madre se mantiene apartada y, para obedecer las órdenes de su dueño, ha tomado un libro entre las manos y se esfuerza por permanecer tranquila, en presencia del peligro que corre aquel a quien dio a luz su matriz. «... Hijos, id a distraeros en el parque, y cuidad, al admirar el nado de los cisnes, de no caer en el estanque...» Los hermanos, con los brazos colgando, permanecen mudos. Todos, con el gorro coronado por una pluma arrancada de las alas del chotacabras de Carolina, con el pantalón de terciopelo deteniéndose en las rodillas y medias de seda roja, se toman de la mano y abandonan el salón, cuidando de pisar sólo de puntillas el entarimado de ébano. Estoy convencido de que no se divertirán y pasearán con gravedad por las avenidas de plátanos. Su inteligencia es precoz. Mejor para ellos. «...Inútiles cuidados, te acuno en mis brazos y permaneces insensible a mis súplicas. ¿Quieres levantar la cabeza? Me abrazaré, si es preciso, a tus rodillas. Pero no... Vuelve a caer inerte.» —«Mi dulce dueño, si se lo permites a tu esclava, voy a buscar a mi alcoba un frasco lleno de esencia de trementina, del que habitualmente me sirvo cuando la jaqueca invade mis sienes, al regreso del teatro, o cuando la lectura de una narración conmovedora, consignada en los anales británicos de la caballeresca historia de nuestros antepasados, lanza mi soñador pensamiento a las hornagueras del sopor.» —«Mujer, no te había concedido la palabra y no tenías derecho a tomarla. Desde nuestra legítima unión, ninguna nube se ha interpuesto entre nosotros. Estoy satisfecho de ti y nunca he tenido reproches que hacerte: y recíprocamente. Ve a buscar a tu alcoba un frasco lleno de esencia de trementina. Sé que está en uno de los cajones de tu cómoda, no serás tú quien me lo descubra. Apresúrate a subir los peldaños de la escalera en espiral y vuelve a mi lado con rostro alegre.» Pero la sensible londinense apenas ha llegado a los primeros peldaños (no corre con la celeridad de una persona de las clases inferiores) cuando una de sus señoritas de compañía baja ya del primer piso, con las mejillas arreboladas por el sudor y el frasco que, tal vez, contenga el licor de la vida entre sus paredes de cristal. La damisela se inclina con gracia, ofreciendo su presente, y la madre, con regia actitud, se ha dirigido hacia los flecos que adornan el sofá, único objeto que preocupa a su ternura. El comodoro, con ademán altivo, pero benevolente, acepta el frasco de manos de su esposa. Un pañuelo de la India es humedecido y rodean la cabeza de Mervyn con los orbiculares meandros de la seda. Respira las sales, agita un brazo. La circulación se reanima y se oyen los alegres gritos de una cacatúa de las Filipinas, colocada en el alféizar de la ventana. «¿Quién es?... No me detengáis... ¿Dónde estoy? ¿Acaso una tumba soporta mis entorpecidos miembros? sus tablas me parecen suaves... ¿Llevo todavía al cuello el medallón con el retrato de mi madre?... Atrás, malhechor de despeinada cabeza. No ha podido alcanzarme y he dejado entre sus dedos un faldón de mi justillo. Soltad las cadenas de los perros pues esta noche un reconocible ladrón puede introducirse, con efracción, en nuestra casa, mientras estemos sumidos en el sueño. Padre y madre míos, os reconozco y os agradezco vuestros cuidados. Llamad a mis hermanos menores. Había comprado para ellos unos bombones y quiero besarles. » Tras estas palabras, cae en un profundo estado letárgico. El médico, a quien se ha llamado apresuradamente, se frota las manos y exclama: «La crisis ha pasado. Todo va bien. Mañana vuestro hijo despertará bien dispuesto. Id todos a vuestros respectivos lechos, lo ordeno para quedarme solo junto al enfermo hasta que aparezca la aurora y cante el ruiseñor.»
Maldoror, oculto detrás de la puerta, no ha perdido una sola palabra. Conoce ahora el carácter de los habitantes de la mansión y actuará en consecuencia.
Sabe dónde mora Mervyn y no desea saber más. Ha anotado en un cuadernillo el nombre de la calle y el número del edificio. Eso es lo principal. Está seguro de no olvidarlos. Avanza sin ser visto, como una hiena, y bordeando los márgenes del patio. Escala con agilidad la reja, enganchándose por un instante en las puntas de hierro; de un salto está en la calzada. Se aleja a la chita callando: «Me ha tomado por un malhechor, exclama; es un imbécil. Me gustaría encontrar un solo hombre exento de la acusación que el enfermo ha lanzado contra mí. No le he arrebatado un faldón de su justillo, como afirma. Simple alucinación hipnagógica producida por el espanto. Mi intención no era hoy apoderarme de él, pues tengo otros proyectos ulteriores para este tímido adolescente. » Dirigíos al lugar donde se halla el lago de los cisnes; y más tarde os diré por qué hay en la bandada uno completamente negro, cuyo cuerpo, que soporta un yunque coronado por el cadáver en putrefacción de un cangrejo paguro, inspira con razón desconfianza a sus restantes compañeros acuáticos.

Mervyn está en su habitación; ha recibido una misiva. ¿Pero quién le habrá escrito una carta? Su turbación le ha impedido dar las gracias al agente postal. El sobre tiene los bordes negros y las palabras han sido trazadas con una escritura apresurada. ¿Le llevará la carta a su padre? ¿Y si el signatario se lo prohíbe expresamente? Lleno de angustia, abre su ventana para respirar los aromas de la atmósfera; los rayos del sol reflejan sus prismáticas irradiaciones en los cristales de Venecia y las adamascadas cortinas. Arroja a un lado la misiva, entre los libros de cantos dorados y los álbumes de nacaradas cubiertas, esparcidos sobre el cuero repujado que recubre la superficie de su pupitre de escolar. Abre el piano, hace correr sus afilados dedos por las teclas de marfil. Las cuerdas de latón no resuenan. Esta advertencia indirecta le mueve a recoger el papel avitelado: pero éste retrocedió como si se sintiera ofendido por la vacilación del destinatario. Cogida en la trampa, la curiosidad de Mervyn se acrecienta y abre el pedazo de papel preparado. Hasta ese momento sólo había visto su propia escritura.
«Joven, me intereso por vos; quiero labrar vuestra felicidad. Os tomaré por compañero y juntos llevaremos a cabo largas peregrinaciones por las islas de
Oceanía. Mervyn, sabes que te amo y no necesito probártelo. Me concederás tu amistad, no me cabe duda. Cuando me conozcas mejor, no te arrepentirás de la confianza que me habrás testimoniado. Te preservaré de los peligros que tu inexperiencia corre. Seré para ti un hermano y no te faltarán los buenos consejos. Para mayores explicaciones acude pasado mañana por la mañana, a las cinco, al puente del Carrousel. Si no he llegado, aguárdame, pero espero estar a la hora exacta. Haz lo mismo. Un inglés no abandonará fácilmente la ocasión de ver claro en sus propios asuntos. Joven, te saludo y hasta pronto. No le enseñes esta carta a nadie.» —«Tres estrellas en vez de firma —exclama Mervyn—, ¡y una mancha de sangre al pie de la página! » Abundantes lágrimas caen sobre las extrañas frases que sus ojos han devorado y abren a su espíritu el ilimitado campo de inciertos y nuevos horizontes. Le parece (sólo desde que acaba de terminar la lectura) que su padre es algo severo y su madre demasiado majestuosa. Tiene razones que no han llegado a mi conocimiento y que, en consecuencia, no podré transmitiros, para insinuar que tampoco sus hermanos le convienen. Oculta la carta en su pecho. Sus profesores observaron que aquel día no parecía el mismo; sus ojos se ensombrecieron desmesuradamente y el velo de la reflexión excesiva cayó sobre la región periorbital. Cada profesor se ruborizó ante el temor de no hallarse a la altura intelectual de su alumno y, sin embargo, este descuidó, por primera vez, sus deberes y no trabajó. Por la noche, la familia se reunió en el comedor, decorado con antiguos retratos.

