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Todo lo que ocurre afuera es un pasatiempo. La vida yace dentro.

sábado, 21 de enero de 2017

NÉMESIS










 NÉMESIS

Como hombre evolucionado, descendiente de una familia de acaudalados y propietarios de grandes tesoros y reliquias, con traje fino y perfectamente alineado, sin ahondar en lo extravagante y guardando cuidadosamente su estilo clásico, distinguiéndose de las demás personas que esperaban en las instalaciones del aeropuerto, arribó al pueblo un joven peculiar. De pasos impecables que iban acompañados de su reluciente calzado, comenzó a andar por los espacios que conducían a la salida, y sin esperar su equipaje abandonó el lugar con cierto aire de misterio que cubría todo su semblante.

Blanca como la nieve era la tonalidad de su piel, sus ojos de un negro intenso y profundo, como dos perlas negras que daban a su mirada una especie de poder, intimidando a todo aquel que le observara. Su cabello azabache y largo hasta los hombros, conservaba un brillo particular, dibujando una línea brillante alrededor de su cabeza, como si su aura intensificara su presencia. Su nariz fina y alargada, le daba un toque delicado a su rostro, que ya de por sí, era asombrosamente hermoso, evocando la presencia de sus ancestros, quienes se caracterizaron por ser distintivos del resto de la humanidad, al poseer ciertos rasgos fenotípicos que marcaban el sello de su escudo familiar. 

Sus maneras eran de corte victoriano, con expresiones faciales nostálgicas, no había dureza en su rostro, por el contrario, su rostro estaba cubierto por una especie de abstracción que lo alejaba de todo lo presente.
¿Ese que va allí, no es uno de los Montes de Oca? Murmuraban algunas personas al verlo pasar por las calles del pequeño pueblo… Vendrá por la herencia…. Respondían otros.. No cabe duda, esa familia es muy extraña, siempre tan silenciosa y distante, parecen fantasmas... 

Los curiosos no podían dejar de mirarlo, contemplarlo y a su vez, admirarlo, su presencia no los incomodaba. Su figura los cautivaba por su espléndida belleza, sin embargo, no podían evitar sentir intriga, pues el joven, a pesar de su representación, caminaba en silencio, como si estuviera ausente. No se detenía a saludar a nadie y su mirada permanecía en una profundidad infinita, que trascendía al vacío. Una actitud típica de la Dinastía de los Montes de Oca, que aun con sus siglos de existencia, conservaban tal distinción.

Recorrió el pueblo de extremo a extremo, sin detenerse por un momento y sin derramar una gota de sudor. Toda su apariencia se mantenía intacta, como una pieza de cristal. Sus pasos eran lentos y alargados, lo que hacía que su caminata pareciera una cosa sencilla, pues a pesar de la elegancia al andar, no era visible la velocidad que llevaba, como si sus pies fueran guiados por una fuerza invisible, por el viento, haciendo que sus pasos, sin ser notados a la vista, volaran, reduciendo el tiempo que se llevaba en caminar de esquina a esquina.

Al llegar a la iglesia del pueblo, se detuvo. Fue el único lugar donde todo su ser hizo acto de presencia. Contempló la fachada de la iglesia por unos segundos y luego de haberla recorrido con una profunda mirada, esbozó una sonrisa. En ese instante, el padre salió de la iglesia por la puerta principal y al cruzarse con la mirada del joven, comenzó a bajar la escalera, rápidamente. El joven se mantuvo quieto, observando los pasos del padre. No se movió, parecía una estatua. 

Cuando el padre llegó a su encuentro, lo observó detenidamente, sin evitar que sus ojos se detuvieran en los ojos del joven. Todo su cuerpo sintió un súbito escalofrió, como si estuviera recibiendo una energía extraña, ajena a él, su mente no lograba entender tal sensación. Y como por arte de magia, pudo articular una pequeña pregunta:

Ø    -¿Se te ofrece algo?
Ø    - Por ahora, no. Respondió el joven. Su voz era profunda como el eco de las entidades, sin embargo, conservaba una melodía en su profundidad que le daba un toque de dulzura. Una extraña dulzura que estremecía al que la escuchaba.
Ø    - Si algo necesitas, puedo ayudarte. Le insistía, pues no quería cortar la comunicación con aquel extraño joven.
Ø    - He dicho que nada me hace falta. Replicó el joven, quien enseguida sacó unos lentes oscuros de la chaqueta de corte clásico y se los colocó sin dejar de mirar al padre. Y sin despedirse continuó por su camino, dejando a su paso una estela de aire frio, la misma que lo acompañó en su caminata desde que llegó al pueblo.
Ø    - Este chico está más extraño que nunca- Se dijo y no dejó de observarlo, aún y cuando el joven ya lo había dejado de paso. Y con su singular forma de caminar, en pocos minutos ya se había perdido de su vista, al dar cruce en la esquina continua a la iglesia.
Ø    - Hey padrecito- dijo un muchacho que se hallaba en el jardín frente a la iglesia, podando unas rosas. ¿Qué le ha dicho el joven Montes de Oca?
Ø    - Ah caramba, Pedro, ya veo que usted también notó la presencia de ese joven aquí. Respondió algo desconcertado.
Ø    - Y cómo no verlo, señor, no ve que esa gente es muy rara. A donde van se les mira. Respondió el jardinero rascándose la cabeza… ¿Pero diga usted, qué le ha dicho el joven? No sabe la revuelta que su presencia ha despertado en el pueblo.
Ø    - ¿Revuelta? ¿Y eso por qué?
Ø    - Bueno padrecito, usted sabe cómo es la gente de este pueblito cuando se consigue con un Montes de Oca. Recuerde usted que el joven no estaba por aquí, y ahora aparece otra vez. Dicen en el pueblo que le vieron salir del aeropuerto esta mañana y que desde entonces no ha dejado de caminar por las calles y va así, como usted lo vio, como alma en pena. No dice nada. No se detiene en ninguna parte. Hasta ahora.
Ø    - Pedro, ¿Quién le ha dicho esas cosas? No deberías prestar atención a las habladurías de la gente, ya saben cómo son de exageradas.
Ø    -No padrecito, yo no presto atención, eso me lo dijo el lechero cuando trajo el mandado que usted pidió ayer en la bodega. Y no pregunté nada, yo calladito escuché lo que dijo.
Ø    -Está bien Pedro, pero te agradezco que no hagas eco de rumores. Ahora cuida la casa del señor, me voy a ausentar un momento, daré una pequeña vuelta.
Ø    - Ah padrecito, usted va en la búsqueda de ese joven, déjelo ir no más, ese ya debe estar lejos de aquí, ¿No ve como sus pies van como el viento?
Ø    - Calla Pedro, no hagas suposiciones. Nos vemos más tarde. Se marchó tras el chico, dejando atrás al jardinero y su iglesia.

¡Ah! estos padrecitos tercos, no hagas, no digas, no pienses, cómo si a diosito le gustara la gente muda, si fuera así no existieran iglesias entonces. ¡Bah! que se lleve su cabezazo con ese joven, por terco y testarudo. El jardinero tomó otra vez sus tijeras de jardín y continuó arreglando las rosas, que estaban bañadas de un extraño rocío - ¡Ucha! -Dijo -rocío a las dos de la tarde con esta pepa de sol, una cosa rara es. Cosa rara es ese chico... - Y sacudió su cuerpo como si estuviera quitándose los malos augurios.
El padre aceleró el paso tratando de alcanzar al joven, dio vuelta en la esquina donde lo había perdido de vista, con la esperanza de aún conseguirlo por la vía, sin embargo, no tuvo suerte, al girar vio que la calle estaba sola, no había un alma - ¿Dónde se metería este joven? Se dijo mientras se rascaba la cabeza, ¿A dónde habrá ido? Dio unas cuantas vueltas por las calles que le seguían, cruzando por las laterales hasta conseguir que su trayecto terminará en un ir y venir circular. Continuó así por unos treinta minutos hasta que su cuerpo se cansó de tanto andar, sin tener un rumbo determinado, obligándolo a regresar a su iglesia.
Ø    -¿Qué pasó padrecito, a que no consiguió al joven?- Le dijo Pedro, quien no dejaba de mirar al padre que jadeaba de lo cansado que se encontraba.
Ø    -No, no pude alcanzarle.
Ø    -O se lo tragó la tierra, padrecito. Ya sabe usted que esa gente aparece y desaparece como fantasmas.
Ø    -Basta Pedro, te he dicho que no hables en esos términos.
Ø    -Está bien padrecito, disculpe usted. Mire, por qué mejor no deja eso para mañana, a lo mejor si va a la mansión de los Montes de Oca lo consiga ahí.
Ø    -Sí, eso haré. Mañana les daré una visita, tengo tiempo que no voy por esos lados.
Ø    -Si padrecito, pero ya sabe, no vaya ni muy temprano ni muy tarde, mire que por ahí se cuentan cosas raras que ocurren en los alrededores de esa casa.
Ø    -¡Vas  a seguir Pedro! ¿Qué te he dicho de los rumores?
Ø    - Si padrecito, ya sé, calladito me veo más bonito a los ojos de Dios. Bueno, ya terminé aquí. Ya es hora de irme a casa, debo llevar pan para la cena.
Ø    -Está bien, que Dios te bendiga. Dale saludos de mi parte y de parte del señor a tu familia.
Ø    -Así lo haré…

Pedro tomó sus herramientas y fue a la casa patronal para guardarlas y cambiarse de ropa. Al finalizar, salió de prisa de la casa a la panadería más cercana, antes que fuera cerrada, pues ya eran las seis de la tarde. 

Al llegar a la panadería, se consiguió con un alboroto que reinaba entre una multitud de pueblerinos que se hallaban dentro.