Mervyn admira los platos cargados de suculentas viandas y los aromáticos frutos, pero no come; los policromos chorros de los vinos del Rhin y los espumosos rubíes del champaña se entallan en las estrechas y altas copas de cristal de Bohemia, pero dejan también indiferente su vista. Apoya un codo en la mesa y permanece absorto en sus pensamientos, como un sonámbulo. El comodoro, de rostro curtido por la espuma del mar, se inclina al oído de su esposa: «El mayor ha cambiado de carácter desde el día de la crisis; era ya demasiado propenso a ideas absurdas. Hoy sueña más aún que de costumbre. En fin, cuando tenía su edad, yo no era así. Finge no darte cuenta de nada. Aquí es donde un remedio eficaz, material o moral, hallaría con facilidad su empleo. Mervyn, a ti que te agrada la lectura de los libros de viajes y la historia natural, voy a leerte un relato que no te disgustará. Escuchadme con atención, todos sacaréis provecho, y yo el primero. Y vosotros, niños, aprended, por la atención que sabréis prestar a mis palabras, a perfeccionar el perfil de vuestro estilo y a daros cuenta de las menores intenciones de un autor.» ¡Como si aquella camada de adorables granujillas pudiera comprender lo que es la retórica! Así dice y, tras un gesto de su mano, uno de los hermanos se dirige a la biblioteca paterna y regresa con un volumen bajo el brazo. Mientras, han quitado la plata y los cubiertos y el padre toma el libro. Al oír la electrizante palabra «viajes», Mervyn ha levantado la cabeza y se esfuerza por poner término a sus intempestivas meditaciones. El libro es abierto aproximadamente por su mitad y la voz metálica del comodoro prueba que sigue siendo capaz, como en los días de su gloriosa juventud, de dominar el furor de hombres y tempestades. Mucho antes de finalizar la lectura, Mervyn ha vuelto a apoyarse en su codo, ante la imposibilidad de seguir por más tiempo el razonado desarrollo de las frases pasadas por la terraja y la saponificación de las obligatorias metáforas. El padre exclama: «Eso no le interesa; leamos otra cosa. Lee, mujer; tú serás más afortunada que yo para expulsar la pesadumbre de los días de nuestro hijo.» La madre ya no tiene esperanzas, sin embargo, ha tomado otro libro y el timbre de su voz de soprano resuena melodiosamente en los oídos del producto de su concepción. Pero, tras algunas palabras, el desaliento la invade y abandona por sí misma la interpretación de la obra literaria. El primogénito exclama: «Voy a acostarme.» Se retira bajando los ojos con fría fijeza y sin añadir nada. El perro lanza un lúgubre ladrido pues esa conducta no le parece natural, y el viento del exterior, penetrando desigualmente por la fisura longitudinal de la ventana, hace vacilar la llama, cubierta por dos cúpulas de cristal rosado, de la lámpara de bronce. La madre apoya las manos en su frente y el padre levanta los ojos al cielo. Los niños lanzan miradas asustadas al viejo marino.

Mervyn cierra la puerta de su dormitorio con doble vuelta de llave y su mano corre rápidamente por el papel: «He recibido a mediodía vuestra carta y me perdonaréis haberos hecho esperar la respuesta. No tengo el honor de conoceros personalmente e ignoraba si debía escribiros. Pero, como la descortesía no se aloja en nuestra casa, he decidido tomar la pluma y agradeceros calurosamente el interés que os tomáis por un desconocido. Líbreme, Dios, de no mostrarme agradecido ante la simpatía con la que me colmáis. Conozco mis imperfecciones y no me enorgullecen. Pero si es conveniente aceptar la amistad de una persona de más edad, también lo es hacerle comprender que nuestros caracteres no son los mismos. En efecto, parecéis mayor que yo puesto que me llamáis joven y, sin embargo, tengo dudas acerca de vuestra verdadera edad. Pues, ¿cómo conciliar la frialdad de vuestros silogismos con la pasión que de ellos se desprende? Cierto es que no abandonaré el lugar que me vio nacer para acompañaros a lejanas regiones; algo que sólo sería posible a condición de solicitar, antes, a los autores de mis días, un permiso impacientemente esperado. Pero, como me habéis exigido que guarde el secreto (en el sentido cúbico de la palabra) sobre este asunto espiritualmente tenebroso, me apresuraré a obedecer vuestra incontestable prudencia. Por lo que parece, no afrontaría complacido la claridad de la luz. Puesto que parecéis desear que confíe en vuestra propia persona (deseo que no está fuera de lugar, me complace confesarlo), tened la bondad, os lo ruego, de testimoniar, para conmigo, una confianza análoga y no tener la pretensión de creer que pueda hallarme tan alejado de vuestra opinión como para, mañana por la mañana, a la hora indicada, no acudir con puntualidad a la cita. Saltaré el muro del parque, pues la verja estará cerrada, y nadie será testigo de mi partida. Hablando con franqueza, ¿qué no haría yo por vos, cuyo inexplicable afecto ha sabido revelarse con presteza a mis deslumbrados ojos, asombrados, sobre todo, por una prueba de bondad que, estoy convencido, nunca hubiera esperado? Porque no os conocía. Ahora os conozco. No olvidéis la promesa que me habéis hecho de pasar por el puente del Carrousel. En caso de que yo pase por allí, tengo la impar seguridad de encontraros y tocaros la mano, siempre que esta inocente manifestación de un adolescente que, todavía ayer, se inclinaba ante el altar del pudor, no pueda ofenderos con su respetuosa familiaridad. Pero, ¿no es confesable la familiaridad en el caso de una ardiente y fuerte intimidad, cuando la perdición es seria y convicta? ¿Y, a fin de cuentas, qué mal habría, os lo pregunto a vos, en que os dijera adiós, sin detenerme, cuando pasado mañana, llueva o haga sol, hayan dado las cinco? Vos mismo apreciaréis, gentleman, el tacto con que he concebido mi carta, pues no me permito en una hoja de papel, que podría perderse, deciros más. Vuestra dirección, al pie de la página, es un jeroglífico. He necesitado casi un cuarto de hora para descifrarlo. Creo que habéis hecho bien al trazar las palabras de un modo microscópico.