Ø -¿Qué ocurre?¿Por qué tanto alboroto entre ustedes? Dijo mientras trataba de llegar al mostrador para comprar el pan.
Ø -¡Oh Pedro! ¿No te has enterado? Dijo una viejecita cuyas manos temblaban, invadidas por el temor.
Ø -No doñita, no me he enterado, ¿Qué ha ocurrido? Respondió Pedro, quien ya estaba impaciente por enterarse.
Ø -Bueno hijo mío tal parece que desde que llegó ese extraño chico al pueblo, ya sabe el de esa familia rara, los Montes de Oca, han comenzado a ocurrir cosas muy extrañas.  En la casa de la vieja Gabriela cayó un rayo a plena luz del día, minutos después que ese chico pasó frente a su casa, por suerte no le pasó nada a ella, pero su casita no quedó ni para escombros, la partió en dos; al viejo José también le ocurrió algo parecido, pero en lugar de un rayo, él viejo dice que sus aparatos se volvieron locos y explotaron, y la comadre Carmen ¡Oh mi pobre comadre! Nos ha contado que su estufa explotó y destrozó media casa, está desecha la pobre. Ellos no fueron los únicos, todos lo que estamos aquí hemos vivido cosas muy extrañas ¡Muy extrañas!
Ø -¡Oh doña María! todo eso que acaba de contar pudo haber ocurrido por otras causas. Fíjese, lo del rayo puede ser algo natural, últimamente ha habido muchas tormentas;  lo del viejo José quizás fue un problema de alto voltaje, los cables están viejos ya, y tenemos problemas con la electricidad; y lo de su comadre se debe a lo vieja que está esa estufa, quien sabe desde cuando no le hacen mantenimiento. Como ve usted, no podemos acusar a un chico que por ser raro, tenga que ver con estas cosas que tienen su razón, además el padrecito me dijo que no alimentáramos rumores y usted solo está haciendo suposiciones sobre esto.
Ø -No hijo, créeme lo que le digo, todo eso ocurrió justamente cuando ese chico pasó frente a nuestras casas, ¡Oh Dios nos ampare de la presencia de ese demonio! ¿No vio usted cómo camina? iba tan rápido que no se alcanzaba ver sus pies, y no pareciera, a simple vista. Eso solo es causa del demonio, debemos estar todos atentos.
Ø -¿Atentos? ¿Atentos a qué? ¿Acaso cree usted que esos hechos se repitan? ¿Y por eso van a ser inquisitivos con el pobre chico? Yo lo vi pasar por la iglesia, y hasta habló con el padrecito, los demonios no hablan con los representantes de dios en la tierra o ¿Sí? Y luego de hablar con él, se marchó y nada extraño pasó, salvo un pequeño aire frio que recorrió el jardín.
Ø -Ve Pedro, ya ve usted de lo que le digo, esas cosas no son normales, y no vamos a ser lo que usted dice, que no sé mucho qué es, pero tenemos que estar pendientes.
Ø -Bueno doña María, eso de lo que habla siempre el padrecito, la iglesia, la inquisición y todas esas cosas horribles que ocurrieron aquí en el pasado. Debemos olvidar para seguir viviendo. Y no traer la pava que luego caerá en nuestras cabezas, como una sentencia.
Ø - ¡Ay quisiera pensar que es eso! Bueno yo me voy a mi casita. Ya se está guardando el día, y la noche, en días como estos, no es buena amiga. Ven, dame un beso de despedida. ¡Que dios te guarde!
Ø -Adiós doña María, tenga cuidado por ahí. Yo apenas debo comprar el pan.

Pedro, decidió adentrarse entre la gente, hasta llegar al mostrador. Ya con lo relatado por doña María le era suficiente, pensaba que el padrecito tenía razón, que la gente del pueblo siempre tenía esa costumbre de hacer historias cuando alguien llegaba, era ya una tradición y escucharlos le hacía perder el tiempo, él solo quería comprar su pan, pues sus pequeños sobrinos estarían esperando su regreso. 

Al comprar el pan, el cual le llevó más de una hora, pues todos estaban hipnotizados por esos cuentos, dejó la panadería, y comenzó a caminar calle abajo. Las calles extrañamente estaban solas, eran ya alrededor de las siete de la noche, y no se escuchaba nada. Todo el ruido que hacía en la panadería lo había dejado aturdido, y al salir y conseguirse con aquel silencio, le despertó un extraño pavor que comenzó a sentir miedo. 

Aligeró el paso, trataba de no mirar alrededor y solo fijaba su mirada adelante, sin embargo, el miedo que sentía le estaba provocando alucinaciones profundas. A medida que caminaba más y más rápido, las calles se le iban haciendo interminables, estas se alargaban a kilómetros cuando solo eran unos escasos metros lo que lo separaba de su casita, además sentía como unos ojos invisibles le observaban, y eso lo empujaba a seguir caminando con más rapidez, pero sus piernas no le respondían, estaban duras como unos palos de madera. Su corazón latía con tanta fuerza que su tic tac llegaba a sus oídos. Su cabeza estaba a punto de estallar, la presión ejercida por el miedo lo estaba volviendo loco… Calma, ya vamos a llegar… Pensó mientras veía los cruces de las calles para tener claro por donde iba. 