Evito firmar y en eso os imito: vivimos en una época excesivamente excéntrica como para que nos asombre un solo instante lo que podría suceder. Tengo curiosidad por saber cómo habéis averiguado el lugar donde mora mi glacial inmovilidad, rodeada de una larga sucesión de salas desiertas, inmundos pudrideros de mis horas de tedio. ¿Cómo decirlo? Cuando pienso en vos, mi pecho se agita, resonante como la caída de un imperio en decadencia, pues la sombra de vuestro amor revela una sonrisa que, tal vez, no exista: ¡es tan vaga y mueve tan tortuosamente sus escamas! Abandono entre vuestras manos mis sentimientos impetuosos, mesas de mármol muy nuevas y vírgenes todavía de contacto mortal. Tengamos paciencia hasta las primeras luces del crepúsculo matutino y, a la espera del momento que me arrojará en la horrenda atadura de vuestros brazos pestíferos, me inclino humildemente y abrazo vuestras rodillas.» Tras haber escrito esta culpable carta, Mervyn la lleva al correo y vuelve a acostarse. No penséis encontrar a su ángel custodio. La cola de pez sólo volará durante tres días, es cierto, pero, ¡ay!, la viga no quedará por ello menos abrasada; y una bala cilindro-cónica atravesará la piel del rinoceronte, pese a la mujer de nieve y al mendigo. Y es que el loco coronado habrá dicho la verdad acerca de la fidelidad de los catorce puñales.

¡Advertí que sólo tenía un ojo en mitad de la frente! ¡Oh espejos de plata, incrustados en los paneles de los vestíbulos, cuántos servicios me habéis prestado por vuestro poder reflector! Desde el día en que un gato de Angora me royó, durante una hora, la protuberancia parietal, como un trépano perfora el cráneo, lanzándose bruscamente sobre mi espalda, porque había hervido sus crías en una cuba llena de alcohol, no he dejado de arrojar contra mí mismo la flecha de los tormentos. Hoy, bajo la impresión de las heridas que mi cuerpo ha recibido en distintas circunstancias, bien por la fatalidad de mi nacimiento o bien por obra de mi propia falta; abrumado por las consecuencias de mi caída moral (algunas se han cumplido; ¿quién preverá las otras?); espectador impasible de las monstruosidades adquiridas o naturales que decoran las aponeurosis y el intelecto del que habla, lanzo una larga mirada de satisfacción a la dualidad que me compone... ¡y me encuentro bello! Bello como el defecto de formación de los órganos sexuales del hombre, consistente en la relativa brevedad del canal de la uretra y la división o la ausencia de su pared inferior, de modo que el canal se abre a variable distancia del glande y por debajo del pene; o también, como la carúncula carnosa, de forma cónica, surcada por arrugas transversales bastante profundas, que se eleva en la base del pico superior del pavo, o, mejor, como la siguiente verdad: «El sistema de las gamas, de los modos y de su armónico encadenamiento no descansa sobre leyes naturales invariables, sino que, por el contrario, es consecuencia de principios estéticos que han variado con el progresivo desarrollo de la humanidad, y seguirán variando», y, sobre todo, como una corbeta acorazada, con torrecilla. Sí, mantengo la exactitud de mi aserto. No me hago presuntuosas ilusiones, me vanaglorio de ello, y ningún provecho obtendría de la mentira; de modo que no debéis vacilar en creer lo que he dicho. Pues, ¿por qué iba a inspirarme horror a mí mismo, ante los elogiosos testimonios que brotan de mi conciencia? Nada le envidio al Creador, pero que me deje bajar por el río de mi destino, a través de una creciente serie de gloriosos crímenes. Si no, levantando a la altura de su frente una mirada que se irrita ante cualquier  obstáculo, le haré comprender que no es el único dueño del universo, que varios fenómenos que dependen directamente de un conocimiento más profundo de la naturaleza de las cosas, hablan en favor de la opinión contraria y oponen un mentís formal a la viabilidad de la unidad del poder. Y es que somos dos los que nos contemplamos las pestañas de los párpados, ya lo ves... y sabes que, más de una vez, ha resonado en mi boca sin labios el clarín de la victoria. Adiós, guerrero insigne; tu valor en la desgracia inspira la estima de tu más encarnizado enemigo, pero Maldoror te encontrará pronto para disputarte esa presa que se llama Mervyn. Así se realizará la profecía del gallo, cuando vislumbró el porvenir en el fondo del candelabro. Plegue al cielo que el cangrejo paguro alcance a tiempo la caverna de los peregrinos y les comunique, en pocas palabras, el relato del trapero de Clignancourt.

En un banco del Palais-Royal, a la izquierda y no lejos del estanque, se ha sentado un individuo llegado por la calle de Rivoli. Tiene los cabellos en desorden sus ropas revelan la acción corrosiva de una prolongada privación. Con un puntiagudo pedazo de madera ha excavado un agujero en el suelo y ha llenado de tierra la palma de su mano. Se ha llevado este alimento a la boca y lo ha devuelto con precipitación. Se ha levantado y, colocando su cabeza contra el banco, ha dirigido hacia arriba sus piernas. Pero, como esta posición funambulesca es contraria a las leyes del peso que rigen el centro de gravedad, ha caído a plomo sobre el asiento, con los brazos pendientes, la gorra ocultándole la mitad del rostro y las piernas golpeando la grava en una situación de equilibrio inestable, cada vez menos tranquilizadora. Permanece largo tiempo en esta posición. Cerca de la puerta medianera del norte, junto a la rotonda que alberga la sala del café, el brazo de nuestro héroe se apoya en la verja. Su mirada recorre la superficie del rectángulo para no dejar escapar ninguna perspectiva. Sus ojos regresan sobre sí mismos, tras haber terminado la investigación, y distinguen, en medio del jardín, a un hombre que hace una titubeante gimnasia en un banco sobre el que se empeña en sostenerse, realizando prodigios de fuerza y habilidad. Pero ¿qué puede la mejor intención, puesta al servicio de una causa justa, contra los extravíos de la alienación mental? Avanza hacia el loco, le ayuda con benevolencia a devolver su dignidad a una posición normal, le tiende la mano y se sienta a su lado. Advierte que la locura es sólo intermitente. El acceso ha desaparecido; su interlocutor responde con lógica a todas las preguntas. ¿Es necesario referir el sentido de sus palabras? ¿Para qué abrir de nuevo por una página cualquiera, con blasfema prisa, el infolio de las miserias humanas? Nada procura más fecunda enseñanza. Aun cuando no dispusiera de ningún acontecimiento auténtico que referiros, inventaría relatos imaginarios para transvasarlos a vuestro cerebro. Pero el enfermo no lo es por gusto, y la sinceridad de sus relatos se alía maravillosamente con la credulidad del lector. «Mi padre era un carpintero de la calle de la Verrerie... ¡Que la muerte de las tres Margaritas caiga sobre su cabeza y el pico del canario le roa eternamente el eje del bulbo ocular! Había adquirido la costumbre de embriagarse. En tales ocasiones, cuando regresaba a casa tras haber recorrido los mostradores de las tabernas, su furor se hacía casi inconmensurable y golpeaba indistintamente los objetos que se ponían a su alcance. Pero pronto, ante los reproches de sus amigos, se enmendó por completo y se volvió de humor taciturno. Nadie podía acercársele, ni siquiera nuestra madre. Guardaba un secreto resentimiento contra la idea del deber que le impedía comportarse a su antojo. Yo había comprado un pajarillo para mis tres hermanas; para mis tres hermanas había comprado un pajarillo. Ellas lo habían encerrado en una jaula, encima de la puerta, y los viandantes se detenían siempre para escuchar los cantos del ave, admirar su gracia fugitiva y estudiar sus sabias formas. Más de una vez mi padre había dado orden de hacer desaparecer la jaula y su contenido, pues imaginaba que el pajarillo se burlaba de su persona arrojándole el ramillete de las aéreas cavatinas de su talento de vocalista. Fue a descolgar la jaula del clavo y resbaló de la silla, cegado por la cólera. Una ligera escoriación en la rodilla fue el trofeo de su empresa. Tras haber permanecido unos segundos presionando la parte hinchada con una viruta, dejó caer de nuevo la pernera de su pantalón, con las cejas fruncidas, tomó mejores precauciones, se puso la jaula bajo el brazo y se dirigió al fondo de su taller. Allí, pese a los gritos y las súplicas de su familia (queríamos mucho a aquel pájaro que era, para nosotros, como el genio de la casa) aplastó con sus herrados tacones la jaula de mimbre, mientras una garlopa, girando sobre su cabeza, mantenía a distancia a los asistentes. La casualidad quiso que el pajarillo no muriera en el acto; aquel copo de plumas seguía viviendo, pese a la maculación sanguínea. El carpintero se alejó y cerró ruidosamente la puerta. Mi madre y yo nos esforzamos por retener la vida del pájaro, dispuesta a escapar; estaba llegando a su fin y el movimiento de sus alas ya no ofrecía a la vista más que el espejo de la suprema convulsión de la agonía. Mientras, las tres Margaritas, cuando advirtieron que iba a perderse toda esperanza, se tomaron de la mano, de común acuerdo, y la cadena viviente fue a acurrucarse, tras haber desplazado algunos pasos un barril de grasa, detrás de la escalera, junto a la caseta de nuestra perra. Mi madre no cesaba en su tarea y tenía el pajarillo entre los dedos para calentarlo con su aliento. Yo corría desesperado por todas las habitaciones, golpeándome con muebles e instrumentos. De vez en cuando, una de mis hermanas mostraba la cabeza al pie de la escalera, para interesarse por la suerte del infeliz pájaro, y la retiraba con tristeza. La perra había salido de su caseta y, como si hubiera comprendido la magnitud de nuestra pérdida, lamía con la lengua del estéril consuelo el vestido de las tres Margaritas. Al pajarillo le quedaban sólo unos instantes de vida. Una de mis hermanas (era la más joven) mostró, a su vez, la cabeza en la penumbra formada por la rarificación de la luz. Vio que mi madre palidecía y el pájaro, tras haber levantado el cuello, por un instante, como última manifestación de su sistema nervioso, caía entre sus dedos, inerte para siempre. Comunicó la noticia a sus hermanas. No dejaron oír el rumor de queja ni murmullo alguno. El silencio reinaba en el taller. Sólo se escuchaban los intermitentes crujidos de los fragmentos de la jaula que, en virtud de la elasticidad de la madera, recobraban, en parte, la posición primordial de su construcción.

Las tres Margaritas no dejaron escapar lágrima alguna y su rostro no perdía en absoluto su arrebolado frescor; no... Simplemente permanecían inmóviles. Se arrastraron hasta el interior de la perrera y se tendieron en la paja, una junto a otra, mientras la perra, testigo pasivo de su maniobrar, las miraba con asombro. Varias veces las llamó mi madre; no devolvieron el sonido de respuesta alguna. Fatigadas por las emociones presentes, probablemente, dormían. Buscó por todos los rincones de la casa sin encontrarlas. Siguió a la perra, que le tiraba del vestido, hacia la perrera. La mujer se agachó e introdujo la cabeza por la entrada. El espectáculo del que tuvo la posibilidad de ser testigo, dejando al margen las malsanas exageraciones del miedo materno, sólo podía ser lamentable, de acuerdo con los cálculos de mi espíritu. Encendí una vela y se la entregué; de este modo no se le escapó detalle alguno. Sacó de nuevo la cabeza, cubierta de briznas de paja, de la prematura tumba, y me dijo: «Las tres Margaritas han muerto.» Como no podíamos sacarlas de aquel lugar, pues, fijaos bien en eso, estaban estrechamente abrazadas unas a otras, fui a buscar al taller un martillo para romper la morada canina. Puse, de inmediato, manos a la obra de demolición y los viandantes pudieron creer, por poca imaginación que tuvieran, que el trabajo no faltaba en nuestra casa. Mi madre, impaciente por unos retrasos que, sin embargo, eran indispensables, se destrozaba las uñas contra las tablas. Por fin, la operación de ese negativo parto concluyó; la caseta, hendida, se entreabrió por todos lados, y pudimos retirar de los escombros, una tras otra, después de haberlas separado con dificultad, a las hijas del carpintero. Mi madre abandonó la región. No he vuelto a ver a mi padre. Por lo que a mí respecta, dicen que estoy loco e imploro la caridad pública. Lo único que sé es que el canario ya no canta.» El auditor aprueba, en su fuero interno, ese nuevo ejemplo que apoya sus repugnantes teorías. Como si, a causa de un hombre esclavo antaño del vino, se tuviera derecho a acusar a la humanidad entera. Tal es, al menos, la paradójica reflexión que intenta introducir en su espíritu, pero no puede expulsar de él las importantes enseñanzas de la grave experiencia. Consuela al loco con fingida compasión y seca sus lágrimas con su propio pañuelo. Le lleva a un restaurante y comen en la misma mesa. Van a casa de un sastre de moda y el protegido es vestido como un príncipe. Llaman a la portería de una casa de la calle Saint-Honoré, y el loco es instalado en un rico apartamento del tercer piso. El bandido le obliga a aceptar su bolsa y, tomando el orinal de debajo de la cama, lo pone sobre la cabeza de Aghone. «Te corono rey de las inteligencias, exclama con premeditado énfasis, acudiré a tu menor llamada; dispón a manos llenas de mis cofres. Te pertenezco en cuerpo y alma. Por la noche, devolverás la corona de alabastro a su lugar de costumbre, con el permiso de utilizarla, pero, durante el día, en cuanto la aurora ilumine las ciudades, póntela de nuevo en la frente como símbolo de tu poder. Las tres Margaritas revivirán en mí, sin mencionar que seré tu madre. Entonces, el loco retrocedió unos pasos, como si fuera presa de insultante pesadilla; los rasgos de la felicidad se dibujaron en su rostro, arrugado por las pesadumbres. Se arrodilló lleno de humildad, a los pies de su protector. ¡El agradecimiento había entrado, como un veneno en el corazón del loco coronado! Quiso hablar y su lengua se detuvo. Inclinó su cuerpo hacia adelante y cayó de nuevo embaldosado.