Ya se encontraba a tres cuadras de donde se hallaba su casa, cuando escuchó unos pasos que se acercaban por su costado derecho, eran de un sonido seco y ensordecedor, esos pasos que solo se escuchan en las películas de miedo. El chico decidió ignorar aquel ruido, y decidió continuar, aligerando sus pasos, ahora con mayor rapidez, pero en la medida que aceleraba, aquellos pasos se le acercaban, aumentando su velocidad. Embargado por el miedo, el chico llevó la bolsa de pan a su pecho y comenzó a correr lo más rápido que pudo, llevando el corazón en la boca, no podía ni respirar del miedo, quiso detenerse y dar frente a eso que lo estaba siguiendo, pero el temor de conseguirse con algo extraño, lo obligó a desistir de esa idea. 

Su vista comenzó a nublarse, y no podía observar nada alrededor. Buscaba alguna puerta o ventana abierta, donde dejara salir la luz de las casas, pero no veía nada. Sus ojos se habían nublado por el sudor que empapaba su rostro. ¡Carajo, cuanto me falta! Pensaba mientras el miedo lo abrumaba. Las calles seguían alargándose, y las esquinas se habían convertido en un total laberinto, la oscuridad no le permitía ver por dónde iba, el chico solo seguía su instinto de continuar derecho, como lo había hecho todas las veces que había transitado por esas calles que lo llevaban de regreso a casa. 

Continuó con su recorrido maratónico si dejar de apretar a su pecho la bolsa donde llevaba el pan. Elevó uno de sus antebrazos hacia su rostro para secar el sudor que cubría sus ojos, fue así como pudo ver en la esquina siguiente una tenue luz, eso le dio esperanza y corrió hacia ella. 

Con rapidez se fue acercando, y al llegar se detuvo en medio de jadeos incontrolables, tratando de retomar fuerzas para continuar. La presencia de aquella luz, le había hecho olvidar por completo los pasos que le seguían. Se quedó allí, parado por unos segundos, tomando respiración calmadamente, para bajar las palpitaciones que habían aumentado cuando comenzó a correr, minutos atrás, por las desoladas calles.

Ya había logrado bajar la adrenalina de todo su cuerpo, cuando de pronto un gato blanco cayó desde un tejado, aterrizando sobre su cabeza. El chico pegó un grito estremecedor, casi ahogado en un profundo dolor, que hizo vibrar el vidrio de algunas ventanas que estaban cerca. Y el gato blanco, al escuchar el grito del chico, imitó el sonido en proporciones diabólicas, saltando luego a la oscuridad de la calle, donde emprendió su partida hasta perderse en el silencio. 

Cuando Pedro vio que se trataba de un gato, no hizo más que soltar una carcajada… ¡A vaya! Menudo susto me dio ese puto animal… Ya calmado, comenzó de nuevo a caminar y cuando ya se estaba alejando de la luz del farol de la esquina, sintió como alguien lo tomó del brazo fuertemente, tambaleando todo su cuerpo a tal punto que del susto, soltó la bolsa de pan.

Ø - Pedro que te ocurre… Dijo una voz familiar. El chico tenía los ojos cerrados y solo estaba esperando recibir el toque que le robaría la vida... Pedro, espabila, volvió a decir la voz. Soy yo, el padre Sebastián… Al escuchar la voz y el nombre el chico abrió los ojos y se lanzó a los brazos del padrecito.
Ø -¡Padre… Padrecito…! ¡Qué susto me ha dado usted! Esta ha sido la noche más larga de mi vida, no he podido llegar a casa y solo he estado metido en un laberinto en medio de esta oscuridad, no consigo la salida y alguien me sigue.
Ø -Pequeño miedoso, he sido yo. Desde hace rato he intentado acercarme a ti. Te he llamado incluso, pero no me has escuchado. Te vi cruzar en una de las calles y quise acompañarte a tu casa, pues queda en la misma vía de donde está la mansión de los Montes de Oca.
Ø -Ay padrecito, no me hable de esa familia. Y si quiere me acompaña, pero no vaya a esa mansión, la noche está muy extraña, ¿No lo ve usted? quédese en mi casa por favor, el demonio como que anda suelto, razón tenía doña María.
Ø -¡Calla muchacho! No ocurrirá nada. ¿Por qué dices que doña María tenía razón, ha sucedido algo?
Ø -No quiero hablar de eso padrecito, si quiere nos vamos ya, estas calles me dan miedo.
Ø -Vamos andando, ya me contarás en el camino.

Ambos se internaron en la oscuridad de la calle. Iban con un paso más tranquilo, el chico había recuperado su cordura, y el miedo había cesado desde que se consiguió con su amigo el padre Sebastián. Tardaron pocos minutos en llegar a casa. 

Pedro entregó la bolsa de pan a su hermana, quien se quejó porque estaba todo mallugado y hecho trizas: ¿De dónde sacaste este pan? ¡Esto es un desastre! –Caliéntalo mujer, o tuéstalo, o haz lo que quieras con ese puto pan… Respondió el chico un poco molesto, después de todo lo que había pasado, no tenía ganas de escuchar las quejas de su joven hermana.

Pasaron pocos minutos, cuando todos se reunieron en el pequeño comedor para tomar la cena. Todos estaban en silencio, incluso el padre Sebastián, quien permaneció inmerso en sus pensamientos. Pedro, no podía quitarse las imágenes de lo que había vivido y sentido hacia pocas horas atrás, no podía explicarse como había permanecido tanto tiempo perdido en las calles, unas calles que conocía perfectamente bien. No encontraba explicación al pánico que lo había llevado a un estado de perdición tal, que de no haber sido por la presencia del padre Sebastián, estuviera aun dando vueltas en aquel extraño laberinto diabólico. Toda esa escena le generaba en su cuerpo un extraño escalofrío, haciendo que de bocado en bocado sacudiera su cabeza como si tuviera un insecto fastidiando dentro de ella. Los niños no se dieron cuenta de lo que atormentaba a su tío, se hallaban jugando con la comida como era su costumbre, y la joven hermana estaba más pendiente de ellos para que no fueran a arrojar la comida al suelo, que del retraimiento de su hermano y su distinguido invitado, el padrecito. 

Al terminar de cenar ambos hombres se levantaron y se dirigieron a la sala, sin pronunciar palabra alguna. Tomaron asiento en los gastados muebles de la familia. Permaneciendo así, en silencio por un largo rato. De pronto, el padre Sebastián se puso de pie, y mirando a Pedro le extendió la mano.

Ø -Creo que es hora de retirarme, debo continuar con mi camino.
Ø -¿Piensa ir a esa mansión padrecito?…le dijo Pedro, quien no pudo evitar un cierto aire de terror dibujado en su mirada.
Ø -Si hijo mío, algo me dice que debo acercarme hasta allá… El padre tomó una capa y se la colocó mientras se dirigía a la pequeña puerta de salida del humilde hogar.
Ø -No padre, hágame caso, por favor, no vaya esta noche, deje eso para mañana y quédese con nosotros, no podré dormir sabiendo que usted está por ahí.... Pedro le tomó la mano a modo de súplica, no quería dejarlo ir, temía que algo le sucediera.
Ø -Suéltame muchacho, tengo fe en Dios, nada me va a suceder… Contestó el padre, al instante en que logró deshacerse de las manos heladas de Pedro.
Ø -¡Bien! ¡Entonces no me queda otra que acompañarlo, pero solo no ira!… Dijo el chico con aire definitivo y se dirigió a unas de las habitaciones, saliendo minutos más tarde con un morral y una linterna en la mano...- Bien, es hora de partir, no esperemos a que sea más tarde y me arrepienta de acompañarlo.
 
Ambos se despidieron de la joven y sus dos hijos, quienes se quedaron observando, entre risas, el cómo su tío empujaba al padre Sebastián por el umbral de la puerta principal.

Ø -No tienes que acompañarme, te digo que todo estará bien, mejor quédate con tu hermana y tus sobrinos, no los dejes solos.
Ø -No padre, ellos estarán bien. Mi hermana cerrará la puerta cuando salgamos. Ahora camine. Vamos de prisa, que no se nos haga más tarde, el tiempo apremia. 

El chico se había armado de una extraña valentía que asombró al padre y sin decir más, se dejó acompañar por él, quien no dejaba de mostrarse ansioso por lo que iban a emprender aquella noche fría y curiosamente, misteriosa. 

Cuando llevaban unos metros recorridos, tanto Pedro como el padre Sebastián, habían iniciado una acalorada discusión acerca de la familia Montes de Oca. El padre defendía a la dinastía de todo lo que se le acusaba y Pedro trataba de entender a qué venia tanta defensa por parte del padre, pues todos en el pueblo creían que eran descendientes del demonio.