El hombre de labios de bronce se retira. ¿Cuál era su objetivo? Ganar un amigo a toda prueba, bastante ingenuo como para obedecer la menor de sus órdenes. No podía haber encontrado a nadie mejor que el azar le había favorecido. Aquel a quien halló tendido en un banco, no sabe ya, desde un acontecimiento de su juventud, distinguir el bien del mal. Necesita precisamente a Aghone. El Todopoderoso había enviado a la tierra a uno de sus arcángeles para salvar al adolescente de una muerte cierta. ¡Se verá obligado a bajar en personal! Pero no hemos llegado todavía a esta parte de nuestro relato y me veo en la necesidad de cerrar mi boca, porque no puedo decirlo todo a la vez; cada truco efectista aparecerá a su hora, cuando la trama de esta ficción no encuentre ya inconveniente en ello. Para no ser reconocido, el arcángel había tomado la forma de un cangrejo paguro, grande como una vicuña. Estaba en la punta de un escollo, en medio del mar, y aguardaba el momento favorable de la marea para llevar a cabo su descenso hacia la orilla. El hombre de labios de jaspe, oculto tras una sinuosidad de la playa, espiaba al animal con un bastón en la mano. ¿Quién habría deseado leer el pensamiento de estos dos seres? Al primero, no se le ocultaba que tenía una difícil misión que cumplir: «¿Y cómo conseguirlo, exclamaba, mientras las olas, cada vez mayores, batían su temporal refugio, si mi dueño ha visto, más de una vez, fracasar su fuerza y su valor? Yo soy sólo una sustancia limitada, mientras que nadie sabe de dónde viene el otro y cuál es su objetivo final. Al oír su nombre, los ejércitos celestiales tiemblan, y más de uno cuenta, en las regiones que yo he abandonado, que ni el propio Satán, Satán, la encarnación del mal, es tan temible.» El segundo se hacía las siguientes reflexiones que encontraron eco hasta en la cúpula de azur a la que mancillaron: «Parece lleno de inexperiencia; le arreglaré las cuentas con rapidez. Sin duda, viene de arriba, enviado por aquel que tanto teme venir en persona. Veremos, en la acción, si es tan altanero como parece. No se trata de un habitante del albaricoque terrestre; sus ojos indecisos y errabundos traicionan su origen seráfico.» El cangrejo paguro que desde hacía algún tiempo paseaba su vista por un espacio limitado de la costa, distinguió a nuestro héroe (este, entonces, irguió toda la altura de su hercúlea talla), y le apostrofó en los términos siguientes: «No intentes luchar y ríndete. He sido enviado por alguien que es superior a ambos, para cargarte de cadenas y poner tus dos miembros, cómplices de tu pensamiento, en la imposibilidad de moverse. Es preciso que, en adelante, te esté prohibido empuñar cuchillos y puñales, créeme, tanto por tu interés como por el de los demás. Muerto o vivo, te venceré; tengo orden de llevarte vivo. No me pongas en la obligación de recurrir al poder que me ha sido prestado. Me portaré con delicadeza; no me opongas, por tu parte, resistencia alguna. Así reconoceré, presuroso y alegre, que has realizado un primer paso hacia el arrepentimiento.» Cuando nuestro héroe escuchó esta arenga, llena de un salero tan profundamente cómico, apenas pudo mantener la seriedad en la rudeza de sus bronceados rasgos. Pero, por fin, nadie se extrañará si añado que terminó lanzando la carcajada. ¡No pudo evitarlo! ¡No lo hacía con mala intención! ¡Ciertamente no quería despertar los reproches del cangrejo paguro! ¡Cuántos esfuerzos hizo para contener la hilaridad! ¡Cuántas veces apretó los labios, uno contra otro, para no tener aspecto de ofender a su escandalizado interlocutor! ¡Por desgracia, su carácter participaba de la naturaleza de la humanidad y reía como lo hacen las ovejas! Por fin se detuvo. ¡Era ya tiempo! ¡Había estado al punto de ahogarse! El viento llevó esta respuesta al arcángel del escollo: «Cuando tu dueño no me envíe más caracoles y crustáceos para arreglar sus asuntos y se digne parlamentar, personalmente conmigo, encontraremos, estoy seguro, el medio de ponernos de acuerdo, pues soy inferior a quien te ha enviado, como con tanta exactitud has dicho. Hasta entonces, las ideas de reconciliación me parecen prematuras y apropiadas sólo para producir un quimérico resultado. Estoy muy lejos de desconocer lo que de sensato hay en cada una de tus sílabas, y, como podríamos fatigar inútilmente nuestra voz, haciéndole recorrer tres kilómetros de distancia, me parece que obrarías con prudencia descendiendo de tu inexpugnable fortaleza y ganando, a nado, la tierra firme: discutiremos con mayor comodidad las condiciones de una rendición que, por legítima que sea, no deja de ser para mí, al fin y al cabo, una perspectiva desagradable.» El arcángel, que no esperaba esa buena voluntad, sacó un poco más su cabeza de las profundidades de la grieta y repuso: «¡Oh!, Maldoror, por fin ha llegado el día en que tus abominables instintos verán extinguirse la antorcha de injustificable orgullo que los conduce a la condenación eterna. Seré, pues, el primero en contar tan loable cambio a las falanges de los querubines, felices de recuperar a uno de los suyos.