Ø -No puedes creer en todo lo que otros dicen, aunque sean hechos históricos, recuerda que en la mayoría de los datos históricos hay tanto de mentira, como en los mitos hay tanto de verdad.
Ø -¿Qué me quiere decir usted, qué todo lo que se dice de ellos es mentira o es verdad? Pues, yo no sé ya ni que es lo que la gente dice. Cuentos y cuentos que repiten, yo los recuerdo porque desde pequeño otros niños lo contaban en la escuela, en mi casa nunca se dijo nada, siempre todo era silencio en lo que a esa familia se refería, hasta que descubrí que mi papá había sido jardinero en esa mansión, y siempre que le hice preguntas sobre ellos, solo se limitaba a responder que eran buenas personas. Del resto no me decía más nada.
Ø -Pues hijo mío, deberías aprender a escuchar esas palabras que te decía tu padre, pues no estaba equivocado. Ellos son buenas personas.
Ø -A ver y ¿Cuál es el vínculo que usted tiene con ellos? ¿Por qué es el único del pueblo que ha podido acercarse? Recuerdo que cuando usted llegó muchos decían que usted era miembro de esa dinastía, pero que ellos le habían expulsado por haberse hecho padre, ¿Es cierto eso?
Ø -Lo único que puedo decirte, muchacho, es que son buenas y queridas personas. De mí no tengo mucho que decir, soy tan normal como tú, como ellos, como el pueblo entero. Las personas por lo general se inventan muchas historias con el propósito de dañar a otros y más, cuando estos otros, no les prestan la menor atención.
Ø -Está bien padre, creeré en lo que usted dice, pero entonces, ¿Cómo explica todo lo que viví y sentí esta noche? Eso fue algo muy raro, no tiene explicación, las calles del pueblo se convirtieron en un laberinto y eso sucedió después que el joven Montes de Oca pasó por allí. Por eso fue, que usted cuando fue a su alcance esta tarde, no pudo conseguirlo, a usted le sucedió lo mismo que a mí, caminó en círculo, ¿Verdad? Dígame la verdad padre, quiero saber a qué nos vamos a enfrentar esta noche, no quiero que me tome por sorpresa como ya me sucedió, no soy miedoso ni cobarde, eso es algo que mi padre me enseñó bien, ¡A ser un hombre!
Ø -A ver chico, lo que te sucedió fue producto de tu miedo. Verás, cuando estamos asustados nuestra mente se dilata y comienza a generar una serie de alucinaciones. Cosas que no ocurren realmente, si no dentro de nuestras cabezas. Eso fue lo que sucedió contigo, te dejaste dominar por el miedo.
Ø -¡No! No es así, usted sabe que no es así, algo ocurrió en el pueblo y usted sabe qué es, por eso su empeño de ir a esa mansión. Necesito que me lo diga padre, ¡Por favor!
Ø -Está bien muchacho, te contaré lo que sé, pero debes prometerme que todo lo que voy a decirte morirá aquí, nadie puede saberlo. Y si te lo digo es por tu bien y por el mío propio. ¿Puedo confiar en ti?
Ø Si padre, puede hacerlo.
Ø Muy bien. La dinastía Montes de Oca es una de las más antiguas del mundo. Han sobrevivido a generaciones, y han merecido la protección de sectas y clanes que han guardado el secreto de su origen y de su existencia, celosamente. Tu propio padre ha sido uno de los miembros más honorables de uno de esos clanes protectores, y hasta su muerte fue fiel a la dinastía y todo lo que de ella provenía, ya ves que ni tú mismo pudiste arrancar de su corazón, el secreto de los Montes de Oca.

En ese preciso momento en que el padre Sebastián estaba a punto de revelar el secreto de esa dinastía, sucedió algo en medio de la noche que sacó de la historia relatada, a ambos hombres.

La noche estaba cargada, densa, una neblina cubría el camino por el que el padre Sebastián y Pedro caminaban, cuando de pronto a lo lejos se escuchaban unos gritos despavoridos acompañados de los aullidos de los lobos salvajes que se encontraban apostados en las cimas de las lomas que rodeaban el viejo camino… -Apúrate Pedro, es mejor que aligeremos el paso… Dijo el padre quien comenzó a caminar rápidamente. 

El chico tratando de llevar el paso del padre, volteaba de cuando en cuando para determinar de dónde provenían esos gritos y ver quién o qué lo causaba, pero las órdenes del padrecito no le permitieron detenerse ni voltear como él hubiera querido, tropezando con las rocas que se encontraban en el camino y que no veía por la oscuridad… ¡Pedro levanta esa linterna! ¡Apúrate hijo debemos llegar lo antes posible!... Pedro, entregado a las órdenes del padre alineaba la linterna en el camino para tener mejor visibilidad, hasta que por fin dejaron los gritos atrás, ya habían cesado y el silencio volvió a arroparlos… –¿Ya estamos cerca padre?... Preguntó el chico, quien ya había comenzado a sentir miedo… - Falta poco hijo, ves esa colina que se ve al frente, no dejes de alumbrar, debemos llegar allí antes que sea tarde.- 

Pedro alumbró hacia donde le había indicado el padre y vio la línea de la colina, parecía estar bastante cerca desde donde se encontraban. El padre Sebastián comenzó a caminar tan rápido que el chico empezó a quedarse atrás. El padre se dio cuenta de la ventaja que le había sacado sus pasos y comenzó a señalarle que tuviera cuidado, pues más adelante había unos obstáculos, no siendo escuchado por el chico.