Sabes tú mismo, y no lo has olvidado, que en una época ocupaste el primer lugar entre nosotros. Tu nombre corría de boca en boca; actualmente eres el tema de nuestras solitarias conversaciones. Ven, pues... ven a concertar una paz duradera con tu antiguo dueño; te recibirá como a un hijo extraviado y no tendrá en cuenta, en absoluto, la enorme cantidad de culpabilidad que tienes, como una montaña de cuernos de alce levantada por los indios, amontonada en tu corazón.» Así dice y retira todas las partes de su cuerpo del fondo de la obscura abertura. Se muestra radiante en la superficie del escollo como un sacerdote de las religiones cuando tiene la certeza de recuperar una oveja extraviada. Se dispone a arrojarse al agua para dirigirse a nado hacia el perdonado. Pero el hombre de labios de zafiro había maquinado mucho tiempo antes, un golpe pérfido. Su bastón es lanzado con fuerza; tras rebotar muchas veces en las olas, golpea en la cabeza al arcángel bienhechor. El cangrejo, mortalmente alcanzado, cae al agua. La marea lleva a la orilla el flotante pecio. Aguardaba la marca para llevar a cabo con mayor facilidad su descenso. Pues bien, la marea ha llegado; le ha acunado con sus cantos y le ha depositado blandamente en la playa: ¿no está contento el cangrejo? ¿Qué más quiere? Y Maldoror, inclinado sobre la arena de la playa, recibe en sus brazos a dos amigos, inseparablemente reunidos por los azares de las olas: ¡El cadáver del cangrejo paguro y el bastón homicida! «No he perdido todavía mi habilidad, exclama; sólo tengo que practicarla; mi brazo conserva su fuerza y mis ojos su puntería.» Mira al inerte animal. Teme que le pidan cuentas por la sangre derramada. ¿Dónde ocultaré al arcángel? Y, al mismo tiempo, se pregunta si la muerte habrá sido instantánea. Se ha cargado a la espalda un yunque y un cadáver; se encamina hacia un vasto estanque cuyas riberas están cubiertas y parecen amuralladas por una inextricable maraña de grandes juncos. Quería, en principio, coger un martillo, pero es un instrumento demasiado ligero, mientras que con un objeto más pesado, si el cadáver da signos de vida, lo depositará en el suelo y lo hará polvo a golpes de yunque. Su brazo no carece de vigor, vamos; esta es la menor de sus preocupaciones. Llegado a la vista del lago, lo descubre poblado de cisnes. Se dice que es un escondrijo seguro para él. Ayudado por una metamorfosis, sin abandonar su carga, se mezcla con la bandada de las demás aves. Advertid la mano de la Providencia donde podría tenerse la tentación de creerla ausente, y aprovechad el milagro del que voy a hablaros.
Negro como el ala de un cuervo, tres veces nadó por entre el grupo de palmípedos de resplandeciente blancura; tres veces conservó el color distintivo que le asimilaba a un bloque de carbón. Y es que Dios, en su justicia, no permitió en absoluto que su astucia pudiera engañar siquiera a una bandada de cisnes.

De modo que permaneció ostensiblemente en el interior del lago, pero todos se mantuvieron apartados y ninguna de las aves se aproximó a su vergonzoso plumaje, para hacerte compañía. Y, entonces, circunscribió sus zambullidas a una apartada bahía, en un extremo del estanque, solo entre los habitantes del aire como lo estaba entre los hombres. Así se preparaba para el increíble acontecimiento de la plaza Vendôme. El corsario de cabellos de oro ha recibido la respuesta de Mervyn. Sigue, en esa página singular, la huella de la turbación intelectual de quien la escribió, abandonado a las débiles fuerzas de su propia sugestión. Mucho mejor habría hecho consultando a sus padres antes de responder a la amistad del desconocido. Ningún beneficio obtendrá mezclándose, como actor principal, en tan equívoca intriga. Pero, en fin, él lo ha querido. A la hora indicada, Mervyn, desde la puerta de su casa, ha caminado en línea recta siguiendo el bulevar Sébastopol, hasta la fuente Saint-Michel. Toma el muelle de los Grands Augustins y atraviesa el muelle Conti. Cuando pasa por el muelle Malaquais, ve caminar por el muelle del Louvre, paralelamente a su propia dirección, a un individuo que lleva una bolsa bajo el brazo y que parece examinarle con atención. Las brumas matinales se han disipado. Ambos viandantes desembocan, al mismo tiempo, a cada lado del puente del Carrousel. Aunque no se habían visto nunca, se reconocieron. Era, en verdad, conmovedor ver a esos dos seres, separados por la edad, acercando sus almas gracias a la grandeza de los sentimientos. Esa habría sido, al menos, la opinión de quienes se hubieran detenido ante ese espectáculo que a más de uno, incluso de espíritu matemático, le habría parecido emotivo.