Pedro estaba más entretenido en alcanzar con la luz de la linterna la lejana silueta del padre, para alumbrarlo, pues ya se hallaba bastante lejos. De pronto, sus pies tropezaron con un enorme tronco, cayendo estrepitosamente en el camino, soltando en medio de la oscuridad la linterna, que al caer al suelo se apagó, inmediatamente. La cabeza de Pedro aterrizó contra el borde de una enorme roca que se hallaba en el costado izquierdo del camino, perdiendo el conocimiento, al instante.

Un tiempo más tarde, Pedro comenzó a recuperar la conciencia cuando se dio cuenta que estaba siendo trasladado por un grupo de hombres que no hablaban su mismo idioma, no podía entender lo que entre ellos se decían. Intentó levantarse de una especie de camilla portátil, que era donde lo llevaban pero no pudo, enseguida sintió como se le fueron los tiempos, y dejó caer su cabeza. 

Se quedó tranquilo, dejando que sus ojos siguieran clavados en el firmamento, el cual había cambiado considerablemente desde la última vez que lo había visto, envuelto en una neblina. Ahora, estaba completamente despejado el cielo, pudiendo ver las estrellas tan de cerca que parecía que estuviera a orillas de una de las playas a las que acostumbraba frecuentar en veraneo. Se quedó maravillado y hasta olvidó que era trasladado en medio de la oscuridad por un grupo de hombres que no había visto jamás en su vida.

A los minutos, los hombres que cargaban la camilla portátil, se quedaron quietos, y bajaron la camilla al suelo, haciéndose a un lado del camino, como dando paso a alguien que venía. Era el padre Sebastián, que al ver al chico se fue encima…

Ø  ¡Hijo, hijo mío! ¡Estás bien! ¡Estaba preocupado por ti! ¡Gracias a Dios estás bien!

Pedro estaba aturdido, no recordaba muy bien lo que había sucedido, ni por qué se encontraba ahí, pero al escuchar al padre comenzó a recordar poco a poco. Y al ver alrededor pudo darse cuenta que ya se encontraban dentro de los terrenos de la mansión Montes de Oca y que aquellos extraños hombres, que lo habían ayudado, eran parte de esa familia. 

El padre Sebastián en seguida lo tomó de un brazo para levantarlo de la camilla portátil. Pedro se apoyó en esa ayuda  y cuando por fin estaba de pie, vio a toda la familia Montes de Oca frente a él. Era impresionante la sensación que sintió al verlos a todos juntos, eran veinte y los veinte estaban allí, en silencio y observándolo con la dulzura que los caracterizaba. 

¿Era una visión, un cuadro? Pedro se pasó las manos por los ojos para quitarse la idea que todo aquello fuese una ilusión. Al retirar sus manos volvió a mirar a la misma dirección y allí permanecían todos, quietos y en silencio. Hasta que por fin uno de ellos, el que parecía de mayor autoridad dijo:

 -Llevemos al chico adentro. Aquí afuera ya está bajando la temperatura. Venga padre con nosotros, tenemos mucho de qué hablar por su inesperada visita.

Sus palabras se tomaron como una orden y todos se pusieron en movimiento. Pedro fue escoltado por los mismos hombres que cargaron la camilla donde fue recogido y al padre Sebastián, lo escoltaron los veinte miembros de la dinastía, hasta entrar a la mansión.

Aquello era un espectáculo, sus formas, sus colores, sus aromas, todo junto. La mansión no era por dentro nada parecido a lo que se podía distinguir por fuera, era como entrar a otro mundo totalmente distinto. Cada rincón de la mansión había sido construido con total precisión, donde reinaban figuras extrañas nunca vistas en el planeta. Figuras elaboradas con un material hermoso que de lejos parecía metal, pero que a medida que las personas se acercaban se convertían en cristal y que al ser tocadas cambiaban de color, transmitiendo una especie de tranquilidad, una calma interna que elevaba al ser que conservara la notable pieza en sus manos. 

Pedro estaba encantado, no sabía por dónde comenzar, sentía como la belleza del lugar le producía una especie de encantamiento similar al encantamiento que producían los Montes de Oca cuando los tenía cerca. Absorto, miraba a todas partes, dejándose llevar por sus sentidos, que al igual que él, se encontraban extasiados y fue cuando comprendió lo errado que estaba con respecto a aquella familia, que en lugar de encontrar un sitio siniestro como todos en el pueblo decían, se había conseguido con el pedacito de un mundo nuevo, colmado de una gran divinidad. 

Allí, no sentía miedo, temor, pánico, dudas, era como si lo hubieran sacado de una película de terror para ser transportado a otra dimensión, donde la belleza de sus formas cantaban melodías inéditas, nunca antes escuchadas, nunca antes vistas, nunca antes sentidas. El chico dejándose llevar por aquella nueva sensación, sintió como su alma se acoplaba a su cuerpo, quien se encontraba liviano, libre de toda carga, de todo el peso, producto del sufrimiento. Incluso sintió como su mente libre de toda angustia y duda, se entregó plácidamente al vals que había iniciado su alma con su cuerpo y se dejó llevar, se dejó llevar lejos, hasta el punto que recordó que había estado allí antes, hace muchos años, cuando apenas era un niño. 