Mervyn, con el rostro lloroso, pensaba que había encontrado al comienzo de la vida, por decirlo de algún modo, un precioso sostén en las futuras adversidades. Tened por seguro que el otro no decía nada. He aquí lo que hizo: desplegó la bolsa que llevaba, dispuso su abertura y, tomando al adolescente por la cabeza, hizo pasar todo su cuerpo al interior de la envoltura de tela. Anudó, con su pañuelo, el extremo que servía para la introducción. Como Mervyn lanzara agudos gritos, levantó la bolsa, como si fuera un montón de ropa, y golpeó varias veces con ella el parapeto del puente. Entonces, el paciente, advirtiendo el crujido de sus huesos, calló. ¡Escena única que ningún novelista volverá a encontrar! Pasaba un matarife, sentado en la carne de su carreta. Un individuo corre tras él, le ordena detenerse y le dice: «He aquí un perro encerrado en esta bolsa; tiene sarna: matadle enseguida. » El interpelado se muestra complaciente. El interruptor, alejándose, ve a una muchacha harapienta que le tiende la mano. ¿Hasta dónde llega, pues, el colmo de la audacia y la impiedad? ¡Y le da limosna! Decidme si deseáis que os introduzca, unas horas más tarde, por la puerta de un apartado matadero. El matarife está de regreso y dice a sus compañeros, arrojando al suelo un fardo: «Apresurémonos a matar ese perro sarnoso.» Son cuatro y cada uno toma el martillo habitual. Y, sin embargo, vacilaban porque la bolsa se movía con fuerza. «¿Qué emoción se apodera de mí?», exclamó uno de ellos bajando lentamente su brazo. «Este perro lanza, como un niño, gemidos de dolor, dice otro; diríase que comprende la suerte que le aguarda.» «Es su costumbre, repuso un tercero; incluso cuando no están enfermos, como es el caso, basta que su dueño permanezca algunos días ausente de la casa para que comiencen a lanzar aullidos que, realmente, son penosos de soportar.» «¡Deteneos!... ¡deteneos!..., gritó el cuarto, antes de que todos los brazos se hubieran levantado cadenciosamente para golpear, resueltos esta vez, la bolsa. Deteneos os digo; hay algo aquí que se nos escapa. ¿Cómo estar seguros de que esta tela contiene un perro? Quiero comprobarlo.» Entonces, pese a las burlas de sus compañeros, abrió el paquete y sacó de él, uno tras otro, los miembros de Mervyn. Estaba casi sofocado por la incomodidad de su posición. Se desvaneció al volver a ver la luz. Unos instantes después, dio indudables signos de existencia. El salvador dijo: «Aprended, para otra vez, a ser prudentes, incluso, en vuestro oficio. Habéis estado a punto de descubrir, en propia carne, que de nada sirve practicar la inobservancia de esta ley.» Los matarifes huyeron. Mervyn, con el corazón oprimido y lleno de funestos presentimientos, regresa a su casa y se encierra en su habitación. ¿Necesito insistir en esta estrofa? ¡Ah, quién no deplorará sus consumados acontecimientos! Esperemos el final para pronunciar un juicio más severo todavía. El desenlace va a precipitarse, y, en esta clase de relatos en los que una pasión, cualquiera que sea su género, cuando se produce, no teme obstáculo alguno para abrirse camino, no hay lugar para diluir en un cubilete la goma lacada de cuatrocientas páginas banales. Lo que puede decirse en media docena de estrofas, hay que decirlo y luego callar.


Para construir mecánicamente el meollo de un cuento somnífero no basta con disecar algunas tonterías y embrutecer poderosamente, a renovadas dosis, la inteligencia del lector para conseguir que sus facultades queden paralíticas por el resto de su vida, gracias a la infalible ley de la fatiga. Es preciso, además, con buen fluido magnético, ponerle ingeniosamente en la imposibilidad sonambulesca de moverse, forzándole a ofuscar sus ojos contra su tendencia natural por medio de la fijeza de los vuestros. Quiero decir, no para hacerme comprender mejor, sino sólo para desarrollar mi pensamiento que interesa e inquieta al mismo tiempo gracias a una armonía de las más penetrantes, que no creo que sea necesario, para conseguir el objetivo que uno se propone, inventar una poesía al margen por completo del ordinario curso de la naturaleza, y cuyo pernicioso hálito parece trastornar incluso las verdades absolutas; pero conseguir semejante resultado (acorde, por lo demás, con las reglas de la estética, si se piensa bien), no es tan fácil como se cree: eso es lo que quería decir. ¡Por ello haré grandes esfuerzos para lograrlo! Si la muerte acaba con la fantástica delgadez de los dos largos brazos de mis hombros, empeñados en el lúgubre aplastamiento de mi escayola literaria, quiero, al menos, que el enlutado lector pueda decirse: «Es necesario hacerle justicia. Me ha cretinizado mucho. ¡Qué habría logrado si hubiera podido vivir más! ¡Es el mejor profesor de hipnosis que conozco!» Estas conmovedoras palabras se grabarán en el mármol de mi tumba y mis manes estarán satisfechos. —¡Prosigo! Había una cola de pez que se agitaba en el fondo de un agujero junto a una bota descarcañalada. No era lógico preguntarse: «¿Dónde está el pez? Sólo veo una cola que se agita.» Ya que, si se confesaba, de modo implícito, que no se veía el pez, es que en realidad no estaba allí. La lluvia había dejado algunas gotas de agua en el fondo de ese embudo excavado en la arena. Por lo que a la bota descarcañalada se refiere, algunos pensaron, más tarde, que procedía de un abandono voluntario. El cangrejo paguro, por el poder divino, iba a renacer de sus divididos átomos. Tomó del pozo la cola de pez y le prometió reunirla con su perdido cuerpo si anunciaba al Creador la impotencia de su mandatario para dominar las enfurecidas olas del mar maldororiano. Le prestó dos alas de albatros y la cola de pez emprendió el vuelo. Pero se dirigió a la morada del renegado, para contarle lo que ocurría y traicionar al cangrejo paguro. Este adivinó el proyecto del espía y, antes de que el tercer día hubiera llegado a su fin, atravesó la cola de pez con una flecha envenenada. El gaznate del espía dejó escapar una alegre exclamación y lanzó el último suspiro antes de caer al suelo. Entonces, una viga secular, colocada en lo más alto de un castillo, levantóse con toda su altura, saltando sobre sí misma, y exigió venganza a grandes gritos. Pero el Todopoderoso, convertido en rinoceronte, le comunicó que aquella muerte era merecida. La viga se apaciguó, fue a colocarse al fondo de la mansión, recuperó su posición horizontal y llamó a las alarmadas arañas para qe continuaran, como antaño, tejiendo las telas en sus rincones. El hombre de labios de azufre supo la debilidad de su aliada, por ello, le ordenó al loco coronado que quemara la viga y la redujera a cenizas. Aghone ejecutó esa severa orden. «Puesto que, en vuestra opinión, ha llegado el momento, exclamó, he ido a tomar el grillete que había enterrado bajo la piedra y lo he atado a uno de los extremos del cable. Aquí está el paquete.» Y mostró una gruesa cuerda, arrollada, de sesenta metros de longitud. Su dueño le preguntó qué hacían los catorce puñales. Respondió que permanecían fieles y seguían dispuestos a cualquier cosa, si fuera necesario. El presidiario inclinó la cabeza en señal de satisfacción. Mostró sorpresa, inquietud incluso, cuando Aghone añadió que había visto cómo un gallo, con su pico, hendía por la mitad un candelabro, elevaba su mirada, alternativamente, hacia cada una de ambas partes y exclamaba con frenético aleteo: «¡No hay tanta distancia como se cree de la calle de la Paix a la plaza del Panthéon. Pronto tendremos la lamentable prueba de ello!» El cangrejo paguro, cabalgando un fogoso corcel, corría a rienda suelta en dirección al escollo, testigo del lanzamiento del bastón por un brazo tatuado, asilo del primer día de su descenso a la tierra. Una caravana de peregrinos se dirigía a visitar el lugar, consagrado ahora por una muerte augusta. Esperaba alcanzarla para pedir urgente socorro contra la trama que estaba preparándose y de la que había tenido conocimiento. Veréis, algunas líneas más adelante, con ayuda de mi glacial silencio, que no llegó a tiempo para contarles lo que le había comunicado un trapero, oculto tras el cercano andamiaje de una casa en construcción, el día en que el puente del Carrousel, luciendo todavía el húmedo rocío de la noche, vio con horror cómo el horizonte de su pensamiento se ampliaba, confusamente, en círculos concéntricos, por la matinal aparición del rítmico golpear de una bolsa icosaédrica contra su parapeto calcáreo. Antes de que estimule su compasión con el recuerdo de este episodio, harán bien destruyendo en sí mismos la semilla de la esperanza... Para destruir vuestra pereza, utilizad los recursos de la buena voluntad, caminad junto a mí y no perdáis de vista a ese loco, con la cabeza coronada por un orinal, que empuja ante sí, con la mano armada de un bastón, a aquel a quien no os iba a ser fácil reconocer si yo no me encargara de advertíroslo y recordar a vuestro oído la palabra que se pronuncia Mervyn. ¡Cómo ha cambiado! Con las manos atadas a la espalda, camina hacia adelante, como si se dirigiera al patíbulo y, sin embargo, no es culpable de delito alguno. Han llegado al recinto circular de la plaza Vendôme. En el entablamento de la sólida columna, apoyado contra la cuadrada balaustrada, a más de cincuenta metros del suelo, un hombre ha lanzado y desenrollado un cable que cae al suelo a pocos pasos de Aghone. Con la costumbre, las cosas se hacen con rapidez, pero puedo afirmar que éste no empleó mucho tiempo en atar los pies de Mervyn al extremo de la cuerda. El rinoceronte había sabido lo que iba a ocurrir. Cubierto de sudor, apareció jadeando por la esquina de la calle Castiglione. Ni siquiera tuvo la satisfacción de iniciar el combate. El individuo que atalayaba los alrededores desde lo alto de la columna, amartilló su revólver, apuntó con cuidado y apretó el gatillo. El comodoro, que mendigaba por las calles desde el día en que había comenzado lo que creyó ser la locura de su hijo, y la madre, a la que habían llamado la muchacha de nieve, por su extremada palidez, presentaron sus pechos para proteger al rinoceronte. Inútil cuidado. La bala perforó su piel como una barrena. Habría podido creerse, con cierta apariencia de lógica, que la muerte iba a presentarse infaliblemente. Pero sabíamos que, en ese paquidermo, se había introducido la sustancia del Señor, se retiró apesadumbrado. Si no estuviera asaz probado que no fue en exceso bondadoso con una de sus criaturas, compadecería al hombre de la columna; este, con un seco movimiento de muñeca, tira de la cuerda así lastrada. Colocada fuera de la perpendicular, sus oscilaciones balancean a Mervyn, que cuelga cabeza abajo. Agarra, con fuerza, una larga guirnalda de siemprevivas, que une dos ángulos consecutivos de la base, contra la que golpea su frente. Arrastra consigo, por los aires, lo que no era un punto fijo. Tras haber amontonado a sus pies, en forma de elipses superpuestas, gran parte del cable, de modo que Mervyn quede suspendido a media altura del obelisco de bronce, el presidiario evadido, con su mano derecha, hace que el adolescente adquiera un movimiento acelerado de rotación uniforme, en un plano paralelo al eje de la columna, y recoge, con su mano izquierda, los serpentinos enrollamientos de la cuerda, que yacen a sus pies. La onda silba en el espacio; el cuerpo de Mervyn la sigue por todas partes, siempre alejado del centro por la fuerza centrífuga, siempre manteniendo su posición móvil y equidistante, en una circunferencia aérea, independiente de la materia. El salvaje civilizado va soltando poco a poco, hasta alcanzar el otro extremo que sujeta con firme metacarpo, lo que parece erróneamente una barra de acero. Se pone a correr alrededor de la balaustrada, sujetándose a la barandilla con una mano. Esta maniobra produce un cambio en el primitivo plano de revolución del cable y aumenta su fuerza de tensión, ya muy considerable. En adelante, gira, majestuoso, en un plano horizontal, tras haber pasado, sucesivamente, en un insensible desplazamiento, por varios planos oblicuos. ¡El ángulo recto que forman la columna y el hilo vegetal tiene sus lados iguales! El brazo del renegado y el instrumento asesino se confunden en la unidad lineal, como los elementos atomísticos de un rayo de luz penetrando en la cámara oscura. Los teoremas de la mecánica me permiten hablar así; ¡ay!, ¡sabemos que una fuerza, agregada a otra fuerza engendra una resultante compuesta de ambas fuerzas primitivas! ¿Quién osaría afirmar que la cuerda lineal no se habría roto ya sin el vigor del atleta, sin la buena calidad del cáñamo? El corsario de cabellos dorados, brusca y simultáneamente, detiene la velocidad adquirida, abre la mano y suelta el cable. La reacción ante esa maniobra, tan opuesta a las precedentes, hace crujir las junturas de la balaustrada. Mervyn, seguido por la cuerda, se parece a un cometa que arrastra tras sí su llameante cola. El grillete de hierro del nudo corredizo, centelleando a los rayos del sol, invita a completar por uno mismo la ilusión. En el curso de su parábola, el condenado a muerte hiende la atmósfera hasta la orilla izquierda, la sobrepasa gracias a la fuerza de impulsión que supongo infinita y su cuerpo termina golpeando la cúpula del Panthéon, mientras la cuerda abraza, en parte, con sus anillos, la pared superior del inmenso cimborio. En su superficie esférica y convexa, que sólo por su forma se parece a una naranja, se ve, a cualquier hora del día, un desecado esqueleto que permanece suspendido. Cuando el viento lo balancea, según se dice, los estudiantes del barrio latino, temiendo una suerte similar elevan, una corta plegaria: son insignificantes rumores que nadie está obligado a creer y aptos sólo para asustar a los niños. Sujeta, entre sus crispadas manos, una especie de gran cinta de viejas flores amarillas. Es preciso tener en cuenta la distancia y, así, nadie puede afirmar, pese a haber demostrado su buena vista, que sean, realmente, aquellas siemprevivas de las que os he hablado y que un desigual combate, entablado cerca de la nueva Ópera, vio desprenderse de un grandioso pedestal. No es menos cierto que las colgaduras, en forma de media luna, no reciben ya la expresión de su simetría definitiva en el número cuaternario: id a verlo vos mismo, si no me queréis creer.

FIN

By El Conde de Lautréamont

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Este obra cuyo autor es GLOSMARYS ELEORANA CAMACHO ALBARRAN está bajo una licencia de Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional de Creative Commons.