Sus ojos se llenaron de lágrimas y enseguida dio media vuelta y se consiguió con los ojos de sus progenitores, quienes estaban allí, al pie de unas escaleras que dividían la mansión en dos. 


Sin pensar, corrió hacia ellos y los abrazó, fuertemente
.
Ø  Ya estás en casa pequeño. Dijo su padre, mientras pasaba sus manos por sus rubios cabellos.
Ø  -No comprendo… dijo el padre Sebastián, quien se sintió perdido por ese instante, pues había algo que no conocía de aquella familia,  algo que estaba relacionado con aquel chico, su jardinero.
Ø  -Le explicaré dentro de poco, por ahora déjenos contemplar a nuestro pequeño, muchos han sido los años sin poder tenerlo cerca. Y ahora es un milagro concedido. 

Pedro, había recuperado la memoria que había perdido. Toda su infancia llegó a su mente como por arte de magia, recordó su verdadero nombre, y reconoció a Raquel, quien era su hermana contemporánea, además recordó a todos sus hermanos que estaban a su lado, emocionados por su regreso. También recordó el fatídico día que lo separó de su hogar, no pudiendo encontrar la puerta de regreso. Y de como los brazos del viejo Manuel lo salvaron de ser quemado y destruido por los enemigos cercanos de la dinastía de los Montes de Oca, convirtiéndolo en su hijo y a su vez, convirtiéndose en su padre y protector hasta el día de su muerte.

Ven Lucas, dijo Raquel a su pequeño hermano. Pedro la miró y en seguida fue a su lado, pues Lucas era su verdadero nombre. Entre ellos se encontraba Mateo, su hermano mayor, el mismo que había provocado la revuelta en el pueblo con su llegada. Sonrió al verlo, ya no como el chico raro que había pasado por la iglesia en la tarde, sino como su hermano, el más retraído de ellos y fue entonces, cuando recordó aquello especial que tenía la familia Montes de Oca que robaba las miradas de todos. 

Sus ancestros habían llegado al pueblo millones de años atrás, logrando establecerse entre los que ya se encontraban establecidos ahí. Sin embargo, tenían algo particular, todos eran sensibles a la electricidad que emanaba y corría por su cuerpo, que actuaba como agente receptor y emisor al mismo tiempo. Por esa razón se mantenían aislados de todos y de todo aquello que les procurara un daño. 

La mansión había sido construida por los primeros que llegaron, manteniéndose con el tiempo, era más que su hogar, era su refugio, que los protegía de las cargas energéticas que provenían de la naturaleza. Lucas sin embargo, había sido el primero de la dinastía que había sobrevivido fuera de ese campo de aislamiento. 

Cuando fue salvado por Manuel y fue llevado a su hogar, su mente se bloqueó, completamente, logrando de esta manera que aquella extraña particularidad, se durmiera en lo más profundo de su ser. Ahora, Lucas había comenzado a entender, por qué había tenido sueños extraños toda su vida, donde su cuerpo se convertía en una gran bola de energía, pudiendo desplazarse por todas partes, sintiéndose unido al todo. 

Ø Raquel, Mateo, ahora comprendo quien soy.  Pero estoy algo confundido, ¿cómo pude bloquear todo eso que tenemos por dentro?
Ø De la misma forma que yo he podido hacerlo, ¿no ves cómo esta mañana pude caminar por las calles, sin contratiempos? Respondió Mateo a la pregunta de Lucas.
Ø ¿Sin contratiempos? Pero si casi destruyes el pueblo.
Ø No hermano, eso lo hice por némesis, esas personas me estaban hartando con sus suposiciones mentales. A ti no te hice nada, porque tus pensamientos fueron limpios mientras estuve allí, además te reconocí, y en seguida me vine corriendo a avisarles a nuestros padres que te había hallado, y de la emoción perdí un poco el control.
Ø ¿Estabas también en el pueblo cuando me perdí en la noche?
Ø No, no estaba, pero sentí tu miedo y tu angustia. Tú mismo provocaste el laberinto energético que no te dejaba salir de una especie de nebulosa aterradora. Quizás algo dentro de ti, despertó medianamente, cuando me acerqué a la iglesia y te vi en el jardín.
Ø ¡Menudo susto me di, entonces! Y los tres hermanos rompieron en carcajadas.
Ø Ahora ya estás en casa hermano. Y de ahora en adelante, prometo no más némesis para el pueblo que te cobijó por todos estos años.  

Y al pronunciar estas palabras, Mateo y Raquel dejaron rodar unas pequeñas lágrimas por sus mejillas, que al caer al vacío, se convirtieron en gotitas de cristal, que al tocar el piso, se transformaron instantáneamente en pequeñas chispas de energía.

Fin
Eleorana 2017






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Este obra cuyo autor es GLOSMARYS ELEORANA CAMACHO ALBARRAN está bajo una licencia de Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional de Creative Commons.